El antisemitismo nunca se quedó sin un origen que atribuirle al judío para poder echarlo. Hoy le sirve una tribu turca que se convirtió hace mil años y después se extinguió. La genética de poblaciones, que no vota en asambleas, deja esa coartada sin un solo apoyo.
- Amalek rehace sus armas
Hay que reconocerle a cierta izquierda europea un descaro que impresiona. Es capaz de acusar de demasiado blancos a los nietos de los que sus propios abuelos echaron de Europa por no ser lo suficientemente blancos. El mismo continente que persiguió al judío por semita y por oriental, por mancha en la pureza aria, hoy lo señala desde sus plazas por lo contrario: por europeo de más, por colono rubio, por opresor del norte global. Cambió el signo de la acusación y se quedó con el mismo acusado. El judío tenía que ser oscuro cuando eso bastaba para condenarlo; tiene que ser blanco ahora que lo condena la otra cosa. Nunca se lo eligió por lo que es, sino por lo que en cada época hace falta que sea.
Y cuando la contradicción aprieta, aparece la pirueta. Se acusa al judío de usar su agenda de derechos, plena y verificable, para maquillar un crimen inventado. Al único Estado de la región donde una marcha del orgullo no termina en la horca se lo denuncia por pinkwashing, y se lo denuncia en nombre de una de las culturas más homófobas del planeta, la del islamismo radical, esa que a los homosexuales los tira de las azoteas. Hace falta un estómago de acero para militar eso sin ruborizarse, y sin embargo se milita a diario, porque el dispositivo que lo habilita es más viejo que cualquiera de sus disfraces.
Ese dispositivo tiene, en la tradición judía, un nombre antiguo: Amalek. No designa a un pueblo ni a un hombre, sino a una función. Es el enemigo que ataca por la espalda, que va contra los rezagados y los cansados, y al que el texto ordena recordar porque su método sobrevive a su ejército. Amalek no gana una batalla y se retira: muta. Cada generación lo encuentra con un arma nueva y la intención de siempre. La pregunta no es si vuelve, sino con qué disfraz.
El catálogo de sus armas contra los judíos es un museo del horror con una curaduría sorprendentemente coherente. En la Edad Media el judío envenenaba los pozos y traía la peste. En Pascua secuestraba un niño cristiano para usar su sangre en la matzá, el libelo de sangre nacido en Norwich en 1144 que mató judíos durante ochocientos años. En el siglo xx falsificaron el acta de una reunión secreta, Los protocolos de los sabios de Sion, para probar que un consejo hebreo manejaba el mundo desde las sombras. Cada una se presentó como cosa sabida, como un dato que no pedía prueba. Ninguna la pasó, y a ninguna le hizo falta.
Porque el libelo tiene una propiedad que lo separa de la mentira común: no busca que uno lo crea después de comprobarlo, busca que uno no lo compruebe. No viene a informar, viene a habilitar. El que arrasaba una judería después de un libelo de sangre no se vivía como asesino, se vivía como justiciero. Y el mecanismo, debajo del vestuario que le toque en cada siglo, es siempre ese.
Hoy Amalek tiene dos armas de moda y las dos apuntan al mismo punto: el derecho del judío a estar donde está. Una es el libelo colonialista, que convierte a un pueblo de refugiados que volvió a su tierra en un destacamento de invasores blancos. La otra es más sofisticada, viene con bata de laboratorio y promete ciencia. Sostiene que el judío ashkenazí ni siquiera es judío: es un impostor turco. Se llama libelo jázaro, y de ese vamos a hablar sin piedad.
- La tribu que vino a resolverle el problema al antisemita
Los jázaros existieron, y hay que empezar por ahí, porque la mentira más eficaz parte siempre de un dato verdadero. Fueron una confederación de tribus túrquicas que armó un kanato entre el Cáucaso y el Volga, y cuya elite se convirtió al judaísmo en algún momento de los siglos viii o ix. Es historia documentada, no fantasía. El kanato se deshizo alrededor del año mil y sus jázaros judíos se perdieron en la niebla, que es exactamente donde los libelos hacen su mejor trabajo: en el hueco sin archivo, la conjetura se disfraza de conclusión y nadie pide el recibo.
