Tras más de dos años de cautiverio en Gaza, Ariel Cunio retorna a la comunidad -hoy deshabitada- junto a su madre, Silvia, por unas horas. Cómo pueden sanarse heridas profundas y la desesperación recurrente de vivir sin libertad
¿Cómo se puede pensar en Justicia cuando uno es arrastrado fuera de su hogar y es llevado a otro territorio regido por el islamismo? ¿Qué es el concepto de Justicia para quien ha sido despojado de todo y secuestrado dos años por un grupo terrorista? ¿Cómo se construye una idea de reparación cuando se sufrieron vejámenes de todo tipo, hoy inenarrables para su víctima? ¿Puede ofrecer una respuesta que no sea visceral quien sobrevivió a la inhumanidad que le ofrecieron sus captores? Ariel Cunio fue consultado sobre ello en una vuelta relámpago al kibutz Nir Oz donde comenzó su pesadilla y la de su familia. Allí habló de su actual proceso de sanación; de cómo fue pensar que podrían pasar décadas sin ver a los suyos; de lo que fue aprender árabe sin proponérselo; de sus idas y venidas con el contingente concepto de esperanza, y con el subsiguiente desvanecimiento de esa esperanza; de las cosas extremas que llegó a imaginarse. Pero esta vez no quiere recordar las torturas a las que fue sometido. Nadie insiste. Se dispone a hablar de otras cosas. Sobre todo a hablar. Y hablar. Aunque sea en un susurro. Sin alzar la voz. Porque necesita exorcizar de alguna manera esos años de oscuridad.
La mañana del 7 de octubre de 2023, Ariel se despertó en su casa del sur de Israel, con el sonido de una alarma. Una más, habrá pensado en el momento en que la modorra lentamente se convierte en realidad. Es que para los habitantes de ese barrio fronterizo con Gaza, las alarmas formaban parte del devenir sonoro diario. Pero lo que ocurrió en los minutos siguientes no tenía precedentes. Gritos en árabe de ¡Allahu Akbar! (¡Dios es Grande!), disparos, casas en llamas. Más de cien terroristas de Hamas habían ingresado al kibutz por cuatro puntos simultáneos. De las 418 personas que habían pasado la noche y estaban esa mañana en esa comunidad agrícola fundada en 1955, 118 serían asesinadas ese día o durante sus secuestros. Decenas más fueron despedidas a Gaza como rehenes, entre ellas Ariel, su hermano David Cunio, la esposa de David, Sharon Aloni Cunio, y las hijas mellizas de ambos, Emma y Yuli, que tenían apenas tres años. La madre de Ariel y David, Silvia Cunio, sobrevivió al ataque en el kibutz. Ella y su marido, José Luis, habían llegado a Israel desde Argentina en 1986. Casi tres años después, Ariel y Silvia hablan de lo que vivieron, de lo que piensan y de lo que les cuesta seguir.
Una mañana que lo cambió todo
Ariel no tenía armas. No pertenecía al grupo de seguridad del kibutz, el pequeño conjunto de vecinos entrenados y armados que, ante cualquier amenaza, debía salir a defender la comunidad. Esa mañana, mientras los terroristas avanzaban entre las casas, él se ocultó debajo de la cama junto a su novia, Arbel Yehud. «Me estuve escondiendo debajo de la cama con mi novia. Cuando entraron a mi casa, le dije a Arbel: ‘Manda un mensaje a tu hermano que está afuera y con armas’. Pensé que había solamente dos terroristas“. Lo que Ariel no sabía en ese momento era que el hermano de Arbel, Dolev Yehud, ya estaba muerto. Dolev había salido a combatir desde la terraza de una casa cercana. Mató a varios terroristas antes de caer. Su último mensaje fue para su esposa: «Te amo“. El caso de Dolev conmovió a la comunidad: había sido dado por desaparecido, hasta que ocho meses después del ataque terrorista un equipo forense israelí descubrió que sus restos habían sido recuperados en el kibutz. Lo determinaron pericias genéticas. Uno de los héroes del barrio había sido calcinado por los islamistas a metros de la casa de los Cunio.
