La piel de la víctima

08/Oct/2010

Por Pilar Rahola; La Vanguardia; publicado el 08/10/10

La piel de la víctima

OPINIÓN
La piel de la víctima
Daniel se convirtió en la piel de todas las víctimas caídas bajo la locura del terrorismo islamista
PILAR RAHOLA | 08/10/2010
Dejo escrito este artículo antes de viajar hacia Boston, donde tengo el inmenso honor de recibir el premio Daniel Pearl, que me ha otorgado la Liga Antidifamación Americana. No sé, pues, ni cómo se desarrollará el acto, ni cuáles serán mis sentimientos, que imagino intensos y asustados. Si me permiten la confesión, me muevo bien en el ring del debate, pero soy bastante torpe cuando la suerte me acompaña con algún reconocimiento. Sin duda, me resulta más fácil capear una crítica que digerir un elogio, no en vano formo parte del ingente ejército de personas con fuerte personalidad que esconden –e intentan matar– enormes timideces. Así pues, cuando lean ustedes este artículo, yo habré vivido uno de esos momentos extraordinarios de la vida en que una no sabe qué hacer con el cariño que le profesan. Sólo espero estar a la altura.
La periodista Pilar Rahola, Premio Daniel Pearl por su «lucha contra el antisemitismo»
Este artículo, sin embargo, no tiene vocación de hablar del premio, aunque no escondo la ilusión que me hace compartirlo, sino hablar de lo que comporta. Cuando alguien que ejerce el salto sin red de una columna diaria recibe un premio periodístico que lleva el nombre de una víctima del terrorismo, no sólo está recibiendo un premio prestigioso y emotivo, está recibiendo un legado.
Daniel Pearl fue un periodista de The Wall Street Journal comprometido con su oficio, cuyo riesgo asumió con generosidad. Cuando lo secuestraron en Pakistán, lo decapitaron ante una cámara de televisión –en un ritual torpe y brutal que duró más de dos minutos–, y después colgaron el vídeo de su terrible asesinato. Daniel se convirtió en la piel de todas las víctimas caídas bajo la locura del terrorismo islamista. Y esa piel ha perdurado por encima del odio, de la violencia y del olvido.
Soy una catalana nacida en el Viejo Continente europeo, de familia católica. Pero ante el asesinato de Daniel, también soy una norteamericana nacida en Encino (California), de familia judía. Y a pesar de ser una mujer emancipada que vive felizmente en una sociedad libre, ante la condena por lapidación contra cualquier mujer, yo también soy una musulmana violentada por leyes malvadas que la desprecian como ser humano. Y siendo heterosexual, me siento homosexual ante la condena a muerte de cada joven que no puede vivir libremente su amor, en las tiranías teocráticas.
Somos lo que somos, una identidad, una memoria, una cultura, unas convicciones. Pero ante los crímenes de la intolerancia, ante la violencia terrorista, ante la maldad de las ideologías totalitarias, mi identidad se fusiona en la identidad de cada uno de aquellos que han muerto inútilmente, víctimas del fanatismo. Así interpreto el honor que hoy me hacen, no como un inmerecido mérito, sino como una responsabilidad. Porque aquellos que tienen voz pública y no la alzan contra el odio cometen el peor de los pecados, el de la indiferencia. Y contra ese pecado me revelaré siempre.