La tesis dice así: los judíos de Europa del Este no descienden de aquellos hebreos del Levante, sino de esos conversos túrquicos que, caído el kanato, migraron al oeste y se hicieron pasar por lo que no eran. Si eso fuera cierto, el ashkenazí no tendría ninguna conexión de sangre con la tierra de Israel, y todo el reclamo sionista se caería como un decorado de utilería. Vean la elegancia del asunto. El libelo no discute la política de un Estado, le disuelve el linaje a un pueblo entero. No dice “tenés una mala política”, dice “no sos quien decís ser”.
Lo revelador es la trayectoria del arma, porque delata para qué sirve de verdad. La popularizó en 1976 Arthur Koestler, un judío, en un libro llamado La decimotercera tribu, con el argumento explícito de desactivar el antisemitismo: si los ashkenazíes no eran semitas, razonaba él mismo, la vieja acusación de deicidas se quedaba sin sujeto. Le salió al revés, como suele pasarle a quien le lleva leña seca al pirómano creyendo que apaga el fuego. La derecha racista tomó la tesis para decir que los judíos son falsos, impostores, ni siquiera una estirpe real. Y después la tomó cierta izquierda antisionista para decir lo mismo con otra entonación: si son jázaros no son indígenas del Levante, y entonces Israel es una usurpación sin atenuantes. En 2009 Shlomo Sand la reflotó en La invención del pueblo judío y le puso sello universitario. El libelo jázaro es un camaleón perfecto: sirve al nazi y sirve al militante, porque a los dos les resuelve el mismo problema, que es necesitar que el judío sea un fraude.
Un converso túrquico extinto reaparece, puntual, cada vez que alguien necesita que el judío sea de otro lado.
III. La aplanadora
Acá el libelo se estrella contra algo que no negocia ni marcha: la genética de poblaciones. Y hay que entrar con honestidad, porque la fuerza del argumento está en no exagerar ni un milímetro.
Empiezo por lo que es cierto, esa parte que el libelo necesita que uno ignore. Los ashkenazíes son una población mezclada. Su genoma tiene un componente europeo grande, sobre todo por vía materna: el trabajo de Costa y colegas de 2013 mostró que buena parte de los linajes mitocondriales ashkenazíes, los que se heredan de madre a hija, tienen raíz europea, mediterránea y del oeste del continente. Nadie serio lo discute. Un pueblo que vivió mil años en Europa terminó pareciéndose, también, a Europa. Hasta ahí hay ciencia, no libelo.
El libelo empieza en el salto siguiente, cuando “hay mezcla europea” se transforma en “el núcleo es túrquico y del Levante no queda nada”. Y ahí la evidencia es terminante. En 2010, dos estudios independientes, el de Atzmon y colegas en el American Journal of Human Genetics y el de Behar y colegas en Nature, este último con 1.287 personas de catorce poblaciones judías y sesenta y nueve no judías, encontraron lo mismo: los ashkenazíes comparten un componente levantino con todas las demás diásporas judías y se ubican, en cualquier análisis, entre los europeos del sur y los pueblos de Medio Oriente. No en la estepa.
Y viene el dato que a mí me parece la estocada, el que no tiene vuelta. Los ashkenazíes comparten ese núcleo levantino con los judíos sefardíes, con los del norte de África, con los iraquíes, con los yemenitas. Poblaciones que jamás pisaron Jazaria, que se separaron del tronco común hace milenios y a miles de kilómetros unas de otras. Si el ashkenazí fuera un converso túrquico disfrazado, no habría ninguna razón para que su ADN se diera la mano con el de un judío de Saná o de Bagdad. Ese parentesco compartido es una huella dactilar, y apunta toda entera al mismo lugar: al Levante. No a un kanato del Volga.
