La línea roja del antisemitismo

16/Mar/2026

Confidencial Colombia- por Jaime Arango

 

 

El antisemitismo es una demonología y, por lo tanto, es una forma extrema del pensamiento mágico; pero también es pandillerismo y apetito de destrucción. El antisemitismo significa que el origen del odio es el odio del origen, y es más, porque no es un mal, sino el mal.

 

Por eso resulta inconcebible que el partido de derecha institucional de Colombia, el Centro Democrático, incorpore a su campaña presidencial una personalidad antisemita radical en calidad de candidato a vicepresidente: alguien que promueve la forma más extremista del nuevo antisemitismo, que consiste en acusar a Israel de cometer un genocidio en Gaza.

 

Las operaciones de Israel son una guerra de autodefensa contra el terrorismo y contra Hamás, con errores posibles, pero no cumplen el estándar altísimo de prueba del genocidio. El término “genocidio” se usa como arma  política para equiparar a Israel con los nazis, diluyendo su significado histórico. Hamás, en cambio, sí ha expresado intención genocida explícita en su carta fundacional y en el 7 de octubre.

 

Acusar a Israel de genocidio es apoyar explícitamente la agenda de guerra de información de Hamás y apoyar el terrorismo. Nadie de buena fe puede suscribir esa afirmación.

 

Israel es algo así como un nuevo Bizancio, y la caída de Israel no sería menos catastrófica que la caída de Constantinopla. Cualquier partido, movimiento o expresión política que se defina como defensor de los valores de Occidente y de la moral cristiana no puede tener en sus filas a personalidades antisemitas, así se disfracen de técnicos en estadística.

 

El UriWokismo es un imposible moral y, como es sabido, lo que es un imposible moral es, a la vez, un imposible político. El antisemitismo no es una idea más dentro del conjunto de ideas que pueda tener una persona: el antisemitismo define a la persona. Es la idea que determina a todas las otras ideas y le da forma al carácter. No se es, además, antisemita; se es antisemita y, además.

 

El odio a los judíos es una especie de prisma deformante a través del cual se mira un mundo de conspiraciones míticas y atavismos que la persona construye para escapar de la culpabilidad de su sentimiento criminal. Por eso esas gentes suscriben la impunidad del terrorismo, el juicio a la sociedad como agente criminal, la victimización permanente, la infantilización de sí mismos y de sus seguidores, el fanatismo político y la necesidad de reconocimiento.

 

La disolución del Centro Democrático como fuerza representativa de la derecha institucional es un fenómeno que forma parte de la nueva distribución de fuerzas, producto de la sustitución de las élites que está dibujando el nuevo mapa de la política en Colombia. Pero no tenía que ser una fatalidad que el liderazgo de ese partido quedara en cabeza de un sectario, ni que su narrativa fuera sustituida por la de la izquierda cultural; ni tenían que pasar, sin solución de continuidad, de lo aburrido a lo pintoresco.

 

En la lucha por la preservación del poder no todo vale: hay líneas rojas, y el antisemitismo es una de ellas. Al ignorarla, el Centro Democrático ha dejado de ser un partido dentro del conjunto de partidos que en el mundo buscan preservar la democracia y las libertades. Ya no es más el partido de “la gente de bien”, sino una fuerza desesperada aferrándose al poder a cualquier costo.

 

Ya tenemos un antisemita en el gobierno, y no es aceptable que una minoría de progres imponga a otro mediante la captura de un partido que fue símbolo de todo lo contrario. Los votantes de la emoción conservadora, que formaron por años la fuerza electoral del Centro Democrático, seguramente encontrarán un lugar en el movimiento de “la extrema coherencia”. Nadie quiere estar ya en un partido que representa extrema incoherencia.