Una confrontación artificial

14/Mar/2012

La República, Egon Friedler

Una confrontación artificial

IRÁN E ISRAEL
MARTES 13 DE MARZO, 2012
Egon Friedler, Periodista
En Israel, multitudes van a ver la película iraní ganadora del Oscar “Una separación”, del director Asghar Farhadi, quien en su alocución al recibir el máximo galardón cinematográfico dedicó su película “al pueblo de mi país que respeta a todas las culturas y civilizaciones y desprecia la hostilidad y el resentimiento”. Esa obviamente no fue la posición oficial. El gobierno iraní celebró el premio como una victoria contra la película “rival” del “régimen sionista” “Nota al pie de página”. Pero claro está, en Teherán no se exhibe la película israelí que fue nominada para el premio Oscar. Para la dictadura teocrática iraní, Israel es el enemigo jurado y cualquier acceso a su cultura debe estar prohibido. ¿Por qué? ¿De dónde nace esa hostilidad? Sin duda, la raíz es religiosa pero su instrumentación tiene claros objetivos políticos.
Irán no es un país árabe y no tiene ningún conflicto territorial con el pequeño país hebreo. Más aún, para la tradición bíblica, el antiguo imperio persa con su rey Ciro, permitió la reconstrucción del templo de Jerusalén. La relación entre judíos y persas a lo largo de la historia no estuvo cargada ni remotamente de la actual carga de hostilidad, aunque tampoco fue un idilio.
En la primera mitad del siglo XX no hubo relaciones amistosas entre el movimiento sionista e Irán, que apoyó a los árabes en la votación en las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947. Sin embargo, el 11 de marzo de 1949, el gobierno iraní anunció el reconocimiento de facto de Israel. No fue una decisión fácil. El ayatollah Kashani, un influyente líder religioso en ese tiempo hizo una campaña de hostigamiento antijudío y pidió voluntarios para luchar contra Israel. El primer ministro Said aprovechó el exilio de Kashani en el Líbano y el receso del Parlamento por el Nuevo Año para hacer el anuncio del reconocimiento.
Las relaciones a nivel consular fueron cortadas durante el período en que fue primer ministro el Dr. Mohamed Mossadegh y solo se reanudaron a nivel oficial varios años después de que el shah se afirmó en el poder. El 30 de enero de 1960, el shah reiteró su reconocimiento de facto de Israel, lo que provocó una furibunda reacción del mundo árabe entonces liderado por Gamal Abdel Nasser. En enero de 1963, el shah anunció la implementación de la llamada “Revolución Blanca” para el desarrollo económico, social y cultural del país, para lo cual recurrió al apoyo de técnicos israelíes. Entre los sectores opositores más activos, estuvo el líder chiíta ayatollah Khomeini, quien en uno de sus discursos preguntó: “¿Acaso corre sangre judía por las venas del shah? ¿Es que su madre es judía?”. Durante los días previos a la Guerra de los Seis Días y la guerra de Yom Kippur se incrementó la propaganda y la agitación antiisraelí. Iraníes extremistas establecieron vínculos con la Organización de Liberación de Palestina y fueron a entrenarse a campos de adiestramiento en el Líbano.
Sin embargo, antes de la guerra de Yom Kippur en 1973, el shah decidió distanciarse de Israel y fortalecer sus vínculos con los países árabes. La muerte de Nasser y el ascenso al poder de Sadat facilitaron una mejora sustancial en las relaciones entre Irán y Egipto. Durante la guerra de Yom Kippur el shah permitió que aviones soviéticos sobrevolaran Irán en dirección a Egipto.
La lucha de los opositores para derrocar al shah encabezada por Khomeini fue acompañada por una fuerte propaganda antiisraelí y cuando el líder chiíta llegó al poder en febrero de 1979 rompió las relaciones con el Estado judío, detuvo la exportación de petróleo y proclamó que el Estado judío debía ser destruido. El líder supremo que sucedió a Khomeini, Ali Khamenei, continuó la implacable política de enemistad hacia Israel, al declarar en diciembre de 2000 que Israel es “un tumor canceroso” que debe ser eliminado de la región del Medio Oriente. Sin embargo, en 2005, en aparente reacción a una declaración semejante del presidente Ahmadinejad, Khamenei sostuvo que la República Islámica nunca había amenazado ni amenazará a ningún país. Durante el período del presidente Mohamed Katami (1997-2005) cesó la frecuencia de las declaraciones agresivas pero no hubo ningún cambio sustancial de política. El ascenso al poder de Mahmud Ahmadinejad en 2005 llevó a una agudización de la política antiisraelí que compitió con los grupos palestinos más radicales en su virulencia. Las amenazas contra la existencia de Israel se hicieron cada vez más frecuentes e Irán secuestró de hecho el conflicto palestino-israelí convirtiéndolo en una causa iraní. Irán financió al grupo armado libanés Hezbollah, cuya única razón de existencia es la hostilidad contra Israel, justificada por una mítica resistencia obviamente inexistente, ya que el Estado judío retiró sus tropas del Líbano en el año 2000. A pesar de que la “revolución islámica” de Khomeini y sus continuadores nunca ocultó su objetivo de disputar con el mundo sunnita la primacía en el islam, el gobierno teocrático iraní no vaciló en financiar también al grupo sunnita palestino Hamas al compartir su objetivo estratégico: la destrucción de Israel. A eso se sumó la campaña del presidente Ahmadinejad para negar el Holocausto.
Siendo Irán uno de los principales países petroleros, no se justifica una industria nuclear para dotar al país de energía, por lo cual el mundo tiene razones más que fundadas para dudar de sus intenciones pacíficas al establecer dicha industria. Su juego del gato y el ratón con los inspectores de las Naciones Unidas obviamente fortaleció todas las sospechas. Por otra parte, la evidente estafa electoral al pueblo iraní en junio de 2009 y la feroz represión posterior pusieron en evidencia la cruel naturaleza totalitaria del régimen.
Los paralelos entre el mundo de 1938 y el de hoy resultan claros para todo observador con conciencia histórica. Una vez más, una dura dictadura con objetivos expansionistas y una ideología agresiva, utiliza como arma estratégica el antisemitismo, sabiendo que obtendrá un eco favorable al menos en parte del mundo. Así como en la década del treinta del siglo pasado, hubo quienes minimizaron y ridiculizaron las intenciones asesinas de Hitler, no faltan hoy quienes hoy apuestan a la racionalidad del régimen teocrático iraní. Es comprensible que los descendientes de las víctimas de Hitler no compartan estas ilusiones y reclamen una actitud enérgica de parte de la comunidad internacional y al mismo tiempo consideren la posibilidad de una acción preventiva que impida que la amenaza potencial contra su existencia se haga realidad. Demasiado caro fue el costo para aquellos que confiaron en que las amenazas de Hitler no eran más que jactancia vacía, para cometer el mismo error con un enemigo no menos fanático e igualmente irracional.
No es ningún secreto que existe una amplia discusión pública tanto en Estados Unidos como en Israel sobre la conveniencia o no de un ataque preventivo contra Irán y todo parece indicar que este es el gran tema que será discutido entre el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
Nadie puede prever cómo terminará la actual crisis, pero no cabe duda de que su desenlace tendrá una influencia decisiva en la política internacional en las próximas décadas.