Junto a Dolev, otros dos miembros del grupo de seguridad -AvivAtzili y Tamir Adar- intentaron resistir desde un punto estratégico del kibutz. Aviv murió en combate. Tamir resultó herido de gravedad. Poco después de ser trasladado a Gaza se supo que también había sido ejecutado. “Este grupo de seguridad fue el único que pudo salir de la casa y luchar. Yo creo que sin ellos nadie de esta zona estaría acá hoy“, afirma Ariel.
Mientras Ariel y Arbel permanecían ocultos, la casa del hermano de Ariel, Eitan Cunio, ardía. Los terroristas no intentaron forzar la puerta del cuarto seguro donde Eitan se había refugiado junto a su esposa y sus dos hijas pequeñas. Simplemente arrojaron gasolina por debajo de la puerta y prendieron fuego. «Ni trataron de entrar. Solamente quemar“, recuerda Ariel. Eitan sostuvo la puerta con el cuerpo y colocó un colchón para contener el humo en la ranura que separa la parte inferior de la puerta del suelo. Durante cinco horas, su familia permaneció adentro. Agonizando. En algún momento, su esposa y sus hijas perdieron el conocimiento. Él también se desmayó, se recuperó y volvió a desmayarse. Cuando finalmente un vecino armado con apenas cuatro balas logró llegar hasta ellos, todos salieron negros de humo, incapaces de caminar. «Empezaron a vomitar negro. Llegaron acá sobre la tierra así, desmayados“, relata Ariel. Pasó otra hora antes de que llegara el ejército a evacuarlos.
El camino a Gaza
A Ariel y a Arbel los sacaron de la casa con rapidez. Les pegaron, le pusieron un cuchillo en la cara, mataron a su perra. En cinco minutos ya estaban afuera, descalzos, rodeados de decenas de terroristas. «Cuando me llevaron del cuarto seguro con Arbel, vi que había dos chicos de once años, chicos árabes, que vinieron a ver cómo hacerlo, cómo aprender a ser terrorista, cómo matar a los judíos. Uno tenía sangre en la mano que no era de él. Entendí que ya habían estado en varias casas“.
El traslado hacia Gaza fue caótico. En algún punto de la frontera, un helicóptero del ejército israelí atacó la caravana de vehículos. El piloto no sabía que transportaba rehenes. El ataque mató a varios terroristas, hirió a otros, mató a una integrante del kibutz y dejó a otra gravemente herida. Fue esa sobreviviente quien, al llegar al lugar de reunión de los evacuados, le confirmó a Silvia que su hijo David había sido secuestrado junto a Sharon y las mellizas. «Me dijo: ‘Silvia, vení’. Yo no entendía nada. Todavía estaba en una nube. Y ella me dijo: ‘Secuestraron a David, a Sharon y a Yuli’. Le pregunté: ‘¿Y Emma?’. Me hizo así (hace un gesto), no sabe nada“. Emma -la otra hija de David- estuvo diez días secuestrada antes de ser liberada junto a su madre y su hermana.
De Ariel y David, durante meses, no hubo ninguna noticia.
El cautiverio
Ariel Cunio pasó 738 días en Gaza. Dos años y una semana. No estuvo en los túneles subterráneos que el grupo terrorista Hamas construyó bajo la Franja. Lo mantuvieron en almacenes, casas y negocios. Podía escuchar el exterior, las conversaciones en árabe, el ruido de la calle, alguna radio lejana. En esas interminables semanas aprendió árabe. Pero no podía moverse, no podía hablar en voz alta, no podía toser. «Ni siquiera toser, porque me iban a escuchar. Estuve en almacenes, en casas, en todos lados. Escuché todo lo que hablaban afuera“.
La información del exterior llegaba fragmentada, distorsionada y muchas veces fabricada por sus secuestradores. Sus captores usaban las noticias como herramienta de presión psicológica. A su hermano David, según relata Silvia, le decían que su esposa ya estaba con otro hombre, que su familia no hacía nada por liberarlo. «Un terror psicológico. Y todo lo contrario a la realidad“, remarca. Ariel escuchaba la radio en hebreo de vez en cuando, pero las noticias sobre negociaciones y posibles liberaciones se sucedían sin resultados concretos. «Cada vez que había noticias buenas, algo lo anulaba. Estuve en un ciclo permanente. La fe vino y se fue. Vino y se fue“.