Faltaba el papel que le puso número a la tesis, y también quién lo desarmó. En 2013 Eran Elhaik publicó en Genome Biology and Evolution un trabajo argumentando que los datos apoyaban el origen jázaro. Fue el momento de gloria del libelo, su cita “científica”, la que todavía se pega en los hilos. Duró poco. Ese mismo año Behar y un equipo grande respondieron en Human Biology con un estudio dedicado, cuyo título no deja lugar a la duda, “No evidence from genome-wide data of a Khazar origin for the Ashkenazi Jews”, y mostraron dónde estaba el truco. Elhaik había usado a armenios y georgianos como sustitutos de los jázaros, porque ADN jázaro no hay. El problema es que armenios y georgianos, por pura geografía, se parecen a las poblaciones de Medio Oriente. O sea que la “señal jázara” que Elhaik creía ver era, en rigor, la vieja señal levantina leída al revés. Confundió el origen que quería negar con la prueba del origen que quería inventar.
Hay todavía un frente más, el de la línea paterna, que el libelo preferiría que nadie mirara. Desde 1997, cuando Skorecki y colegas publicaron en Nature el estudio de los cromosomas Y de los judíos que se identifican como cohanim, los descendientes de la casta sacerdotal, se sabe que esos hombres comparten un mismo haplotipo con una frecuencia altísima, ashkenazíes y sefardíes por igual, y que ese linaje rastrea a un antepasado común del Cercano Oriente de hace unos tres mil años. Tres mil, no mil. Un sacerdote del desierto, no un jinete del Volga. Y hasta el linaje de los levitas ashkenazíes, un cromosoma que durante un tiempo se coqueteó con atribuir a los jázaros, terminó rastreado por Rootsi y colegas en 2013, otra vez, a un origen del Cercano Oriente.
Y queda un argumento de puro sentido común genético que no deja resquicio. Los ashkenazíes fueron durante siglos una población endogámica, que se casaba hacia adentro y descendía de un grupo fundador chico. Si mil años atrás hubiera entrado un aporte jázaro grande, la endogamia lo habría repartido parejo: estaría hoy en casi todos los ashkenazíes, no en cuatro casos sueltos. No está. Lo que aparece, cuando aparece, es un rastro caucásico mínimo, apenas por encima del ruido estadístico, indistinguible de la vecindad natural que el Cáucaso tiene con Medio Oriente.
El veredicto, sin anestesia
Laboratorios distintos, con muestras, marcadores y plataformas distintos, y ninguna simpatía política en común, convergen en la misma foto: los ashkenazíes son un pueblo levantino con siglos de mezcla europea encima. El origen jázaro como reemplazo de ese núcleo no tiene sostén en los datos. Descartado el error de buena fe, que existe y que una tarde de lectura honesta alcanza para corregir, sostener el libelo con obstinación deja tres salidas, y ninguna es honrosa: ignorancia (no leyó la evidencia), engaño (le vendieron el truco) o miseria (sabe que es falso y lo repite igual). Elija.
Por qué sobrevive un muerto
Si la genética es tan terminante, ¿por qué el libelo jázaro sigue circulando, tuiteado con la seguridad del que acaba de descubrir la pólvora? Porque nunca fue una hipótesis científica que espera confirmación. Fue siempre una necesidad emocional que salió a buscar coartada, y encontró una tribu extinta dispuesta a hacer de cómplice.
René Girard lo explicó mejor que nadie: la comunidad en crisis no resuelve su conflicto, lo descarga sobre una víctima, y para eso necesita que la víctima sea culpable de algo original, algo de raíz. El libelo jázaro es el chivo expiatorio pasado por el laboratorio. No le discute al judío una acción, le discute el ser. Y hace con la genética lo que el libelo de sangre hacía con la teología: convierte el odio en constatación. El antisemita que dice “son jázaros” cree que no odia, cree que informa. Se ahorra la culpa porque, en su cabeza, apenas está señalando un dato neutro. Ese es el lujo que el libelo le regala, y por eso lo defiende con tanta ferocidad: sin el dato, vuelve a ser lo que es.
Por eso el libelo jázaro es, en el fondo, el libelo colonialista con bata puesta. Los dos hacen la misma operación: cortar el cordón entre el judío y la tierra. El colonialista lo corta con la historia trucha del invasor europeo, el jázaro lo corta con la biología trucha del converso túrquico. Uno le saca la legitimidad política, el otro le saca la sangre. Y cuando se combinan, el resultado es perfecto para quien odia: el judío no solo hace algo malo, es un impostor haciendo algo malo en una tierra que nunca fue suya. La deslegitimación total, la fantasía del antisemita cumplida sin tener que pronunciar la palabra que lo delataría.
Lo que Amalek nunca hace
Hay algo que Amalek, en cualquiera de sus disfraces, no hizo jamás en toda su historia: revisar. Nunca leyó el paper hasta el final, nunca miró la tabla del anexo, nunca se preguntó si su arma nueva aguantaba una réplica. No le hace falta. El libelo no pierde cuando lo refutan, porque nunca jugó en la cancha de la verdad. Juega en la cancha de la utilidad, y ahí sigue invicto.
A mí me toca lo otro, que es la parte aburrida y necesaria del oficio: poner los datos sobre la mesa y decir, con la calma del que no necesita gritar porque tiene el archivo, que esto es falso. Que los ashkenazíes vienen del Levante con siglos de Europa encima, que lo dicen los genes de media docena de laboratorios que no se ponen de acuerdo en casi nada más, y que el converso túrquico que vino a expulsarlos de su propia historia no existe. Nunca existió.
Lo inquietante no es que el libelo mienta. Los libelos mintieron siempre. Lo inquietante es la avidez con que se lo cree, la velocidad con que una tribu enterrada hace mil años resucita justo cuando a alguien le conviene que el judío sea ajeno. Amalek no vuelve porque tenga razón. Vuelve porque siempre hubo quien lo estaba esperando con el arma lista y las ganas intactas. La próxima vez que lea que los judíos son jázaros, no piense en genética. Piense en quién necesitaba que fuera verdad.
Fuentes
Behar, D. M., Metspalu, M., Baran, Y., et al. (2013). No Evidence from Genome-Wide Data of a Khazar Origin for the Ashkenazi Jews. Human Biology, 85(6), 859–900.
Elhaik, E. (2013). The Missing Link of Jewish European Ancestry: Contrasting the Rhineland and the Khazarian Hypotheses. Genome Biology and Evolution, 5(1), 61–74. [Tesis refutada por el estudio anterior.]
Atzmon, G., Hao, L., Pe’er, I., et al. (2010). Abraham’s Children in the Genome Era: Major Jewish Diaspora Populations Comprise Distinct Genetic Clusters with Shared Middle Eastern Ancestry. American Journal of Human Genetics, 86(6), 850–859.
Behar, D. M., Yunusbayev, B., Metspalu, M., et al. (2010). The Genome-Wide Structure of the Jewish People. Nature, 466, 238–242.
Costa, M. D., Pereira, J. B., Pala, M., et al. (2013). A Substantial Prehistoric European Ancestry amongst Ashkenazi Maternal Lineages. Nature Communications, 4, 2543.
Skorecki, K., Selig, S., Blazer, S., et al. (1997). Y Chromosomes of Jewish Priests. Nature, 385, 32.
Rootsi, S., Behar, D. M., Järve, M., et al. (2013). Phylogenetic Applications of Whole Y-Chromosome Sequences and the Near Eastern Origin of Ashkenazi Levites. Nature Communications, 4, 2928.
Koestler, A. (1976). The Thirteenth Tribe. / Sand, S. (2009). The Invention of the Jewish People. [Vehículos de divulgación de la tesis jázara.]
Girard, R. El chivo expiatorio. Marco interpretativo del mecanismo persecutorio.