La escritora feminista estadounidense dice que los festejos tras el ataque de Hamás en 2023 no representan una anomalía dentro del feminismo, sino un viejo rasgo estructural.
Kara Jesella (Buffalo, Nueva York, 1975) es una escritora y académica feminista neoyorquina formada en Estudios de Género y Estudios de Performance en la New York University. Ha escrito para The New York Times, The New Republic o, más recientemente, Quillette. Acaba de publicar el ensayo Feminist Antisemitism: An Intellectual History (Routledge), donde explica que la falta de sororidad e incluso los festejos antisemitas tras el ataque de Hamás del 7 de octubre no representan una anomalía dentro del feminismo, sino un viejo rasgo estructural del movimiento.
En tu libro, escribís: “En las horas posteriores a la brutal invasión de Hamás, quedó claro que las feministas antisionistas, las mujeres y muchas personas de izquierda en todo el mundo no sólo estaban justificando, sino también regocijándose por las acciones del grupo terrorista”. Esas atrocidades incluyeron la violación y el asesinato sistemáticos de mujeres. ¿Te sorprendieron las reacciones del feminismo dominante frente a las violaciones del 7 de octubre?
No del todo, porque sabía que el feminismo —el feminismo menos convencional, académico— había pasado muchos años tratando de decir que lo que las mujeres blancas y las mujeres judías decían y pensaban no era importante, eran simplemente mujeres blancas, que no formaban parte de una minoría históricamente oprimida. Esa idea ya era preponderante y había comenzado a calar en la corriente principal porque había blogueras feministas y revistas que, desde hacía años, habían estado escribiendo sobre estas ideas después de Black Lives Matter, en 2020. Al mismo tiempo, también se estaban desarrollando todas estas nuevas ideas dentro del movimiento feminista y de la academia feminista que se referían específicamente a la violación y la agresión sexual. La gente no sabía demasiado de esto porque muchos todavía estaban enfocados en el movimiento Me Too y en llevar los temas relacionados con la agresión sexual y el acoso al centro del debate público.
Pero, paralelamente, en el ámbito académico, surgían nuevas teorías sobre la agresión sexual. Una de las principales ideas nuevas era que, si eras alguien que había sufrido una agresión y querías encarcelar a quienquiera que fuera el responsable, eso era “algo propio de los blancos”. Y cuando hablamos de “blancos” y “feminismo”, eso siempre implica algo malo: burgués, elitista, en contra de los pobres y de las personas de color. Esta idea se había vuelto muy preponderante. Lo llamaban “feminismo carcelario” y se oponían a esto. Me quedó claro que la idea era que la agresión sexual y el enjuiciamiento de la agresión sexual estaban mal vistos porque perjudicarían a las comunidades de color, lo que era más importante que cómo afectaría la agresión sexual a cualquier mujer en particular y, sobre todo, si se trataba de cualquier grupo de mujeres que formara parte de una comunidad considerada blanca, mala, imperialista y equivocada. Así que no me sorprendió. Creo que lo que tal vez sí me sorprendió fue lo rápido que se generalizó esa idea.
¿Y qué hay del escepticismo respecto de las violaciones? ¿Qué pasó con el “hermana, yo te creo”? En este caso, no funcionó.
Exacto. Cuando muchas de estas personas dicen cosas como “no sé si realmente pasó”, lo que en realidad dicen es “no me importa si pasó”. Simplemente no es importante, sea como sea. La idea ha sido que, si intentas encarcelar a hombres por violación —y mucho de esto proviene del trabajo de Angela Davis—, eso no sólo perjudica a esos hombres. Perjudica a comunidades enteras de personas de color. Así que, por ejemplo, ella habla en su obra de cómo muchas veces, si un hombre es acusado de violación, tal vez lo haya hecho, tal vez no, pero, de cualquier manera, si lo meten en la cárcel, eso afectará a su esposa o novia, quien entonces tendrá que incorporarse al mercado laboral y conseguir un trabajo que probablemente esté mal pagado. Ella podría tener que ser su carcelera no remunerada. Podrían dejarlo salir de la cárcel, pero entonces ella tiene que cuidar de él en casa. Así que se trata de esta idea de que no sólo afecta a ese hombre. Davis relacionará estas ideas con cómo las mujeres negras eran violadas durante la esclavitud y hablará de eso.
