En medio de una guerra prolongada y de una región convulsionada, un hecho de enorme trascendencia histórica que marca el primer contacto de este tipo en más de tres décadas, representantes diplomáticos de Israel y del Líbano en Estados Unidos mantuvieron el 14 de abril una reunión directa, con el objetivo de explorar un camino hacia la paz e incluso hacia la normalización de relaciones entre ambos países.
El encuentro abre, al menos en teoría, una posibilidad impensada hasta hace poco tiempo.
Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es solo la reunión en sí, sino lo que revela: Israel no está en guerra con el Líbano como Estado, sino con Hezbollah.
Esa percepción quedó reflejada también en las declaraciones del representante israelí, quien subrayó que Israel no tiene ningún interés territorial en el Líbano y expresó la aspiración de “vivir en paz y armonía” con su vecino del norte. En esa misma línea, fuentes diplomáticas israelíes dejaron entrever que, de no mediar el obstáculo que representa Hezbollah, una normalización de relaciones podría alcanzarse en un plazo extremadamente breve.
Del lado libanés, el enfoque, aunque más cauteloso, apuntó en una dirección similar, aunque condicionado por la situación interna del país. Las autoridades libanesas insistieron en que cualquier avance en las negociaciones requiere previamente un alto el fuego, reflejando las limitaciones de un Estado que no ejerce pleno control sobre su territorio. Esa posición pone de manifiesto, de manera implícita, la influencia determinante de Hezbollah en la toma de decisiones.
Existe, sin embargo, un matiz en las posiciones. Mientras Israel pone el acento en la necesidad de desarmar a Hezbollah como condición estructural para cualquier avance, el Líbano plantea como paso previo la necesidad de un alto el fuego que permita continuar las negociaciones en un marco de menor tensión. Esta diferencia de enfoque no altera, sin embargo, el diagnóstico de fondo: la estabilidad entre ambos países sigue condicionada por la existencia de un actor armado que escapa al control del Estado libanés.
De hecho, durante las conversaciones, ambas partes coincidieron en la necesidad de abordar el problema central que condiciona cualquier acuerdo: la existencia de Hezbollah como fuerza armada autónoma dentro del territorio libanés. Israel ha sido claro en este punto, exigiendo su desarme como condición indispensable para cualquier avance diplomático, mientras que sectores del propio Líbano reconocen que sin recuperar el monopolio de la fuerza, el Estado seguirá siendo rehén de un poder paralelo.
Este dato es clave. Porque desmonta una narrativa instalada durante años: la idea de que el conflicto es entre dos países. En realidad, lo que se observa es una confrontación entre un Estado y una organización armada, financiada y respaldada por Irán, que ha penetrado profundamente en la estructura libanesa.
La evidencia de esta realidad se manifestó de manera casi simultánea con las negociaciones. Mientras los representantes diplomáticos se reunían en Washington, Hezbollah intensificaba sus ataques contra Israel y rechazaba de plano cualquier intento de diálogo.
Más aún, su líder, Naim Qassem, exigió abiertamente al gobierno libanés que abandonara las conversaciones, calificándolas de “fútiles” y acusando a las autoridades de actuar como “herramienta de Israel”.
Es decir: mientras el Estado libanés explora caminos diplomáticos, Hezbollah actúa activamente para sabotearlos.
No se trata de un fenómeno nuevo, sino de una constante estructural. Desde su creación, Hezbollah ha operado como un “Estado dentro del Estado”, manteniendo una capacidad militar independiente y tomando decisiones de guerra y paz al margen de las instituciones oficiales libanesas.
Este es el núcleo del problema. El Líbano, como entidad estatal, ha mostrado en distintos momentos disposición a negociar. Pero carece de la capacidad efectiva para imponer su autoridad sobre Hezbollah, que responde a una lógica regional más amplia y a intereses ajenos a los del propio país.
Las propias negociaciones en Washington reflejan esta paradoja: por un lado, un Estado que busca recuperar soberanía y estabilidad; por otro, una organización terrorista fuertemente armada por Irán, que no reconoce la legitimidad de Israel y cuya razón de ser es la confrontación permanente.
Por eso, pensar en un acuerdo de paz entre Israel y el Líbano sin abordar la cuestión de Hezbollah resulta ilusorio. No porque falte voluntad diplomática, sino porque el verdadero obstáculo no es territorial ni político en sentido clásico, sino estructural.
Cada intento de diálogo tropieza con el mismo límite. Cada apertura diplomática encuentra la misma resistencia. Y cada vez que el Estado libanés intenta afirmarse, Hezbollah reafirma su poder.
En ese contexto, la reunión en Washington adquiere un significado que va más allá de sus resultados inmediatos: expone con claridad que el conflicto no es entre Israel y el Líbano, sino entre Israel y una organización que condiciona la soberanía del propio Estado libanés.
Reconocer esta realidad no resuelve el problema, pero es un paso indispensable para entenderlo.
Porque mientras Hezbollah conserve su capacidad militar y su poder de veto sobre las decisiones del Líbano, cualquier intento de paz estará condenado a fracasar.
Y es precisamente allí donde radica la clave del conflicto: no en la relación entre dos países, sino en la existencia de un actor que impide que uno de ellos actúe plenamente como Estado.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor