¿Democracia o sharia?

31/Oct/2011

La República

¿Democracia o sharia?

TÚNEZ Sábado 29 de octubre de 2011 |
Las elecciones del domingo pasado en Túnez dieron el triunfo esperado al partido islámico moderado Al Nahda. Según los resultados consignados por el diario “La Presse” de Túnez el jueves, Al Nahda obtuvo un 40% mientras sus dos probables futuros socios de coalición, ambos de centro izquierda totalizaron poco más de un 30% (el Congreso por la República, CPR un 20% y Ettakatol, Foro por el Trabajo y las Libertades un 10%).
La gran sorpresa de la elección fue el inesperado éxito del ejecutivo de TV tunecino-británico Hachemi Hamdi, cuya agrupación “Petición popular por la libertad, la justicia, el progreso y la libertad” es visto por los partidos mayores como un engendro político improvisado y poco serio. En cambio, obtuvieron porcentajes de solo un dígito los partidos laicistas de izquierda.
Las dos grandes tareas inmediatas que esperan a la electa asamblea constituyente de 217 integrantes son la redacción de una nueva Constitución y el nombramiento de un nuevo gobierno. El secretario general de Al Nahda, Hamadi Jebali, sería el primer ministro. Según una versión de la agencia AP, ya estarían circulando 12 anteproyectos de Constitución y habría consenso en no modificar el artículo de la Constitución vigente según la cual “la religión de Túnez es el Islam, su idioma es el árabe y su régimen es el republicano”.
A pesar del elogio de los observadores extranjeros, entre ellos, Alejandro Toledo, el ex presidente de Perú, a la limpieza de las elecciones, aparentemente hubo irregularidades en numerosas mesas de votación. Activistas de partidos laicos se quejaron de que hubo presidentes de mesa que dejaron pasar claras violaciones a la ley para no provocar conflictos.
Antes de las elecciones, Al Nahda repitió sistemáticamente en su campaña que su partido no va a implantar la Sharia y que se regiría por normas democráticas. Sin embargo, su líder, Rashid Ghannouchi, despierta desconfianza, ya que si bien critica a los extremistas salafistas que reclaman un estado islámico, suele hacerse eco de sus reclamaciones.
Por lo demás, los salafistas hicieron sentir su influencia antes de las elecciones y organizaron una gran manifestación bajo el eslogan “El pueblo quiere un estado islámico”. Dos días después tuvieron una réplica de manifestantes laicos que desfilan con la consigna “El pueblo quiere un estado civil”.
En febrero pasado grupos salafistas atacaron el barrio de luz roja de Túnez. Cabe señalar que Túnez es el único país árabe que tiene prostitución legalizada y en el cual médicos del gobierno certifican mensualmente el estado de salud de las pupilas de los burdeles. Llamó más la atención internacionalmente el ataque el 7 de octubre a la estación de televisión Nessma. Su “crimen” para los fanáticos religiosos fue haber proyectado la película “Persépolis”. Se trata de la versión cinematográfica de la novela del franco-iraní Marjan Satrapi, en la cual una niña da sus impresiones de la revolución iraní de 1979. Lo que despertó la ira de los salafistas fue una breve escena en la que aparece un diálogo con Dios, que es representado como un anciano de larga barba, pues el Islam prohíbe toda imagen de la divinidad.
Túnez es de hecho el país árabe más moderno y secularizado. Su primer líder Habib Bourguiba, que dirigió el país durante tres décadas desde su independencia en 1956, impuso la emancipación de la mujer, la abolición de la poligamia y la educación primaria obligatoria. El régimen de Ben Alí, con todos sus defectos, prosiguió con esta política.
Por otra parte, la dictadura derrocada tuvo una clara posición anti-islámica. Al Nahda estuvo prohibida bajo su dictadura. Para algunos observadores, el partido triunfador tiene más de común con los partidos laicos que con los salafistas. Otros analistas, como Khadija Cherif de la Federación Internacional por los Derechos Humanos en Túnez, considera que los líderes Al Nahda no son sinceros y que tienen un doble discurso. Quienes expresan temores por la islamización del país no temen medidas regresivas inmediatas, pero sí a largo plazo. Por lo demás, cualquier gobierno tendrá graves problemas sociales que enfrentar antes de pensar en cambiar el estilo de vida. Hay un 19% de desempleo y existe un grave problema de desigualdad regional que deberá enfrentar. Por otra parte, ningún partido tunecino ignora el importante peso que tiene en la economía el turismo europeo. Esto implica la necesidad de tolerar las costumbres liberales de los visitantes.
Los líderes de Al Nahda insisten en que siguen el modelo del partido de Justicia y Desarrollo turco, presuntamente el modelo ideal de islamismo democrático. Pero el propio modelo turco resulta bastante dudoso. Su líder, Recep Tayyip Erdogan, está resultando bastante conflictivo y autoritario. Si en el plano externo ha adoptado actitudes agresivas contra Israel y contra Chipre y ha aumentado la ofensiva contra los rebeldes kurdos, en el plano interno su régimen también deja bastante que desear. Turquía es uno de los países con más periodistas presos (el semanario londinense “The Economist” afirma que actualmente hay 64) y el régimen no es exactamente liberal con los activistas kurdos electos por voto popular. Entre los numerosos kurdos arrestados últimamente figuran 12 alcaldes y 6 miembros del Parlamento.
Pero más allá de la influencia turca sobre el futuro régimen de gobierno en Túnez, no debe olvidarse que la diferencia entre los islamistas moderados y extremistas es sobre métodos, pero no sobre objetivos. Ambos aspiran a la islamización de la sociedad y las tendencias en las sociedades musulmanas parecen jugar a su favor. Mientras que las iglesias cristianas y las sinagogas judías en Occidente son cada día menos influyentes y más apolíticas, las mezquitas se multiplican en el mundo musulmán y su rol político se acrecienta cada vez más. Esto, en la realidad tunecina, se expresa, por ejemplo, en 900 mezquitas dominadas por los salafistas, según reconocimiento del propio Ministerio de Religión.
Por ello, no debe sorprender que cada día sean más los expertos que temen que la famosa “primavera árabe” no sea más que un espejismo del desierto y que creen que lo que empezó como una revolución progresista terminará siendo una contrarrevolución reaccionaria.