Ese estado de incertidumbre sostenida fue, según describe Ariel, lo más difícil de sobrellevar. «No sabés nada de tu familia. No digo de la comida, no digo del baño o de una ducha, digo de solamente pensar. Pensar que tu familia ya no está. No sabés cuándo vas a salir de Gaza. No sabés dónde está tu novia, que también está secuestrada. Estás solo, no tenés con quién hablar“.
El pensamiento más recurrente durante esos dos años fue uno: que no iba a salir. «Yo pensé todo el tiempo en el cautiverio, y te digo la verdad, que no me van a sacar, no voy a volver a casa, no voy a volver a vivir. Y si vuelvo, va a ser en diez, veinte años“. Ese convencimiento de que la libertad era imposible o remota no lo abandonó durante meses. Hubo momentos en los que dejó de resistir internamente. ”No podés vivir cuando sabés que vas a vivir así toda la vida. No es una vida. No podés controlar nada“.
El abrazo que nadie esperaba
Pocas horas antes de ser liberado, el 12 de octubre de 2025, un jerarca de Hamas le preguntó a Ariel si quería ver a su hermano. «Le dije: ‘Sí, claro’. Y en dos minutos llegamos al lugar. Entré. Mi hermano no me reconoció porque tenía el pelo largo, todo blanco. Él también estaba pálido, delgado. Me vio y empezó a gritar y después a abrazarme. No pudo creer que estaba vivo“. David revisó a su hermano en busca de heridas, lo besó, lo sostuvo. Hamas grabó el reencuentro. «Como Hollywood“, subraya Ariel con amargura.
A las nueve de la mañana del día siguiente, llamaron por videollamada a la familia. Silvia vio a sus dos hijos al mismo tiempo por primera vez después de 738 días. «Setecientos treinta y ocho días“, repite ella, con la voz cortada, como un mantra. Ariel, desde Gaza, vio a su madre, a su padre, a sus hermanos, a su novia. Y supo, en ese instante, que estaban vivos.
Una pregunta sin respuesta fácil
Cuando se le pregunta a Ariel qué significa la justicia después de todo lo que sufrió, la respuesta no llega de inmediato. Hay una pausa. Una búsqueda. «No soy de la gente que te va a decir: ‘Matá a todos’. No soy así, no soy como ellos. Pero no podemos seguir así, porque Hamas todavía controla Gaza. No dieron las armas, no trajeron todo. Para mí es muy difícil hacer justicia“. Y luego, con más precisión: ”Para mí, la justicia es matar a los que vinieron al kibutz y que están peleando por matar a todos los judíos“. Es un concepto de supervivencia. Una idea de defensa comunitaria, la que intenta expresar Ariel. No es venganza.
Ariel no habla de una condena generalizada sobre la población de Gaza. Habla de responsabilidad individual, de quienes tomaron las armas y eligieron entrar al kibutz esa mañana. «Había tres clases de personas que entraron. Los que vinieron a matar, los que vinieron a secuestrar y los que vinieron a robar. Dentro de los dos primeros, vinieron a violar y hacer cosas que ni se pueden imaginar. Ellos mismos lo dijeron, no que lo inventamos. Ellos declararon eso“, agrega Silvia.
Cada vez que un tema endurece la garganta de Ariel o Silvia, y un nudo comienza a gestarse, se toman brevemente de la mano o sujetan la posta argumental del otro para que ese nudo se desate. La noción de justicia se complica aún más cuando Ariel contempla el presente. Hamas sigue en el poder en Gaza. Muchos de los responsables del ataque siguen con vida.
Silvia, por su parte, encuentra en el relato público una forma de justicia posible. «El mundo piensa que son buenitos, que no hicieron nada. Yo estuve acá. A mi casa entraron mujeres y chicos. Ellos mismos lo declararon. Eso no se puede borrar“. Hablar, insiste, es también una forma de hacer justicia: impedir que los hechos sean minimizados, distorsionados o negados.