Ahora bien, obviamente, lo que vimos el 7 de octubre fue algo completamente diferente. Es un país con una historia totalmente distinta a la de Estados Unidos, pero una de las ideas de Angela Davis ha sido decir: el racismo estadounidense es igual a la forma en que los israelíes tratan a los palestinos. Y así fue como pudo establecer esta conexión. Es como si se remontara a algunas de esas ideas sobre la esclavitud en Estados Unidos y las relaciones entre negros y blancos, para luego superponerlas a esta historia diferente. Seguramente hay gente por ahí que realmente no sabe nada del tema y se muestra verdaderamente escéptica. Pero creo que lo que realmente quieren decir es que eso simplemente no importa. Y a menudo usan la palabra “narrativa”; dicen que esta “narrativa de la violación” se ha utilizado antes contra las personas de color. Por eso, realmente no pueden ver a estas mujeres israelíes como personas reales. Sólo pueden verlas como parte de esta historia que se ha usado contra algunas personas de color, lo cual no es lo que está sucediendo en este caso. Aunque sabemos que estas terribles agresiones sexuales existieron porque los de Hamás mismos las estaban filmando.
Explicás que esto no es nuevo en el feminismo, que esta hostilidad hacia los judíos “existía incluso antes de que se manifestara en el feminismo desde los inicios de la segunda ola del movimiento a principios de la década de 1960”. Y agregás: “A medida que el feminismo se fue institucionalizando en el ámbito académico, en los Estudios de la Mujer y departamentos relacionados, la hostilidad hacia los judíos, las mujeres judías e Israel se ha convertido en un rasgo central de sus teorías más importantes”. ¿Cómo sucedió esto, considerando que muchas mujeres judías tuvieron un papel central desde los inicios del feminismo moderno?
Parte de lo que pasó es que el feminismo surgió de todos esos otros movimientos que también existían en la década de 1960. Muchas mujeres habían formado parte del movimiento por los derechos civiles, de la Nueva Izquierda, del movimiento estudiantil. Y el antisemitismo ya existía en esos movimientos. Uno de los lugares más destacados donde lo veríamos es en un cambio a finales de los ’60, cuando el movimiento por los derechos civiles de los negros se convirtió en el Black Power, un movimiento notoriamente antisemita y antisionista. Por eso, muchas de las mujeres que se unirían al movimiento feminista eran mujeres negras que traían consigo estas ideas. Una de las cosas que ocurre es que, en 1963, cuando Betty Friedan diera inicio al movimiento feminista al publicar su libro La mística de la feminidad, les diría a las mujeres —es decir, a estas mujeres estadounidenses de clase media y con estudios—: “Sé que no están contentas con sus vidas”. Y que la respuesta a este problema era incorporarse al mercado laboral e ir a trabajar.
Pero las mujeres negras radicales dirían: “Esto es racista. En primer lugar, nosotras ya estamos trabajando. Y no nos mencionaste en absoluto en tu libro”. Y: “Ahora les estás diciendo a estas mujeres blancas que vayan a trabajar, ¿y quiénes son estas mujeres blancas? Son las mismas mujeres que nos explotan. Son las mismas que nos pagan mal como niñeras y como empleadas domésticas. Y vos sólo estás agravando este problema”. En realidad, se lo decían principalmente a Betty Friedan por ser una mujer blanca. Así que a menudo hablaban del feminismo blanco o de las mujeres blancas como si fueran una especie de enemigas. Betty Friedan era conocida como la representante más importante de las mujeres blancas y del feminismo blanco, y era claramente muy judía. Se veía judía, tenía un apellido judío. A menudo se mencionaba esto en los artículos sobre ella. Incluso desde el principio, esta mujer judía tan prominente iba a representar para estas otras mujeres lo que estaba mal con el feminismo.
¿En qué momento se empezó a considerar a los judíos en general, y a las mujeres judías en particular, como blancos en Estados Unidos?
