¿Qué pasaría si el 27 de enero ninguna organización judía se presentara a las conmemoraciones del Día del Holocausto quitándoles la legitimidad que requieren? Conmemorar habla más de quien recuerda que de quien es recordado. Si Europa ha decidido su suicidio moral, pervirtiendo la memoria que fundó su ética moderna, eso dice más de Europa que de los seis millones de judíos exterminados.
Se cumplen mañana 82 años de la liberación del campo de concentración y exterminio nazi alemán de Auschwitz-Birkenau. En 2005, la UNESCO declaró el 27 de enero Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto y, desde entonces, todos los años la fecha se conmemora con absoluta solemnidad en gran parte del mundo occidental.
Viajes a lo que queda de los campos de la muerte, discursos institucionales, nuncamases y velas se mezclan cn el hilo de voz, cada vez más apagada, de algún superviviente. Paralelamente, artícuolos, documentales y Listas de Schindler intentan recordar al gran público en qué consistió el horror sobre cuyas cenizas se refundó la Europa que hoy conocemos.
Conviene decirlo desde el inicio: hay personas serias, profundas, honestas, que organizan y/o participan en estas conmemoraciones con un respeto real por la memoria de las víctimas y sin otro objetivo que recordar y advertir. A ellas, gratitud. Su trabajo importa, y mucho. Precisamente por respeto a ese esfuerzo, resulta aún más insoportable el contraste con lo que con otros actos y otros actores.
Porque mientras algunos políticos tomaban ya su avión hacia Polonia, en España se vandalizaba un cementerio judío; en Illinois una multitud llamaba al boicot de Jerry Seinfeld, acusado de ser «apologeta del genocidio»; en Australia jóvenes judíos eran agredidos, con la masacre de Bondi Beach aún resonando; en Estados Unidos un judío era tratado como un espía sospechoso; e incontables estudiantes, políticos e intelectuales clamaban abiertamente por la destrucción del único y pequeño Estado judío. Todo esto, y más, tan solo en los últimos días.
Como expresó Katharina von Schnurbein, coordinadora de la Comisión Europea para la lucha contra el antisemitismo y el fomento de la vida judía: «Desde el 7 de octubre estamos confrontados con un tsunami de antisemitismo. En lugar de un rechazo claro, vemos una normalización y un clima de antisemitismo que amenaza a los judíos y a nuestro tejido democrático».
Pero ese odio no nace el 7 de octubre. Explota entonces, sí, pero es un odio larvado, alimentado durante años, que encontró su disparadero en la masacre de civiles, las torturas, los secuestros y las violaciones perpetradas con orgullo por Hamás. El judío israelí parecía derrotado, y hordas occidentales corrieron a golpear simbólicamente los cadáveres exhibidos por los terroristas palestinos. Desde la negación de crímenes que todos pudimos ver, hasta la justificación del horror, pasando por las chanzas sobre bebés estrangulados, ancianos quemados y familias destruidas.
Y todo esto después de veintiséis años de grandes discursos, caras compungidas, cartelitos, citas de Hannah Arendt y ceremonias impecables. Tal vez haya llegado el momento de admitir que nada de eso ha servido de mucho.
¿Cómo es posible que día sí y día también medios, políticos, activistas e intelectuales degraden el concepto mismo de genocidio acusando a Israel de estar cometiendo uno? ¿Cómo es posible que se sostengan esas condenas apelando a la International Association of Genocide Scholars (IAGS) como si se tratara de una institución académica de prestigio, cuando bastaba pagar treinta dólares para formar parte, y entre sus «expertos» figuran perfiles de Hitler o el emperador Palpatine?
Pero el problema va más allá. Porque incluso aquellos que pretenden estar emocionados desdibujan al judío como víctima central del Holocausto. Borran la cámara de gas, que es la esencia misma del crimen. Sí, es cierto que el nazismo asesinó a personas de muchos colectivos. Pero jamás se ideó un mundo sin homosexuales o sin eslavos. Sí se ideó, planificó y ejecutó un mundo sin judíos. Industrialmente. Metódicamente. Hasta el último.
Del mismo modo que nadie se atrevería, en el Día del Pueblo Gitano, a relativizar el Porrajmos diciendo «sí, pero Hitler mató también a otros», porque se respeta la especificidad de ese crimen, hay que respetar la especificidad del Holocausto y su concepto. Negarla no es un matiz académico: es una forma de negación.
No es casual que fuera la Unión Soviética quien tuviera interés en diluir a los judíos asesinados bajo la categoría genérica de «ciudadanos soviéticos», borrando así la especificidad del crimen. No fue un descuido ni una elección inocente, sino una operación política consciente. Nombrar a las víctimas como judías obligaba a reconocer que el Holocausto no fue un crimen más, sino un intento deliberado de erradicar a un pueblo entero del mundo.
Del mismo modo, no es casual que fuera la propaganda soviética la que fabricara el llamado «palestinismo», una construcción ideológica destinada a desplazar al judío del lugar de víctima al de culpable, y que hoy sigue alimentando buena parte del odio universal al judío, convenientemente reciclado en lenguaje progresista.
En una entrevista reciente de Nicole Lampert a Izabella Tabarovsky, experta en antisemitismo, esta compara el antisemitismo actual con el de la era soviética que vivió en carne propia y concluye: «Los judíos soviéticos sabían que no podían derrotar al antisemitismo; el problema era demasiado grande. Por eso no se centraron tanto en cómo combatirlo, sino en cómo fortalecerse a sí mismos. Y ese es un mensaje muy importante para este momento. No podemos luchar contra el antisemitismo si no sabemos quiénes somos. Necesitamos saber por qué luchamos y entender que es una lucha que debemos librar juntos».
¿Qué pasaría si el 27 de enero ninguna organización judía se presentara a las conmemoraciones del Día del Holocausto quitándoles la legitimidad que requieren? Conmemorar habla más de quien recuerda que de quien es recordado. Si Europa ha decidido su suicidio moral, pervirtiendo la memoria que fundó su ética moderna, eso dice más de Europa que de los seis millones de judíos exterminados.
Y si tanta conmemoración no sirve para frenar el odio, que al menos sirva para algo esencial: para que los judíos se refuercen y se unan frente a él. Sin miedo a confrontarlo, ni a reconocerlo, venga de donde venga ▪