El proceso de sanación
El proceso de recuperación psicológica de los Cunio no sigue un protocolo claro. No hay un punto en que el dolor cede por completo. Lo que hay, por ahora, es la palabra. «Para mí, el proceso fue hablar. Hablar, hablar, hablar y sigo hablando. Eso es lo que me está ayudando. No digo que estoy sana“, reconoce Silvia.
Ariel comparte esa necesidad, pero le agrega una dimensión política. Para él, hablar no es solo sanar: es también una obligación hacia quienes no saben lo que ocurrió. «Hablar sobre todo, explicarlo al mundo. Israel sabe quién es Hamas. El mundo, no. Hay gente que no sabe qué pasó el 7 de octubre o que no quiere pensar en eso, porque dice que no fue así. Yo lo viví así. No me pueden decir que no fue así. Vi mujeres que venían de Gaza gritando, festejando. No digo que todos son soldados de Hamas, pero todos son parte de ese grupo. No pueden salir de eso“.
El retorno a Nir Oz es, para Ariel, físicamente posible pero emocionalmente inviable. «Puedo volver al kibutz, pero no puedo ir (a vivir) al kibutz“. La primera vez que regresó fue para el sepelio de Tamir. Caminó unos pocos metros, vio las casas quemadas y no pudo continuar. «No pude caminar más de este camino. No voy a ver mi casa. No pude“. Su novia, Arbel, tiene una razón adicional para no volver: su hermano, el héroe que salvó decenas de familias, murió en ese lugar. «Me dijo: ‘No puedo ir con mis hijos al lugar donde mi hermano murió, donde mis amigos lucharon y murieron’. Es un cementerio hoy para nosotros. No es un kibutz“.
Existe un debate en la comunidad. Hay quienes quieren que no quede ningún resto de las viviendas que fueron ultrajadas por Hamas. Pero para los Cunio son un monumento de lo que ocurrió. La comparación con Auschwitz no es casual. Para Ariel, los sitios donde ocurrieron masacres no pueden ser borrados ni renovados. «¿Cómo si fueras a Polonia y sacas a Auschwitz? No puedes sacarlo de ahí. Eso es lo que pasó acá. Es como el Holocausto. No puedes mover los lugares. Ahí es tierra santa“. Esa postura genera tensión con quienes, dentro de la propia comunidad de NirOz, quieren volver a vivir allí y prefieren no convivir con las ruinas. Los Cunio ofrecen cercar las casas que sufrieron incendios para que nadie dentro del kibutz las vea si no quisieran, pero quieren preservarlas. Es una nueva causa de la familia.
La libertad como aprendizaje cotidiano
Cuando Ariel Cunio habla de libertad, no habla de un concepto abstracto. «Estuve dos años sin decidir cuándo voy a comer, cuándo voy a darme una ducha, cuándo hablo. Ni siquiera hablar, ni siquiera toser, porque me iban a escuchar“. La libertad, para quien la perdió de esa manera, se experimenta en los gestos más pequeños.
Hoy Ariel vive fuera del kibutz, en un edificio. Para alguien que nació y creció en una comunidad abierta, con jardines y terrazas, esa transición tiene su propio peso. «Es difícil vivir ahora en edificios. Toda tu vida estuviste en la terraza del kibutz, en la casa. Yo nunca viví en edificio“. Se le pregunta cómo se sigue adelante. ”No pensar en lo que pasó y vivir la vida“.
Silvia Cunio, desde el lugar de madre que vio a dos hijos desaparecer el mismo día y que esperó 738 días para volver a verlos juntos, encuentra en esa misma frase un espejo. «Lo que una madre sufre y sufrí y sufro todavía por todo lo que pasaron… no paro de llorar“. Y sin embargo, habla. Sigue hablando. Porque para ella, como para su hijo, narrar lo vivido es la única forma de que lo que sucedió en Nir Oz no quede sepultado bajo el silencio. Y será también, en algún punto, una sanación.