El festival de cine antisemita de Venecia

17/Sep/2026

Libertad Digital- por Santiago Navajas

 

 

El Festival de Venecia vuelve a quedar en el centro de la polémica por la fuerte carga política que rodeó a algunas de las películas presentadas, especialmente el documental NAZA. Santiago Navajas cuestiona la transformación de los festivales de cine en escenarios de militancia y debate ideológico, y advierte sobre el lugar que ocupa el antisemitismo en esta nueva dinámica.

 

Cannes, Berlín, Venecia, San Sebastián… Los festivales de cine debían ser el eslabón necesario entre los artistas cinematográficos, el público exigente y una industria que tuviese sensibilidad estética además de económica. Sin embargo, pronto fueron pasto de los activistas políticos de izquierda que trataron de convertirlos en tribunas de sus homilías. El más célebre y patético de todos fue Jean-Luc Godard, que sacrificó su inmenso talento artístico en aras de mensajes políticos tan crípticos como superficiales y ridículos, el destino final de los directores de cine que pretenden emular a Hegel en lugar de a Hitchcock.

 

La última ceremonia de la confusión cinematográfica ha sido perpetrada en Venecia. NAZA fue la película más aplaudida de la historia del festival. Pero no es que sea un milagro del documental en la estela de Adam Curtis, sino porque el propio director del certamen estuvo cronómetro en mano para empujar a los presentes, abanicados por multitud de banderas palestinas, hasta que el récord se consiguió —¡más de 24 minutos!—, superando, y no es casualidad, a otra película, La voz de Hind —solo 22 minutos para lo que es una película que hace pornografía del sufrimiento— que también se presentó como una denuncia del «genocidio». Balzac contó en Las ilusiones perdidas cómo en el siglo XIX había grupos de mercenarios que, por un pago, apoyaban o hundían una obra de teatro mediante aplausos o abucheos falsos. La escena balzaquiana se repite hoy con ovaciones prefabricadas y una emoción impostada que no nace de lo que se ve en la pantalla, sino de lo que se decreta entre bambalinas. Ya no importa la película en sí, sino si es la causa antisemitamente correcta.

 

Y es que los más importantes festivales de cine en el mundo se han convertido en las nuevas conferencias del Partido Comunista de la Unión Soviética, sustituyendo las banderas con la hoz y el martillo por las de Hamás. En 1937, durante una conferencia del Partido, se leyó un mensaje de homenaje al camarada Stalin. Al terminar, toda la sala se puso en pie y desató una ovación atronadora. ¿Quién se atrevería a parar primero con los aplausos? En plena Gran Purga, dejar de aplaudir antes que los demás equivalía a ser etiquedado como enemigo del pueblo. Pasaron cinco, ocho, diez minutos… Los asistentes seguían aplaudiendo mientras se miraban unos a otros esperando que alguien cediera. Finalmente, a los once minutos, el director de una fábrica decidió que ya no podía más, dejó de aplaudir y se sentó. El resto lo siguió de inmediato. Nunca más se supo de él.

 

La anécdota explica la psicología del aplauso obligatorio, donde se aplaude no por convicción, sino por miedo; no se aplaude por admiración, sino por cálculo. Y quien deja de aplaudir primero queda señalado. La diferencia es que ya no hay purgas físicas, pero sí purgas profesionales: contratos que exigen sumisión al núcleo irradiante, críticas que te ponen a caldo dejando caer que eres orgulloso hijo de Israel, invitaciones que se cancelan si no firmas contra el «sionismo».

 

Hoy, la izquierda está imponiendo el viejo dogma del judío usurero que usa la sangre de niños cristianos, ahora palestinos, y una nueva inquisición contra Israel, incluido un Sonderkommando de cineastas judíos. Dicen estar a favor de Palestina, pero convendría verlos haciendo un documental sobre cómo Hamás violó, mutiló y mató no solo a israelíes, sino a los propios palestinos que se oponen a los islamistas. También convendría ver a esa izquierda aliada de los integristas conviviendo con los homófobos y misóginos que gobiernan Gaza. Porque la solidaridad selectiva tiene estas cosas ya que se defiende con vehemencia a un pueblo mientras se silencia que quien lo gobierna desde hace veinte años no ha convocado elecciones, persigue a los disidentes, ejecuta a homosexuales y somete a las mujeres a un régimen de Terror. Es más fácil culpar a Israel de todo que preguntarse por qué Hamás usa hospitales, escuelas y mezquitas como bases militares. O por qué sus dirigentes viven en hoteles de lujo en Qatar mientras los gazatíes viven bajo el fuego que ellos mismos provocan.

 

El Sonderkommando judío contra Israel merece un párrafo aparte. Se trata de cineastas de origen judío que han encontrado en el antisionismo su particular carta de nobleza progresista. Su posición les garantiza un lugar en el pódium moral de la izquierda occidental, un sitio que de otro modo no ocuparían. No es nuevo porque en cada época ha habido judíos dispuestos a congraciarse con el poder hostil a su propio pueblo, convencidos de que así se salvarán. La historia ha demostrado muchas veces que ese cálculo nunca funciona —véase al más infame, Benjamín Murmelstein—.

 

Un festival de cine debería ser un espacio artístico de descubrimientos, de cineastas arriesgados, de polémicas estéticas. Hoy es otra cosa, un altavoz para sectarios de extrema izquierda y sus aliados islamistas. Como en 1937, nadie quiere ser el primero en dejar de aplaudir. El director de la fábrica tardó once minutos en sentarse y nunca más se supo de él. En Venecia van por los veinticinco minutos. Pronto habrá un muerto de tanto aplaudir. Los que se sientan antes de tiempo no desaparecen físicamente, pero sí de las alfombras rojas, de los jurados, de las portadas. La checa, aunque se vista de arcoíris y se adorne con sandías, en checa se queda.