Desde el principio, simplemente se les solía referir como blancas, pero lo que se volvió interesante fue que el feminismo iba a empezar a cambiar. A finales de los ’70 y principios de los ’80, se empezó a hablar más sobre las diferentes identidades de las personas. Antes existía la idea de sororidad. Luego la gente empezó a decir: “Soy negra”, “soy lesbiana” o “soy indígena estadounidense”. Esto ocurrió en un momento en que las mujeres judías empezaban a decir que eran judías. Y muchas de las mujeres de color radicales insistirían: “No, en realidad sólo sos blanca”. Creo que, al principio, a muchas mujeres judías no les molestaba que las llamaran blancas. Pero una vez que se convirtió en algo que todas las feministas hacían —es decir, hablar de sus propias identidades específicas, escribir sobre ellas— y vieron que había antisemitismo y antisionismo, trataron de explicar la historia judía. Que les dijeran que en realidad sólo eran personas blancas se convirtió en una forma de que otras feministas mostraran su poder y dijeran: “No, podemos convertirte en alguien que es simplemente blanco”.
También hubo feministas judías que desempeñaron un papel decisivo en la difusión del antisemitismo antisionista. ¿Quiénes dirías que son las figuras clave que han contribuido a este fenómeno?
Algunas de las mujeres judías más importantes que realmente contribuyeron al antisemitismo y al antisionismo comenzaron a destacar a principios de los ’90. Había una revista llamada Bridges, una publicación para feministas judías y afines. En ella colaboraban muchas mujeres judías importantes. De hecho, también contaba con varias mujeres de color. No todas eran judías, pero había varias mujeres importantes que escribían en esa revista y se convirtieron en figuras realmente clave: Melanie Kaye/Kantrowitz, quien más tarde sería la primera directora ejecutiva de Jews for Racial and Economic Justice (JFREJ), que sigue siendo un grupo importante. Eso no significa que sea antisionista, pero contribuye a eso. Escribía sobre cómo una de las cosas que las mujeres judías debían hacer era confrontar a otros judíos por su racismo. Describía el racismo judío de formas cada vez más elaboradas, de modo que todo tipo de cosas que antes nunca se habían considerado racistas ahora lo eran. Y hablaba extensamente de cómo las organizaciones judías dominantes se ponían histéricas ante el antisemitismo. Así que, en realidad, le estaba dando una coartada a mucha gente antisemita al decir: “Miren qué histérica es mi propia comunidad. Miren qué racista es mi propia comunidad”.
Otra figura realmente importante fue Irena Klepfisz, con quien colaboraba estrechamente. Irena fue probablemente la persona más importante en ayudar a desarrollar esta nueva identidad feminista. Comenzó criticando a Israel y, con el tiempo, se volvió anti-israelí. Era antirracista de una manera muy particular. Decía que el yiddish era un idioma mucho mejor que el hebreo. El yiddish se presentaba como una especie de idioma de las masas, un idioma que hablaban las mujeres, mientras que el hebreo se presentaba como un idioma patriarcal. Lo mismo ocurría con Israel, se lo presentaba como machista. Así que eran todas estas formas de utilizar vocabulario feminista para decir cosas terribles sobre Israel, para desacreditar a la comunidad judía, que se consideraba a sí misma como una firme defensora de los derechos de las personas negras y de color, y estaba muy orgullosa de eso. Así se buscaban todas estas nuevas formas de categorizar y caracterizar a la comunidad judía como racista.
¿Qué hay del papel de Judith Butler?
Hablemos de Judith Butler. Más adelante, en 1990, se producirá un cambio brutal en el feminismo. Butler publicaría el libro Gender Trouble, que cambiaría por completo la forma en que pensamos sobre el género. La teoría principal de Butler es que el género no se deriva naturalmente del sexo biológico, y que esas dos cosas deben separarse. Todos lo “sabemos” ahora. Y 13 años después, Butler escribiría un ensayo sobre el antisemitismo que tendría un efecto muy similar. Butler dirá: no todos los judíos son sionistas, no todos los judíos apoyan a Israel. Podemos separar esas cosas de la misma manera que separamos el sexo y el género, aunque en realidad no mencionaran el sexo ni el género. Pero así es como lo interpreto, que podemos separar esas cosas. Y como no todos los judíos son sionistas ni apoyan a Israel, el antisionismo no es antisemita. Esto se convierte en una cantinela que escuchamos todos los días sin parar hasta hoy.
