Con una fuerte dosis de ironía, Ricardo Cayuela Gally expone tres episodios recientes ocurridos en Madrid, México y Granada para advertir sobre una preocupante deriva: convertir la identidad judía y las posiciones sobre Israel en motivos de señalamiento, exclusión y cancelación. Una reflexión sobre el antisemitismo que vuelve a hacerse visible bajo nuevos discursos y formas. Ilustración: Alejandra Svriz
En 1729 Jonathan Swift publicó A Modest Proposal, una humilde propuesta para acabar con el hambre en Irlanda. La solución era sencilla. Puesto que los pobres tenían demasiados hijos y no podían alimentarlos, los ricos podían comprárselos y comérselos. Swift calculaba incluso los beneficios económicos que produciría tan razonable intercambio. No entiendo por qué aquella solución no se aplicó. Cuando un problema es serio y grave, lo sensato es adoptar las medidas correspondientes. Tengo una sugerencia semejante para resolver un problema que se está haciendo cada vez más urgente: cómo distinguir al judío bueno del judío malo.
La necesidad se ha hecho evidente estos días a través de tres episodios. El primero ocurrió en Madrid, en el Festival de las Ideas. Más de 30 participantes, faros del pensamiento, atalayas reconocidas allende las fronteras por la brillantez y valentía de sus obras, anunciaron que no participarían si Allianz, uno de los patrocinadores del festival, mantenía su apoyo económico. El motivo era que la aseguradora alemana invierte, entre otros activos, en deuda pública del Estado de Israel. Allianz terminó retirando, culposa y torticeramente, el patrocinio y el festival purificado pudo seguir adelante. Claro, ya no debería llamarse simplemente de las ideas, sino Festival de las Únicas Ideas Válidas.
El segundo episodio tuvo lugar en México, donde un grupo de sindicatos convocó a una protesta (organizaciones de papel, dado el alcance limitado de la manifestación) contra los ciudadanos mexicanos de origen judío (no precisaron en qué grado, algo imperdonable) por no condenar las acciones que lleva a cabo Israel contra Hamás en Gaza. ¿Su delito? Ser mexicanos de la comunidad judía.
El tercero ocurrió en Granada. Ariana Harwicz, brillantísima escritora argentina, iba a participar en CULTUR-ALH, el Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades de la Universidad de Granada. La Red Universitaria para Palestina de Granada dirigió una carta contra su participación por su posición contraria al boicot cultural a Israel y la dirección del festival canceló su invitación, alegando motivos de seguridad. Es decir, ¿estás en contra de que se confunda a los ciudadanos de Israel con las acciones de su Gobierno? Pues ahora verás, que a nosotros no nos engañas, aunque tu pasaporte sea argentino. La Universidad de Granada, en lugar de ratificar la invitación, o cancelar el festival y despedir a la directora, se desvinculó de la decisión con la valentía de los hechos consumados e irremediables.
Propongo, por lo tanto, volver a Swift. Los judíos del mundo hasta cuarto grado llevarán cosida en la ropa una estrella de David de color amarillo. Los israelíes llevarán una estrella de David mitad amarilla, mitad de color azul. Los israelíes partidarios de Netanyahu llevarán una estrella de David y una esvástica. Para los judíos de cualquier signo y condición que utilicen la palabra «genocidio» habrá una pequeña palomita de aprobado junto a la estrella de David. Podrán obtenerla los cineastas de NAZA, Yuval Abraham y Rachel Szor; los periodistas de Haaretz y cuantos ciudadanos israelíes consideren que Netanyahu no habla en su nombre. Incluso podrán obtenerla aquellos israelíes que protestan contra su Gobierno, votan a la oposición o se manifiestan contra la guerra. También los judíos en el resto del mundo con posiciones análogas. Será importante, naturalmente, comprobar que la palomita sea auténtica. ¡Ya sabemos cómo se las gastan!
Quedará por resolver un último problema: España, que ofrece un campo de experimentación particularmente interesante porque la sangre judía está presente en todas partes. Se podría empezar con una pira de libros sospechosos al pie de las bibliotecas universitarias. ¿El libro del Zóhar, atribuido a Shimon bar Yojai? Al fuego. ¿Guía de perplejos, de Maimónides? A las llamas. ¿La Celestina, de Fernando de Rojas? Candela con esa vaina. ¿El Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, el Libro de la vida, de santa Teresa de Jesús; De los nombres de Cristo, de fray Luis de León, y otras obras de conversos? Hoguera purificadora. ¿La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens; España en su historia, de Américo Castro; España y los españoles, de Juan Goytisolo; Sefarad. Una novela de novelas, de Antonio Muñoz Molina; La lengua florida, de Angelina Muñiz Huberman? Fogata justa. También la obra de Juaristi sobre los vascos, por aquello de los bucles.
Por suerte, los estudios genéticos disponibles hacen innecesario confiar en los apellidos ni en los viejos expedientes parroquiales. Bastaría con una prueba de ADN para todos los españoles, que será tan obligatoria como las balizas de los coches. Ha llegado el momento de recuperar, aunque solo sea por razones de probidad intelectual, aquella sabia institución de la limpieza de sangre del Cardenal Cisneros: nunca es demasiado tarde para averiguar quién es cristiano viejo. Así, los españoles que acreditasen no tener ascendencia judía podrían salir a la calle sin distintivo. Para el resto, en cambio, será necesaria la estrella de David y unas palabras en letra gótica y lengua alemana en la base que indiquen que se trata de un Sephardischer Jude.
¿Y para los plumillas, encima gentiles, como yo, que piensan que fue Hamás el responsable de empezar la guerra y el que tiene escrito en sus planes fundacionales el objetivo genocida de terminar con la existencia de Israel? Una estrella de David honoraria, única distinción que llevaré con orgullo en este mundo peligroso y cruel, ciego a las lecciones del pasado.
Ricardo Cayuela Gally (Ciudad de México, 1969) es editor y ensayista. Filólogo por la UNAM. Becario del Centro Mexicano de Escritores. Ha sido profesor universitario y conferencista. Fue jefe de redacción de ‘La Jornada Semanal’, editor responsable de ‘Letras Libres’ y director editorial de Penguin Random House México. Es autor de ‘Las palabras y los días’; ‘Para Entender a Mario Vargas Llosa’; ‘La voz de los otros’ y ‘El México que nos duele’.