Según informó el Jerusalem Post, la denominada campaña de las “Cintas Rojas” fue promovida por el activista británico-palestino Adnan Hmidan, señalado por sus vínculos con organizaciones relacionadas con Hamas y la Hermandad Musulmana. El uso ex profeso de las cintas rojas evidencia además el intento de copiar visual y emocionalmente la campaña internacional impulsada por la liberación de los rehenes secuestrados en Gaza.
La maniobra propagandística no constituye un fenómeno nuevo. Desde hace décadas, buena parte de la narrativa palestina ha intentado apropiarse del lenguaje histórico, simbólico y emocional asociado al sufrimiento judío para reconstruirse como víctima absoluta del conflicto y borrar las diferencias morales entre terrorismo y autodefensa.
En 2012, el profesor Omar Ja’ara, especialista en asuntos israelíes de la Universidad Al-Najah de Nablus, afirmó en la televisión oficial de la Autoridad Palestina que “Moisés era un musulmán que lideró el éxodo de los creyentes desde Egipto”. La declaración formaba parte de una larga serie de intentos propagandísticos destinados a reformular islámicamente la historia bíblica judía. En distintas oportunidades, dirigentes, académicos y medios vinculados a la Autoridad Palestina sostuvieron asimismo que Abraham era musulmán y que Jesús y la Virgen María eran palestinos.
La grotesca reformulación histórica no constituye solamente una extravagancia ideológica. Persigue un objetivo político y propagandístico mucho más profundo: construir una continuidad islámica y palestina sobre la historia bíblica judía, intentando debilitar así el vínculo milenario del pueblo judío con la Tierra de Israel y Jerusalén.
Paradójicamente, mientras determinados sectores intentan negar o reformular esa ligazón histórica, los hallazgos arqueológicos continúan aportando evidencias materiales de la presencia judía milenaria en la Tierra de Israel y Jerusalén. Años atrás, la destacada arqueóloga israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Dra. Eilat Mazar, reveló importantes vestigios relacionados con períodos centrales de la historia bíblica judía, incluyendo estructuras que ella asoció al período del rey Salomón. Más recientemente, nuevos descubrimientos arqueológicos, entre ellos antiguas mikves (baños rituales judíos) utilizadas por peregrinos antes de ascender al Monte del Templo y halladas debajo del Muro de los Lamentos, volvieron a reforzar una continuidad histórica y religiosa que trasciende construcciones ideológicas y discursos políticos contemporáneos.
La misma lógica explica los intentos permanentes de negar la existencia histórica de los Templos judíos en Jerusalén, la apropiación de símbolos religiosos hebreos y hasta la imitación deliberada de la memoria de la Shoá. En 2009, el grupo qatarí Islamonline lanzó un “Museo del Holocausto Palestino” virtual, una evidente y torpe réplica simbólica de Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Jerusalén. Paralelamente, dirigentes y diplomáticos palestinos comenzaron a comparar sistemáticamente la situación palestina con el Holocausto judío, llegando incluso a sostener que “el palestino es el holocausto más largo de la humanidad”
La inversión moral se volvió todavía más evidente después de aquel fatídico 7 de octubre. Mientras el mundo observaba las imágenes de civiles israelíes secuestrados, familias asesinadas en los kibutzim y jóvenes masacrados en el festival Nova, sectores militantes intentaron transformar a terroristas condenados por atentados y asesinatos en supuestos equivalentes morales de las víctimas capturadas por Hamas.
No se trata simplemente de propaganda circunstancial. La apropiación del lenguaje del sufrimiento constituye uno de los instrumentos centrales de la narrativa palestina contemporánea. La figura del “refugiado eterno”, la equiparación permanente entre Israel y el nazismo, la utilización sistemática del término “genocidio” y la construcción de paralelos artificiales con la Shoá responden a la misma lógica: transformar a las víctimas históricas del antisemitismo en victimarios y a los victimarios en víctimas.
En un ejercicio de cinismo propagandístico, también intentan apropiarse de la frase “Tráiganlos a casa”, identificada en todo el mundo con el reclamo por la liberación de los rehenes secuestrados en Gaza, en un intento de incorporar a su narrativa falaz símbolos y consignas asociados al drama vivido por Israel. La apropiación no se limita al lenguaje: incluso replican elementos visuales vinculados a la campaña internacional por los rehenes, sustituyendo la emblemática cinta amarilla por una roja.
La paradoja resulta particularmente reveladora. Mientras Hamas y otras organizaciones islamistas reivindican abiertamente la destrucción de Israel, glorifican masacres y exaltan el terrorismo, numerosos sectores occidentales continúan aceptando sin demasiados cuestionamientos una narrativa construida intencionalmente sobre falsificaciones históricas, apropiaciones simbólicas e inversiones morales.
La manipulación sistemática del sufrimiento ajeno no sólo degrada la verdad histórica. También banaliza tragedias reales y contribuye peligrosamente a erosionar la capacidad moral de distinguir entre víctimas y verdugos