22-1-2012
ANÁLISIS
El presidente debe enfrentar, por un lado, a los republicanos, que lo acusan de ser «blando» con Irán; y por el otro, a la intransigencia del régimen de Teherán
POR RICARDO J. GALARZA ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
La reciente gira del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, por la región (donde visitó Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba) desató las alarmas de los republicanos en Washington, que la consideraron una afrenta y una manera de trasladar su agenda nuclear al área de influencia de Estados Unidos, lo que muchos de ellos incluso no dudaron en llamar sin cortapisas «su patio trasero». Tanto los candidatos en la interna republicana, como varios congresistas y think tanks conservadores, advirtieron acerca del peligro de esta alianza entre el régimen iraní y varios gobiernos latinoamericanos. Diversos informes, asimismo, daban cuenta de la presencia de elementos de la Guardia Revolucionaria iraní en Venezuela con el posible objetivo de atacar a Estados Unidos; y algunos llegaban a señalar a Venezuela y a Bolivia (incluso a Ecuador) como eventuales proveedores de uranio para el programa nuclear de Irán.
El presidente Barack Obama, sin embargo, optó por tomarse con calma la presunta amenaza que puedan significar los vínculos de Ahmadineyad en la región y le bajó el tono a las alarmas. Y la realidad es que la visita del líder iraní a estos países, todos sus abrazos con Hugo Chávez, Rafael Correa, Daniel Ortega y las numerosas declaraciones cargadas de retórica antiimperialista, han sido en los hechos poco más que eso: un gran alarde de pirotecnia verbal en un escenario diseñado para mostrar que Irán no está tan aislado, en momentos que enfrenta el cerco de Europa y Estados Unidos a su programa nuclear.
Poco fue lo que realmente se llevó bajo el brazo de su gira latinoamericana, salvo la firma de algunos acuerdos que de nada le servirán para poner fin a la crisis en su país, mucho menos para evadir las sanciones que enfrenta. Por si fuera poco, esta vez no visitó Brasil, como lo había hecho en su última gira de 2009. Incluso meses después de esa gira, Brasil, aun durante el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, había presentado, junto al gobierno de Turquía, una propuesta de alta diplomacia para que Irán se deshiciera de buena parte de sus reservas de uranio enriquecido y evitara así las sanciones por parte de Europa y Estados Unidos. El trato no prosperó, pero entonces el gobierno del Planalto era un aliado clave para Teherán en la región.
Todo se acabó cuando Dilma Russeff asumió el poder. Desde un principio, la mandataria brasileña dejó claras sus discrepancias con Lula respecto de las relaciones con Irán y se manifestó abiertamente crítica del régimen de los ayatolás.
Eso hizo que esta vez la gira de Ahmadineyad se limitara a los países del ALBA, que no tienen el peso diplomático de Brasil y con los que además su intercambio comercial no crece sino que se reduce cada año. Las versiones de los republicanos en Estados Unidos de que Teherán estaría armando una red terrorista desde territorio venezolano y de que estos países estarían colaborando con el programa nuclear de Irán suministrándole uranio también carecen de todo sustento.
Ciertamente, el régimen iraní ha dado muestras de hostilidad hacia Washington, amenazando a la flota norteamericana en el Estrecho de Ormuz, desoyendo las resoluciones de Naciones Unidas en lo que hace a su enriquecimiento de uranio y redoblando su retórica antiestadounidense. Sin embargo, la tesis alarmista de los republicanos en cuanto a la verdadera amenaza que representa parece exagerada.
Pero ilustra en buena medida el corsé en que se encuentra Obama para resolver el problema con Irán, uno de sus más señalados fracasos en política exterior: por un lado, debe enfrentar las críticas de casi todos los candidatos republicanos -y del establishment conservador en general-, que lo acusan de conducir una política blanda hacia el régimen de los ayatolás; y por el otro, la propia intransigencia del gobierno de Teherán.
El mandatario norteamericano ha quedado preso de esas dos posiciones y no ha podido avanzar un ápice en su propósito de la llamada «diplomacia nuclear», la idea de negociar con el gobierno de Irán para que este desista de su programa nuclear al tiempo de presionarlo en el mismo sentido. A poco de lanzar en 2009 esa política que combinaba negociación con presión, los republicanos lo empezaron a acusar de appeasement, lo cual se puede traducir como contemporización o apaciguamiento, pero que en el discurso conservador de Estados Unidos, tiene una connotación de debilidad (y hasta de cobardía) desde la segunda guerra mundial, cuando así se dio en llamar a la política del primer ministro británico Neville Chamberlain de hacer ciertas concesiones a la Alemania nazi para evitar la guerra.
En ese clima, al poco tiempo, Obama abandonó la diplomacia con Teherán para optar solo por la presión. El régimen iraní, entonces con sus propias presiones a nivel interno, también endureció su posición. Así, llegamos al actual estado de cosas, con la escalada de la retórica de conflicto e Irán enfrentando un severo cerco impuesto por Occidente. Y a medida que se vayan acercando las elecciones en Estados Unidos, y sobre todo los debates en esa contienda presidencial, todo parece indicar que cada vez serán más escasas las perspectivas de que Estados Unidos e Irán terminen su larga animosidad que ya lleva 30 años.
El corsé de Obama en Irán y sus relaciones con Latinoamérica
23/Ene/2012
El Observador, Ricardo J. Galarza