El papel de Médicos Sin Fronteras frente a la guerra desencadenada tras el ataque de Hamas del 7 de octubre. Se cuestiona la neutralidad de la organización y advierte sobre el riesgo de que entidades humanitarias pierdan credibilidad cuando, según sostiene, adoptan posturas políticas y criterios selectivos en sus denuncias.
Durante décadas, Médecins Sans Frontières, conocida mundialmente como Médicos Sin Fronteras, construyó un prestigio basado en principios esenciales: asistencia médica en zonas de guerra, atención a poblaciones vulnerables e independencia frente a gobiernos, ejércitos e intereses partidarios. Su nombre quedó asociado a la idea de ayuda urgente allí donde otros no llegaban.
Precisamente por esa trayectoria, resultan especialmente graves las recientes acusaciones que cuestionan su conducta institucional frente a la guerra desatada tras la masacre del 7 de octubre de 2023 perpetrada por Hamás contra Israel. Informes críticos sostienen que la organización demoró en condenar con claridad aquellos crímenes, minimizó la responsabilidad de la organización terrorista y difundió cifras o relatos provenientes de fuentes controladas por Hamás sin el debido contraste independiente.
A ello se suma que voceros utilizaron expresiones extremas para referirse a la respuesta israelí, mientras evitaban una condena proporcional del uso sistemático de civiles como escudos humanos, del emplazamiento de infraestructura terrorista en hospitales o del secuestro de rehenes. Cuando la indignación moral parece selectiva, la neutralidad deja de ser creíble.
No se trata aquí de desconocer la tarea sacrificada de médicos, enfermeros y voluntarios que trabajan en condiciones dramáticas y muchas veces heroicas. Ellos merecen respeto. Pero una cosa es la entrega humanitaria en el terreno y otra muy distinta la línea política que puede adoptar una conducción internacional.
En este punto aparece una cuestión que también interpela a la Argentina. Nuestro país, incluso en medio de reiteradas crisis económicas, conserva una reconocida vocación solidaria. Miles de personas responden a campañas de recaudación convencidas de que su aporte servirá para curar heridos, alimentar niños o asistir a desplazados. Esa generosidad merece ser correspondida con transparencia y ecuanimidad.
Quien dona no financia propaganda. El que colabora no avala dobles estándares morales. Aquel que ayuda espera que su esfuerzo llegue a víctimas reales, no que sea utilizado para reforzar relatos ideológicos.
Las organizaciones humanitarias tienen derecho a buscar fondos en todo el mundo, pero también la obligación ética de sostener criterios universales. Si condenan unas muertes y relativizan otras, si denuncian ciertos abusos y callan frente a otros, si hablan como activistas antes que como entidades imparciales, terminan erosionando la confianza que les dio legitimidad.
En ese marco, NGO Monitor recomendó la realización de una investigación pública e independiente sobre Médicos Sin Fronteras, incluidas sus filiales en el Reino Unido y Estados Unidos. Asimismo, reclamó el cese inmediato de las acusaciones de genocidio contra Israel, una revisión externa del accionar del personal y de los voluntarios, y la remoción de estructuras internas consideradas parciales dentro de su conducción.
Y cuando la confianza pública se pierde, no solo se daña una institución prestigiosa. También se perjudica a quienes verdaderamente necesitan ayuda.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor