El senador Rodrigo Blas, quien recientemente integró la delegación de parlamentarios uruguayos que visitó Israel, reflexiona sobre los profundos vínculos históricos del pueblo judío con la Tierra de Israel, distingue entre la dimensión histórica, nacional y estatal de esa realidad, y reivindica los valores de la libertad, la democracia y la paz como pilares para comprender el conflicto actual y proyectar un futuro de convivencia en la región.
Hay pueblos que nacieron sobre una tierra. Y hay tierras que dieron origen a un pueblo. Israel pertenece a esa segunda categoría.
Hay pocas tierras en el mundo cuya historia haya sido discutida tantas veces como la de Israel. Y, sin embargo, pocas cuentan con una continuidad histórica tan documentada.
Mucho antes de que existieran los Estados modernos, mucho antes del nacimiento del cristianismo e incluso siglos antes del islam, esa tierra ya era conocida como la Tierra de Israel.
No fue un nombre inventado por la política contemporánea. Proviene del antiguo Reino de Israel y del Reino de Judá, cuya existencia está documentada por la Biblia, por fuentes egipcias, asirias, babilónicas, persas, griegas y romanas, así como por una abundante evidencia arqueológica.
Pocos pueblos pueden acreditar una presencia histórica tan antigua y tan profundamente vinculada a un territorio específico como el pueblo judío respecto de la Tierra de Israel.
Eso no significa negar que otros pueblos también hayan vivido allí. Cananeos, filisteos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos y británicos dominaron la región en distintos momentos. Pero ninguno de ellos dio origen al nombre histórico de esa tierra. Ese nombre nació con Israel. Y sobrevivió durante más de tres mil años.
Conviene, sin embargo, distinguir tres conceptos que muchas veces se confunden.
Una cosa es la Tierra de Israel, realidad histórica y cultural que precede por milenios al Estado moderno. Otra es el pueblo judío o antigua nación de Israel, una comunidad histórica, cultural y religiosa que sobrevivió incluso durante casi dos mil años de dispersión. Y otra muy distinta es el Estado de Israel, creado en 1948 como una democracia moderna con instituciones, Parlamento, Poder Judicial, elecciones libres, alternancia política y gobiernos reemplazables por el voto.
Como toda democracia, sus gobiernos pueden acertar o equivocarse. Pueden ser apoyados o criticados. Pueden ser reemplazados por el voto. Confundir al Estado con un gobierno concreto, o identificar a todo un pueblo con las decisiones de un gabinete, es un error que empobrece cualquier análisis.
La guerra en Gaza es una consecuencia directa del ataque perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023, cuando miles de terroristas ingresaron a Israel, asesinaron a civiles, secuestraron hombres, mujeres y niños y desencadenaron la mayor masacre sufrida por el pueblo judío desde el Holocausto.
Israel respondió militarmente con el objetivo declarado de destruir la capacidad operativa de Hamás y recuperar a los rehenes. Como ocurre en toda guerra urbana de esta magnitud, la respuesta ha generado un intenso debate internacional sobre su desarrollo, sus consecuencias humanitarias y el equilibrio entre la legítima defensa y la protección de la población civil.
Esa discusión existe y continuará. Pero no debería hacernos perder de vista el hecho que dio origen al conflicto ni la naturaleza de la organización terrorista que lo desencadenó.
Israel enfrenta, además, una amenaza que trasciende sus fronteras. Hamás, Hezbolá, Estado Islámico y otras organizaciones representan distintas expresiones del islamismo radical, una ideología totalitaria que utiliza la religión para justificar la violencia y el terrorismo. No representan al islam como religión. Representan una corriente extremista que ha perseguido no solo a judíos y cristianos, sino también a millones de musulmanes que rechazan su visión fanática.
Su objetivo no es únicamente destruir a Israel. Es imponer, mediante la violencia, una concepción incompatible con la libertad, la democracia y la convivencia entre personas de distintas creencias.
Uruguay no es ajeno a esta historia. Somos una nación profundamente occidental, construida sobre la tradición judeocristiana, el Estado de Derecho, las libertades individuales y la democracia republicana. No es casualidad que Uruguay haya desempeñado un papel destacado en el nacimiento del Estado de Israel. En 1947, nuestro representante ante las Naciones Unidas, el doctor Enrique Rodríguez Fabregat, fue uno de los más firmes defensores del plan de partición que hizo posible la creación del Estado de Israel. Y pocos meses después, Uruguay estuvo entre los primeros países del mundo en reconocerlo. No fue solamente una decisión diplomática. Fue una definición de principios. La convicción de que un pueblo con miles de años de historia, perseguido durante siglos y víctima del mayor genocidio de la humanidad, tenía derecho a reconstruir su hogar nacional.
Por eso también decidimos recorrer esa tierra. Lo hicimos sin prejuicios, sin vergüenzas y sin complejos. No fuimos a confirmar una idea preconcebida. Fuimos a conocer. Caminamos Jerusalén, Tel Aviv, el desierto, comunidades agrícolas y lugares donde conviven la fe, la historia, la innovación y también las heridas abiertas por una guerra que conmueve al mundo. Escuchamos. Preguntamos. Observamos. Y volvimos más convencidos aún de nuestros propios principios. Del valor de la libertad frente al fanatismo. De la democracia frente al autoritarismo. Del humanismo frente al odio. Del paz como objetivo irrenunciable, aun cuando para alcanzarlo sea necesario enfrentar a quienes hacen de la violencia un modo de acción política.
Visitamos esa tierra para comprenderla. Y regresamos más convencidos de nuestros valores: la libertad, la democracia, el humanismo y la paz. Porque defender el derecho de Israel a existir no significa renunciar al anhelo de una paz justa y duradera para todos los pueblos de la región.
Como dicen desde hace miles de años en esa tierra:
Shalom (paz, plenitud y armonía).
Que deje de ser solamente un saludo.
Y vuelva a ser el destino de todos los pueblos de esa tierra.
RODRIGO BLAS
SENADOR