En su ley

24/Oct/2011

El País, Juan Oribe Stemmer

En su ley

24-10-11 JUAN ORIBE STEMMER
El líder libio, Muamar el Gadafi, fue muerto mientras huía, en las afueras de su ciudad natal, Sirte. Las fotografías de su cadáver recorren el mundo, y traen a la memoria las imágenes del cuerpo del Duce, colgado de un andamio en la amplia Piazzale Loreto, en el centro de Milán, luego de haber sido fusilado por los partisanos, el 28 de abril de 1945. La desaparición de Gadafi abre una nueva etapa, quizás aún más difícil que la guerra civil que la precedió, la etapa de construcción de la paz.
Al principio, Gadafi aspiró a ser el heredero de Nasser. Se alineó con la Unión Soviética, de allí pasó al panislamismo y a una versión peculiar de socialismo (cuyos principios plasmó en el Libro Verde, una imitación del Libro Rojo de Mao, que ya nadie recuerda). Apoyó el terrorismo. Luego cambió de curso, se enfrentó al fundamentalismo de Al-Qaeda y se aproximó a las potencias occidentales, ansiosas de hacer buenos negocios con uno de los principales exportadores de petróleo. De Estado paria, Libia se convirtió en un miembro de la comunidad internacional quizás más tolerado que respetado.
El régimen del dictador libio fue una de las principales víctimas de la primavera árabe que envolvió el Norte de África y el Oriente Medio a partir de diciembre de 2010. Pero, mientras que sus vecinos -Túnez, Egipto y Marruecos- consiguieron avanzar en el proceso de reformas con relativamente poca violencia; el líder libio, tan flexible en sus relaciones internacionales, se opuso resueltamente al clamor por reformas en lo interior.
Las manifestaciones de protesta contra la dictadura libia comenzaron en febrero, en la ciudad de Bengazi, y fueron reprimidas con gran violencia. El resultado fue un levantamiento en armas espontáneo. A fines de febrero, los rebeldes habían tomado Bengazi y otras ciudades libias.
Las tropas de Gadafi, mejor equipadas, emprendieron una vigorosa contraofensiva y en marzo comenzaron a apretar el cerco de Bengazi, que se había convertido en la capital rebelde. Es entonces cuando los discursos del líder libio se convirtieron en su peor enemigo. Las amenazas de «buscar a los traidores» casa por casa y la advertencia a los habitantes de Bengazi, de que entregasen sus armas y se rindiesen bajo la amenaza de ser exterminados, no desalentaron a los rebeldes. En cambio, enfrentaron a los gobiernos europeos y a los Estados Unidos al prospecto de una tragedia humanitaria en gran escala.
Existían buenas razones para no intervenir. Los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña están comprometidos hasta el límite de sus recursos en Irak y Afganistán. Existía el peligro de despertar sentimientos religiosos y el nacionalismo árabe. Nadie tenía una idea muy clara de quienes eran los rebeldes.
Sin embargo, en un movimiento liderado por Francia y la Gran Bretaña, con el apoyo de varios países árabes, y canalizado a través de las Naciones Unidas, tomó forma un camino político y militar que, con todas sus dudas y desprolijidades, consiguió, después nueve meses de cruenta guerra civil, desbaratar un régimen dictatorial, aparentemente sólido e inexpugnable.
«La muerte de Gadafi abre un nuevo escenario con promesas e incertidumbres».