NOVELA DE ALEKSANDAR HEMON 11-11-2011
Soledad Platero
EL PROYECTO LÁZARO entrelaza dos historias: una de comienzos del siglo XX y otra de comienzos del XXI. En ambas se cruza el océano y se dibuja el abismo infranqueable que separa a lo norteamericano de lo extranjero. Esa, podría decirse, es la verdad más obvia, y esa obviedad es el punto más flaco del libro.
Abre el relato un narrador en primera persona, con una confesión: «El tiempo y el espacio son las únicas cosas de las que estoy seguro: dos de marzo de 1908, Chicago». Ese día un jovencísimo inmigrante de origen judío muere en el recibidor de la casa del jefe de policía de Chicago, ultimado a tiros por éste. Claro que esto lo cuenta un narrador omnisciente en tercera persona.
Los primeros años del siglo XX fueron complicados en América (es decir, en los Estados Unidos). La ola de inmigrantes europeos corridos por el hambre aterrorizaba a vastos sectores de la población que veían cómo sus barrios se llenaban de judíos procedentes del este de Europa -de países que más de una buena señora no sabía encontrar en el globo. Todos eran, en el imaginario popular americano, anarquistas en acto o en potencia. Todos eran furibundos anticristianos dispuestos al amor libre, poco propensos a la higiene y capaces de cometer sin vacilar los más violentos atentados contra las instituciones y las autoridades. Los estudiosos de la época explicaban el vínculo directo entre la naturaleza del judío -claramente visible en sus rasgos físicos- y la violencia desacatada que era capaz de perpetrar.
A ese mundo hostil y desconfiado llegó, para morir, Lázaro Averbuch, natural de Kishinev, sobreviviente de los pogromos de 1903 y 1905. Había dejado Europa convencido de que los pogromos no terminarían nunca, y se había dirigido a América porque allí todo era nuevo y el oro corría por las calles y un joven sensible que escribía poemas podría, seguramente, vivir una vida mejor. Pero la suerte no estuvo de su lado. Murió el dos de marzo de 1908, en Chicago, y eso es todo lo que el narrador sabe con certeza desde el principio. El resto deberá investigarlo o inventarlo.
UN EXTRAnJERO DISTINTO. Vladimir Brik, natural de Sarajevo, escritor y periodista ocasional, es el narrador. Es la primera persona del relato y el que conduce la aventura desde el presente de la narración. Brik es extranjero en los Estados Unidos, aunque llegó en condiciones distintas a las de Averbuch. Nacido y crecido en Yugoslavia, la guerra en los Balcanes lo encontró cursando su doctorado en Chicago. No tuvo, de esa guerra, más información que la que llegaba en las noticias. No atravesó esas circunstancias aberrantes. No estuvo en peligro. No debió refugiarse de los bombarderos ni comprar el pan mediante extraños procedimientos de trueque. Mientras su país desaparecía, fragmentado en varias naciones enemigas, Brik desarrollaba la habilidad de escribir en inglés, conocía a una bella y exitosa neuróloga norteamericana y se casaba con ella.
Evidentemente, el conflicto real en esta historia es el de Brik, acomodado a una vida privilegiada en los Estados Unidos y plenamente consciente de la fragilidad de su estado de gracia. La posibilidad de obtener fondos para una investigación que terminará en la escritura de una novela aparece como una forma de asegurar el vínculo con su situación de norteamericano. Le permitirá cambiar la correlación de fuerzas dentro del matrimonio -en el que él es apenas un mantenido al que se tolera cierta improductividad por su doble condición de artista y de extranjero- y trabajar en la historia de Lázaro Averbuch sin preocuparse por estar abusando del bolsillo de su mujer.
Pero el viaje a Europa para recomponer desde el comienzo la historia de Lázaro es, en realidad, la excusa para confrontar su propia situación personal. Su compañero de ruta es Rora, un amigo de la infancia, de origen musulmán, que vivió intensamente la guerra y se atribuye hazañas y aventuras no siempre verosímiles, pero capaces de dar cuenta de sus peculiares principios éticos y de su escaso apego a la causa del bien común. Rora funciona como contrapeso del intelectualizado Brik. Mientras este último es escritor -es decir, alguien que confía en la capacidad del lenguaje para dar cuenta del mundo y de la existencia- Rora es fotógrafo: el mundo es para él concreto y material, y no requiere elucubraciones metafísicas.
VIAJE A LOS ORÍGENES. Los capítulos del viaje de Brik y Rora por Europa -una búsqueda que es menos la de los orígenes de Lázaro que la de los orígenes del propio Brik- y la historia de Lázaro (y de su hermana Olga, único pariente que el muerto tenía en América) se intercalan en la novela de modo tradicional. Sin embargo -y es forzoso que suceda, porque Lázaro es la causa formal del viaje- a veces la historia del joven judío irrumpe en el presente narrativo. Brik se muestra así pendiente del objeto de su investigación, pero tiene tiempo de sobra para pensar en su propia vida y en la distancia insalvable que hay entre él y el resto del mundo. La distancia que lo separa de su mujer, de su vida americana y hasta de su propio amigo fotógrafo, tan extraño y opaco a sus ojos como la guerra que se perdió y como el universo pragmático en el que viven los norteamericanos.
La novela es buena, aunque su conflicto sea, tal vez, demasiado obvio. Sus puntos altos están en la empatía que la narración establece con Olga, la hermana del joven asesinado, y en el punto imposible -desde una perspectiva moral- en el que parece vivir Brik. Con algo del distanciamiento emocional del protagonista de El extranjero de Camus, Brik es un modelo bastante logrado de hombre de ninguna parte. Sus lazos con su país de origen son convencionales, su vínculo con el pasado y con la infancia parece obturado por la compasiva indiferencia de su mujer americana, y su inserción en los Estados Unidos es la de uno entre millones de inmigrantes que cumplen con los rituales de los ciudadanos legales pero no consiguen incorporar un modo de ser que parece vacunado contra el problema moral o la angustia metafísica.
Brik no se permite nunca un comentario desgarrador acerca de su vida antes de América, pero de algún modo está presente, menos que la culpa por no haber vivido la guerra, la culpa por no sentir ninguna culpa.
Así, la carga de lo trágico se desplaza del presente al pasado, y es en el personaje de Olga en donde encuentra su soporte y su canalización natural. La menuda Olga, anonadada primero por la noticia de la muerte de Lázaro y luego por el tratamiento insensible y abusivo que deben soportar tanto el cadáver de su hermano como ella misma, es el único punto por el que pueden expresarse el dolor absoluto, el misterio y la materialidad insondable de la muerte.
Como dijimos, la novela es buena en general y muy buena de a ratos. Tal vez por esos ratos en que es muy buena es que decepciona un poco en conjunto, como si dejara ver, de modo algo cínico, que un hecho periodístico de comienzos del siglo XX es la excusa para escribir sobre un problema políticamente correcto del siglo XXI para el cual es relativamente sencillo obtener fondos de la Fundación Guggenheim y la Fundación MacArthur.
Resulta un poco molesto, además, que a la lista de agradecimientos -típica de libro publicado en los Estados Unidos con fondos de este tipo- se agregue una entrevista al autor para que explique todo claramente, como si el lector fuera demasiado idiota para entenderlo por sí mismo con solo leer la obra.
EL PROYECTO LÁZARO, de Aleksandar Hemon. Duomo, 2009. Barcelona, 356 págs. Distribuye Océano.
Viaje a la semilla
11/Nov/2011
El País Cultural, Soledad Platero