Antisemitismo: La costumbre de odiar

26/Sep/2025

Nuevo Mundo Israelita- por Soledad Morillo Belloso

“El antisemitismo no es una opinión. No cabe en el derecho a pensar libremente. No es intolerancia. La intolerancia implica que algo me incomoda, pero lo dejo pasar. El antisemitismo no incomoda: niega”. Fuente imagen: Aish Latino

El antisemitismo no es un sarpullido pasajero, ni una fiebre porque el cuerpo se defiende de algún virus o bacteria que lo atacó. Pero sí es una plaga, que contamina el habla, los gestos, las decisiones que se susurran en pasillos o se gritan sin pudor en plazas. Se filtra en los actos que se ejecutan y en los que se permiten por costumbre, por omisión, por comodidad. No necesita bisturí ni microscopio: basta una frase torcida, un refrán mal parido, un cuento adulterado, una historia oficial que borra nombres, apellidos, genealogías enteras. Basta que alguien diga “ellos” con ese tono que separa, que marca frontera, que convierte al judío en sombra, en ajeno, en criatura de otro planeta.

No es nuevo. Tiene siglos. Se ha disfrazado de cruz, de dogma, de decreto, de caricatura. Ha sido sermón y pogromo, campo de concentración y chiste de sobremesa. Ha sido política de Estado y rumor de vecindario. Y todavía hoy, se tolera, se auspicia, se legitima como si fuera una opinión más, como si odiar al judío fuera parte del menú social, como si el prejuicio tuviera derecho de admisión.

Pero no lo tiene. El antisemitismo no es una opinión. No cabe en el derecho a pensar libremente. No es intolerancia. La intolerancia implica que algo me incomoda, pero lo dejo pasar. El antisemitismo no incomoda: niega. Niega la humanidad del judío, su historia, su duelo, su derecho a vivir sin miedo. Es exclusión disfrazada de crítica, odio camuflado de debate. Se esconde detrás de discusiones sobre Israel, sobre dinero, sobre poder. Y aunque esos temas merecen análisis, el antisemitismo no analiza: acusa, caricaturiza, reduce.

Hay muchas formas de antisemitismo, y todas comparten el mismo germen: una ignorancia feroz, que inventa conceptos sin raíz ni sustento, como quien construye castillos de odio sobre arenas movedizas. Está el religioso, que acusa al judío de hereje, de asesino de Dios, de enemigo de la fe. Es medieval, inquisitorial, disfrazado de cruz y sermón. Luego está el racial, que inventó la noción de una “raza judía” como si la sangre pudiera ser culpable de algo. Lo usaron los nazis, lo repiten los neonazis, lo susurran los supremacistas. Es seudociencia, delirio, ficción peligrosa.

También existe el antisemitismo económico, que imagina al judío como banquero universal, titiritero del mercado, conspirador financiero. No importa que haya judíos pobres, obreros, campesinos. El prejuicio necesita su caricatura y la dibuja con tinta de sospecha. Y está el político, el que niega al Estado de Israel y quiere borrarlo del mapamundi. Es moderno, disfrazado de causa, pero con el mismo veneno.

Todos estos tipos de antisemitismo tienen algo en común: no conocen al judío real. No conocen su historia, su cultura, sus dolores, sus celebraciones. No conocen el sabor del pan sin levadura, ni el silencio del shabat, ni el eco de los nombres perdidos en la Shoá. Solo conocen una idea falsa, repetida, heredada, sin contacto con la realidad.

Y esa ignorancia no es inocente. Es peligrosa. Porque cuando se repite una mentira mil veces, no se convierte en verdad, pero se vuelve verosímil. Se trasforma en política, en ley, en violencia. El antisemitismo no necesita pruebas, solo necesita cómplices. Activos o pasivos. Y en cada época encuentra nuevos disfraces, nuevos argumentos, nuevas excusas.

Por eso hay que nombrarlo. Señalarlo. Desmontarlo. No con odio, sino con memoria. No con venganza, sino con verdad. Porque el antisemitismo no es solo un problema de los judíos. Es un síntoma de una sociedad global enferma, que ha perdido el sentido de la humanidad compartida, si alguna vez lo tuvo.

Como diría un refrán que merece ser bordado en tela de duelo y canto: “Quien odia al judío sin conocerlo, se odia a sí mismo sin saberlo”.

En Europa, ya sabemos lo que pasó. Siglos de persecución derivaron en el siglo XX en la masacre de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, y en la destrucción física y emocional de estructuras que estaban integradas por millones de vidas. Las víctimas del antisemitismo nazi no fueron solo los muertos: fueron sus familias, sus comunidades, las mismas sociedades que permitieron aquella atrocidad. El mundo prometió no olvidar, y la verdad es que convirtió todo ese escabroso asunto en un episodio de periódico de ayer. Hitler y sus secuaces pueden haber muerto, pero el antisemitismo y las ideas del nazismo no. Hoy, para decirlo sin rodeos, el antisemitismo está vivito y coleando.

El antisemitismo no necesita pruebas, solo necesita cómplices. Activos o pasivos. Y en cada época encuentra nuevos disfraces, nuevos argumentos, nuevas excusas

El antisemitismo pasivo está en los murmullos de la calle, en los titulares malintencionados, en las burlas sobre apellidos, en las sospechas sobre negocios. Y también en el silencio: en la falta de memoria, en la ausencia de educación, en la indiferencia ante los ataques. El antisemitismo activo, como su nombre lo indica, actúa. Y cuando actúa, ataca, hiere, mata.

Combatirlo requiere coraje. Requiere contar las historias que han sido silenciadas, celebrar las vidas que han sido marginadas y reconocer que cada vez que se permite un acto antisemita, se debilita el tejido moral de toda la humanidad.

Porque el antisemitismo no afecta solo a los judíos. Es un síntoma de algo más profundo: del miedo a la diferencia, del rechazo a la pluralidad, de la incapacidad de convivir sin jerarquías. Y si no se trata, si no se enfrenta, si no se trasforma, se convierte en costumbre. Y una sociedad que normaliza el odio está enferma, aunque sus hospitales estén llenos de médicos.

Así que hablemos. Recordemos. Inventemos rituales de memoria, refranes que curen, juegos que enseñen. Porque la única vacuna contra el antisemitismo es la conciencia viva, compartida, irreverente. Una que no se inyecta, sino que se canta, se escribe, se celebra.

Y lo digo sin tapujos, sin ambages, y en mi condición de no judía, o con la palabra con la que nos llaman los judíos a quienes no lo somos: gentiles.