Cuando yo contaba de qué estaba escribiendo, la primera pregunta que me hacían era: ¿qué pasó con Judith Butler? ¿O por qué Butler pasaría de interesarse por el género a interesarse por la identidad judía? Creo que, en parte, se trata de lo mismo, de no identificarse totalmente con la categoría. Entonces, si nacés mujer, pero no te sentís así —no te gusta cocinar o no te gusta limpiar o lo que eso signifique—, en la obra de Butler, se considera una especie de violencia. Y cuando leés su obra sobre el antisemitismo y el antisionismo, es lo mismo. La idea de que si sos judío necesariamente apoyás a Israel se caracteriza como una forma de violencia. Por supuesto, sabemos que en la obra de Butler la violencia física real está, en cierto modo, bien vista. Ha dicho que Hamás y Hezbolá forman parte de la izquierda global. Así que, si usás la violencia contra un Estado, está bien. En cierto modo, ni siquiera es realmente violencia. Dice que lo que es realmente violento es hacer que alguien encaje en una categoría en la que no se siente cómodo.
¿Por qué estas mujeres judías dan armas contra el pueblo judío?
Creo que la razón principal es que muchas de ellas en realidad querían permanecer en la izquierda y estaban siendo expulsadas. Les dijeron que no podían formar parte de eso mientras apoyaran a Israel. Así que lo que vemos a principios de los ’80 es que muchas mujeres radicales de color, en particular feministas negras radicales, escriben algunas de las cosas más espantosas sobre las mujeres judías. Se burlan de ellas. Se burlan del Holocausto. Las mujeres judías, en cierto modo, se oponen. Pero luego, en 1982, llega la Guerra del Líbano y, una vez que estalla, lo que había estado sucediendo se detiene. En su lugar, estas escritoras comienzan a escribir sobre Israel. Y son, en cierto modo, el mismo tipo de cosas negativas. Pero en lugar de hablar de personas y de mujeres judías, se habla de Israel. Otra cosa que veremos repetidamente en estos ensayos y poemas es que existe esta idea de que, si una mujer judía está de acuerdo con la caracterización que hacen los ensayos del sionismo o de Israel como algo malo, entonces puede permanecer en la coalición de izquierda. Creo que ese fue realmente el impulso para ellas.
¿Dirías que las identity politics forjaron esta nueva ola de antisionismo y antisemitismo?
Por supuesto. Eso pasó cuando las mujeres pasaron de un modelo de sororidad, que tal vez tenía sus problemas, a poner mucho énfasis en las particularidades de las personas. Como sabemos, la interseccionalidad está muy ligada a la política de identidad. Y algo que la gente olvida sobre la interseccionalidad es que, en realidad, hace dos cosas. Una de ellas, que es la más interesante en mi opinión, es decir: “No nos fijemos sólo en el sexo biológico ni sólo en el género, sino que también pensemos en la raza, la clase social y otros factores; pensemos en todas las diferentes formas de concebir la identidad”. Pero otra cosa que hace es afirmar que las personas más vulnerables son aquellas cuyas identidades deben ser el centro de atención, y a los judíos nunca se los considera los más vulnerables. Según las propias reglas de la interseccionalidad, los judíos no pueden serlo. Los blancos no pueden ser los más vulnerables. Creo que esta idea de “poner en el centro”, que viene de la política de identidad y de la interseccionalidad, ha sido terrible para los judíos, y nadie ha podido encontrar realmente una salida a esto.
¿Cómo se afianzaron en el activismo LGBTI la causa palestina y el llamado a la destrucción de Israel, dado que los países islámicos son los más sexistas y homofóbicos, e Israel es el único país de la región donde las minorías sexuales pueden vivir sin temer por sus vidas?
De varias maneras. Una de las principales fue a través de la teoría feminista negra radical. A principios de los ’80, vimos el auge del feminismo lésbico, que era extremadamente multicultural. Estaba compuesto por todo tipo de mujeres. Y una de las ideas que habían traído consigo el movimiento del Black Power eran algunas de estas ideas sobre el antisemitismo y el antisionismo. Así se afianzó dentro de la comunidad lésbica y, una vez que las cosas cambiaron en la década de los ’90 con Judith Butler, se transfirió de alguna manera a la comunidad queer.
