Este artículo critica cómo en la actualidad se volvió “políticamente correcto” declararse pro-palestino y adoptar posturas antisemitas. Sostiene que esta actitud refleja una ideología superficial y conformista, que reemplaza el pensamiento crítico por consignas simplistas y prejuicios.
Hay un libro de Marx con un título por lo demás curioso llamado La miseria de la filosofía (también conocido como Miseria de la filosofía: Respuesta a Filosofía de la miseria del señor Proudhon) publicado en 1847. Como se sabe, el libro en realidad habla poco o nada de filosofía y se dirige especialmente a debatir ideas económicas de Proudhon y a sentar lo que es considerado un primer desarrollo de las ideas que Marx terminará de madurar en El Capital.
Sin embargo, el llamativo título del libro nos sirve para reflexionar sobre otro hecho también altamente llamativo: la miseria de la ideología antisemita actual, probablemente relacionada correlativamente con la miseria de la ideología contemporánea.
Es muy difícil no advertir que en mayor o menor medida la ideología antisemita reedita o reversiona temas del antisemitismo medioeval y del antisemitismo iluminista e incluso del antisemitismo del siglo XIX.
Sea el tema de la raza pérfida, la presencia diabólica judía, la nación judía presentada como habiendo perdido cualquier privilegio de la divinidad o la Humanidad, la caída en la deshonra y la humillación, la profanación del orden cristiano ( y por extensión la “profanación” del justo orden mundial), el asesinato ritual de niños (hoy, los niños palestinos), el judaísmo como obstinación, ignorancia o superstición, la red de conspiración judía (secreta y clandestina) contra el mundo ( y los palestinos), no hacen renovar temas milenarios, poco o nada aggiornados, por no decir, poco o nada renovados.
El “contenido” pues del antisemitismo moderno ni revela novedad ni demuestra originalidad, no es sino francamente mediocre y privado de cualquier barniz intelectual o de cualquier debate intelectual. El antisemitismo moderno es pues francamente primitivo e intrínsecamente mediocre.
Y sin embargo, he ahí la clave de su éxito…
Ni exige pensar, ni exige razonar, ni exige ningún tipo de elaboración crítica. Solo exige adhesión incondicional e irrestricta en forma de ideología encumbrada y a través de su cooptación a través de la masa.
Pero si este contenido no es sino una vulgar repetición de antisemitismos ancestrales, a nivel de su continente revela sin embargo otras características.
Estas tienen básicamente dos componentes. Una refiere a una presentación absolutamente totalitaria: el antisemitismo actual impone (y la gente lo acata con alegría maníaca) una adhesión absoluta donde cualquier sombra de duda es borrada, donde cualquier matiz es erradicado, donde todo lo que no sea blanco y negro, bueno y malo, es sistemáticamente disociado y negado. Los antisemitas se sienten alborozadamente en el “lugar correcto de la historia”.
El otro componente que revela es que ser propalestino y antisemita-judeófobo es, en la hora actual, políticamente correcto. Y lo políticamente correcto es aquello que recibe entusiasmo masivo, adhesión acrítica y apoyo incondicional. Y todo lo que no sea políticamente correcto, recibe en cambio repudio, ataque y violencia.
No son estos tiempos de cultura democrática. Todo lo contrario: estos son tiempo de una cultura totalitaria donde el imperativo es adherir y no pensar críticamente, enmarcado todo en un clima de estultofilia donde la ignorancia es celebrada, donde la mente es ensamblada desde las llamadas “redes” y donde cualquier atisbo de empatía y solidaridad es desplazado por rasgos de maldad y severidad que nunca son presentados como tales.
Desde estas premisas, y siendo plenamente consciente de que esto fácilmente podría ser catalogado de pesimista, es que creo que cualquier esfuerzo de diálogo, de disuasión, de introducir variables que complejicen o que demuestren cómo las cosas son realmente, está lisa y llanamente llamado al fracaso absoluto.
Nada se puede hacer frente a un antisemitismo que es la plena condensación de 21 siglos de antisemitismo, que es isomórfico con el clima totalitario actual y que además -en su vertiente hipócrita- se niega a ser denominado antisemitismo, legitimado además por la expansión incontenible de lo políticamente correcto.
Quizás en otra cosa el pueblo judío ha de utilizar su energía y empeño: en pensar y proyectar cómo ha de ser su supervivencia manteniendo la actualidad de su herencia y su mensaje, para la segunda mitad del siglo XXI y más aún, para los siglos venideros.