Juró guardar silencio y solo conocer “su parte”, pero su trabajo fue clave para derrotar al nazismo. Ruth Bourne, operadora de la máquina Bombe y veterana judía de la Segunda Guerra Mundial, falleció a los 99 años tras una vida marcada por la discreción, el rigor y el reconocimiento tardío. Crédito foto: Museo de la Real Fuerza Aérea Británica
Ruth Bourne, judía que sirvió en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial y colaboró en el desciframiento del código de la máquina Enigma utilizada por los nazis, murió la semana pasada a los 99 años. Nacida en Mánchester en 1926 y criada en Birmingham, Bourne fue una de las miles de mujeres cuya labor secreta resultó decisiva para el esfuerzo aliado, informaron medios británicos.
Durante la guerra, Bourne fue evacuada a Caernarfon, en Gales, antes de alistarse con apenas 18 años en el Women’s Royal Naval Service. Tras un periodo de entrenamiento en Escocia, fue clasificada para «funciones especiales» y advertida de que el trabajo sería secreto, exigente y sin posibilidad de promoción. También se le indicó que, una vez asignada, no podría abandonar el puesto. Aun así, aceptó y firmó la Ley de Secretos Oficiales.
Fue destinada a tareas de descifrado de mensajes interceptados y trabajó en dos subestaciones de Bletchley Park —Eastcote y Stanmore, en el norte de Londres—, centros neurálgicos de la inteligencia británica. Allí operó, entre otras herramientas, la máquina Bombe, un dispositivo electromecánico desarrollado por Alan Turing para romper el cifrado diario de la Enigma alemán. El sistema permitía encontrar con rapidez las configuraciones necesarias para leer los mensajes enemigos, un avance que tuvo un impacto decisivo en el curso de la guerra.
El trabajo se realizaba bajo una presión constante y con exigencia de precisión absoluta. La criptoanalista cumplía turnos de ocho horas, día y noche. Una vez descifrados, los mensajes eran enviados a agentes y responsables de inteligencia, quienes decidían cómo utilizar la información. Ella, sin embargo, desconocía el alcance real de su contribución. «Solo sabía mi parte», recordó más tarde, tras haber jurado secreto absoluto.
Años después, reconocería que su papel le proporcionó «un pequeño grado de satisfacción personal» en la lucha contra el nazismo, aunque durante décadas permaneció ajena a la magnitud de la misión de Bletchley Park.
Reconocimiento tardío y una memoria compartida
No fue hasta mucho tiempo después del final de la guerra cuando llegaron los reconocimientos oficiales. En 2009, el Gobierno británico le otorgó una insignia conmemorativa con la inscripción «También servimos», en alusión al trabajo silencioso de quienes operaron en la retaguardia. En 2018, Francia le concedió la Legión de Honor, su máxima distinción militar, en reconocimiento a su servicio durante la contienda.
Su nieta Bee destacó el legado personal y humano de Bourne en declaraciones a la BBC: «Fue un privilegio para nuestra familia compartir a Ruth con el mundo. Mi abuela era un verdadero destello: inteligente, creativa y llena de ingenio». Añadió que «siempre estaba encantada de dedicar su tiempo a educar a otros sobre su contribución al descifrado de códigos, y fue voluntaria durante décadas en Bletchley Park, guiando visitas».
Además de su labor histórica, su familia recordó que Bourne «vive en los libros, en su cerámica y su arte, y en nuestros recuerdos. Será profundamente extrañada por todos», informó la BBC, En sus últimos años residió en High Barnet, al norte de Londres.
El esfuerzo británico por descifrar la Enigma fue colosal. En una primera etapa, se apoyó en técnicas desarrolladas por criptógrafos polacos, pero la creciente complejidad de las máquinas nazis obligó al equipo liderado por Alan Turing a buscar nuevos atajos.
Inspirado en la Bombe, de Marian Rejewski, Turing desarrolló una versión más avanzada capaz de resolver la calibración diaria del sistema. Estas innovaciones no solo ayudaron a ganar la guerra, sino que sentaron bases fundamentales para el desarrollo posterior de la informática moderna