30-3-2012
Los votos del Gobierno uruguayo respecto a Irán e Israel en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU son más que inquietantes para las perspectivas del Uruguay en diversos planos y siguen un derrotero extraño a nuestra tradición y conveniencia.
Desde comienzos de 2011 era perceptible la inquietud en empresarios e inversores respecto a algunos aspectos de nuestra política exterior. Además de percibir que el proteccionismo de la Argentina comenzaba a empantanar el comercio rioplatense (tema en el que le concedo al Gobierno que no hay buenas opciones), señalaban sus reservas ante señales de alineación uruguaya a la Venezuela de Chávez y el Irán de Ahmadineyad. Frente a la progresiva virulencia del enfrentamiento entre varias democracias occidentales y el gobierno iraní, pedían una política muy cuidadosa de la acotada influencia y el notorio prestigio del Uruguay democrático, factor decisivo para nuestra imagen y economía. Mencioné esos reparos en un artículo a comienzos de enero y apenas han transcurrido tres meses para evidenciar cuán importante era, y aún más lo es hoy, que Uruguay se detenga a reflexionar sobre estos temas. Esa inquietud de muchos líderes empresariales no es sorprendente: siempre tuvieron que conocer y anticipar, porque es su responsabilidad, los elementos y las señales que van conformando la realidad.
UN ADIÓS AL AMIGO
Lo que estamos haciendo respecto del Medio Oriente no es un tema de preferencia subjetiva del Gobierno que, electo democráticamente, dirija en cada momento nuestra política exterior. Nuestra tradicional política hacia Medio Oriente es parte de lo que somos, de nuestra esencia nacional, y está enraizada en profundos ideales y sentimientos que son íntimamente sensibles para la gran mayoría de los uruguayos. Pero, además, hace a nuestro posicionamiento como país serio, que resiste el prejuicio y las presiones, que actúa con seriedad. Eso no sólo es identidad nacional sino –cuando lo miramos como empresarios- hace a la imagen de institucionalidad y previsibilidad que apoya nuestro potencial de desarrollo. Nuestra imagen de país confiable para los inversores también se juega en mantener una línea coherente en este tema.
En el ámbito de las Naciones Unidas, nuestro país se abstuvo en la votación que pretendía designar un Relator para profundizar el contralor de esa organización sobre las violaciones del régimen iraní a los derechos establecidos en la Carta de los Derechos del Hombre. Asimismo, también en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, nuestro país voto favorablemente respecto a mandar una misión inquisitoria a Israel para establecer el grado en que los asentamientos judíos en los territorios ocupados afectan los derechos humanos de los residentes palestinos. En ambas ocasiones, Uruguay reiteró gestos políticos que lo distancian de Israel, solitaria democracia en Medio Oriente, fiel aliado, tradicional socio comercial y, por cierto, entrañable para muchos promotores de inversión extranjera directas de origen argentino y brasileño que se localizan acá.
Irán es uno de los temas en los que los países europeos están alineados con Estados Unidos, tanto por su sentido de pertenencia a una escala de valores comunes, como por sus propios intereses estratégicos. Esos aspectos, salvo importantes pero escasas excepciones, no resultan excluyentes en términos de política exterior.
TAMAÑO, CALIDAD, UBICACIÓN
Comercialmente, Estados Unidos le ha otorgado a Uruguay una condición generosa de país favorecido, lo que no es menor. Es más que probable que responda más a razones político-estratégicas que a la magnitud de nuestra economía. India o Brasil pueden y deben considerar el peso de su propia magnitud económica entre los factores fundamentales de su política exterior. Uruguay, desde una situación absolutamente diferente, también debe hacerlo.
La mera probabilidad de arriesgar una porción de nuestro ya insuficiente acceso a los mercados, sea por motivos ideológicos o compromisos adquiridos, hace insoslayable un profundo debate técnico previo y un amplio consenso político. Y, naturalmente, atendiendo a los empresarios y trabajadores directamente involucrados. Otros países de la región están intentando convertir desairar amigos y países desarrollados en un deporte o política de estado. Uruguay ya ha señalado, y es correcto, que no quiere imitarlos. Eso requiere coherencia.
NO ES SANO
En esta particular serie de acciones políticas, lo que hizo el Gobierno está mal, nos separa de una larga y orgullosa tradición. Y conspira para peor contra el interés nacional. No es sano, ya que hiere profundamente nuestra mejor tradición diplomática, que luego de haber participado en la creación de Israel, nuestro país renuncie a tener algún papel mejor a jugar en la pacificación de la región. Uruguay ofende a sus amigos, contraría gratuitamente una vez más a varias potencias occidentales, y nos acerca a un régimen amenazante que viola sistemáticamente y por convicción buena parte de los derechos humanos. Creo, además, que el panorama actual y la historia reciente del Medio Oriente permiten suponer que en el mejor de los casos la misión que Uruguay acompañó con su voto será un pretexto adicional para espectáculos mediáticos anti-israelíes, anti-sionistas y anti-semitas. En el peor, desencadenará más muertes inútiles.
¿Este es el rumbo?
30/Mar/2012
El País Uruguay, El Empresario