En medio de las acusaciones de genocidio contra Israel por la guerra en Gaza, un análisis publicado por New York Post cuestiona que la evidencia disponible respalde esa calificación. El artículo revisa datos sobre víctimas, desnutrición y la situación humanitaria y advierte sobre la distancia entre algunas de las afirmaciones más contundentes y los datos que efectivamente se conocen. Crédito foto: AP Photo/Jehad Alshrafi
En mayo de 2025, Tom Fletcher, secretario general adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, declaró en BBC Radio ante la audiencia que 14.000 bebés en Gaza morirían «en las próximas 48 horas a menos que podamos llegar hasta ellos».
Dos días. Catorce mil bebés.
Según UNICEF, hay alrededor de 20.000 bebés en toda la Franja de Gaza. Lo que significa que el 70 % de todos los bebés corrían peligro de morir en cuestión de horas. Una cifra «absolutamente escalofriante», subrayó Fletcher.
The New York Times, junto con otros numerosos medios de comunicación tradicionales, difundió la afirmación de Fletcher ante su audiencia crédula sin ningún tipo de escepticismo. Se convocó a los expertos habituales para debatir sobre esta hambruna inminente en los canales de noticias por cable. Y los antisemitas en las redes sociales amplificaron la afirmación.
Por muy descabellada que sea una historia sobre Israel —incluidas acusaciones absurdas y sin pruebas de que entrena perros para violar a palestinos—, periódicos como *The New York Times* la difundirán para alimentar la percepción de que el Estado judío actúa como una entidad genocida.
Y por más que se desmientan tales afirmaciones, insisten en ellas.
Un par de meses después de las declaraciones de Fletcher, por ejemplo, *The New York Times* publicó en portada un artículo sobre la hambruna en Gaza que incluía una fotografía impactante de un niño pequeño palestino, demacrado, llamado Mohammed Zakaria al Mutawaq.
Se omitió mencionar que el niño padecía parálisis cerebral y otras afecciones médicas graves preexistentes, y que su aspecto no tenía nada que ver con el hambre.
En cualquier caso, lo que el informe de la ONU determinó realmente —y aun esta afirmación era cuestionable— es que podrían producirse 14.000 casos de desnutrición entre el millón de niños de Gaza (no bebés) si no recibían ayuda durante el año siguiente.
La ayuda sí llegó. Muchísima ayuda. La Fundación Humanitaria para Gaza (una iniciativa conjunta de EE. UU. e Israel) entregó a los palestinos, antes del alto el fuego, el equivalente a unos 187 millones de comidas, además de productos agrícolas y más de un millón de paquetes de alimentos complementarios para niños.
Otro informe reveló que, a pesar de la táctica de Hamás de apropiarse de la ayuda internacional para controlar a la población, Israel había suministrado a Gaza el triple de los alimentos necesarios durante el alto el fuego. Los datos indicaban que la desnutrición era inferior a los niveles anteriores a la guerra.
Y un año después de que el secretario general de la ONU, António Guterres, afirmara que la «hambruna» en Gaza suponía un «fracaso de la propia humanidad», una encuesta nutricional SMART liderada por UNICEF reveló que no solo no existía desnutrición aguda generalizada en Gaza, sino que la Franja registraba una de las tasas más bajas de la región (un 0,5 %).
Para encontrar esa cifra, había que profundizar en las notas a pie de página del estudio. Al momento de escribir esto, *The New York Times* no se ha molestado en mencionarlo.
Para cuando se publican las «aclaraciones», las historias ya se han enquistado en la imaginación de quienes odian a Israel.
Definición jurídica
Ninguna persona seria sostiene que los palestinos de Gaza no sufren a causa de las interminables guerras nihilistas de Hamás contra Israel. Sin embargo, la acusación de genocidio —junto con las de «hambruna», «limpieza étnica» y «apartheid»— ha sido fabricada por un conglomerado de organizaciones antiisraelíes que llevan décadas preparando a la opinión pública.
Se trata de entidades como Amnistía Internacional, Human Rights Watch o algún organismo de la ONU, junto con organizaciones de supuestos «expertos» —como la Asociación de Estudiosos del Genocidio (Association of Genocide Scholars)—, descrita habitualmente por los principales medios de comunicación como el hogar de los «mejores académicos del mundo», a pesar de que cualquier persona ajena al ámbito académico puede pagar una simple cuota de inscripción y convertirse en miembro.
No hubo genocidio. Ni en el sentido que entiende el público general ni desde el punto de vista jurídico. Las pruebas que descartan la existencia de un genocidio son abrumadoras.
Lo más importante que hay que recordar sobre la acusación de genocidio es que las organizaciones internacionales tuvieron que modificar la forma en que aplican la definición jurídica vigente desde la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 para poder difamar a Israel.
En el imaginario colectivo, el término «genocidio» equivale a una matanza masiva de personas. Jurídicamente, se define como actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Así, por ejemplo, lo que Turquía perpetró contra los armenios y los kurdos, o lo que los paquistaníes hicieron a los bengalíes, constituiría un genocidio.
El caso jurídico contra Israel se basa en la intención.