Al mismo tiempo, pasó otra cosa: el 11 de septiembre, un momento en el que la teoría queer no estaba del todo segura de qué hacer. Hay dos teóricas queer que escribieron un libro sobre ¿qué hacemos? Hay un nuevo mandato de ponernos serias después del 11 de septiembre. ¿Y cómo puede hacerlo un campo académico que trata sobre el sexo? ¿Cómo puede ser algo serio? Además, era una época en la que el público estaba cada vez más interesado en lo que estaba pasando en el mundo árabe. También había más personas de color que se estaban convirtiendo en teóricos queer. Así que muchos de ellos tenían antecedentes en esta teoría de las mujeres de color que ahora incluía el antisemitismo y el antisionismo como parte de ella. Así llega un momento en el que todas estas diferentes teorías se unen y surge algo llamado “teoría queer de color”. Y estos teóricos van a aprovechar esta conexión entre las personas queer y los palestinos.
Hay una teórica feminista, Jasbir Puar, que va a decir: “¿Sabés quiénes son realmente queer? Las mujeres palestinas que cometen atentados suicidas”. Otra conexión más: en los inicios del movimiento gay y lésbico, parte de la razón por la que surgió fue porque los gays y las lesbianas solían ser objeto de vigilancia policial. Mucho más tarde, estos teóricos queer dirían: “¿Recuerdan cómo nos controlaban? Bueno, ¿adivinen a quién más controlan injustamente? A los palestinos”. Hay muchas formas en las que van a introducir ideas sobre cómo estos grupos están conectados. Eso va a hacer que la comunidad queer realmente crea que este es un grupo —los palestinos— por el que deben luchar y que los israelíes o los judíos se asemejan más a la policía o al villano o lo que sea, al establishment.
¿Cómo logró una forma de activismo tan radical y marginal afianzarse en la cultura dominante en tan poco tiempo?
Esa fue la parte más sorprendente. Yo estudié Estudios de la Mujer en los ’90. No regresé a la universidad para obtener mi doctorado hasta mucho más tarde. Para entonces, ya tenía más de 30 años. Y muchas de estas ideas sobre la interseccionalidad ya estaban bien establecidas para entonces, pero nunca, ni en un millón de años, pensé que el mainstream llegaría a conocerlas. Así que incluso aquellas que me preocupaban un poco, realmente pensaba que sólo las discutíamos en un salón de clases, y que era algo divertido y todo era teórico. Lo que pasó fue, en parte, gracias a los blogs feministas. Muchas ideas académicas, las alumnas de Estudios de la Mujer, abrían estos blogs y les acercaron ideas académicas a las chicas comunes y corrientes. También vimos mucho de esto en Tumblr, donde la gente publicaba libros completos o ensayos enteros que, normalmente, las personas fuera de un aula de Estudios de la Mujer nunca leerían. Creo que parte de eso se debió también a Black Lives Matter, un movimiento basado en gran medida en los principios del feminismo negro. También fue con la candidatura de Bernie Sanders y el movimiento Occupy Wall Street. La gente empezó a familiarizarse más con las ideas socialistas y a sentirse más cómoda con ellas.
¿Ha abandonado la izquierda a los judíos estadounidenses y a los judíos en general?
Sin duda, está en proceso de abandonar a los judíos estadounidenses o a los judíos en general. Si la gente se organizara para detenerlo, al menos tal vez podría cambiar un poco el rumbo. Lo que me preocupa mucho es que nadie se está movilizando realmente en contra. Hay algunos escritores, gente en X que creo que está haciendo un gran trabajo, pero simplemente no veo que la gente se organice. Sabemos que el movimiento anti-israelí ha sido asombroso en cuanto a organización, y han estado trabajando muy duro durante muchos años. Cuando ocurrió lo del 7 de octubre, ya tenían todo tipo de materiales [de propaganda] listos. Organizaron sesiones informativas y nosotros simplemente no parecemos estar a la altura de la tarea. Creo que, si no hay resistencia, entonces sí, definitivamente está a punto de suceder. Y da miedo que la gente haya permitido que las cosas llegaran tan lejos.