Siempre se ha dicho que Israel gana en el campo de batalla, pero pierde en la guerra de narrativas. Y en gran medida es correcto. Sin embargo ¿qué ventajas ha obtenido la causa palestina con sus victorias mediáticas? Muy pocas. Más bien, parece que el saldo de dichas victorias empieza a volverse contraproducente.
Todos sabemos que no nada más importa lo que sucede, sino que también pesa mucho cómo lo cuentas. De eso puede depender quién es la víctima y quién es el victimario, quién es el bueno y quién es el malo, quién merece el apoyo y quién no.
Desde que los árabes renunciaron a destruir a Israel por la vía militar, tras la catastrófica guerra de 1973 (Yom Kippur), la estrategia se centró en eso que pasó a llamarse “causa palestina”. Era un tipo de guerra distinto, aunque el objetivo de destruir a Israel era el mismo. Por supuesto, ya no se trataba de un ataque masivo, una invasión armada, para asesinar judíos y destruir ciudades. Eso le resultaba imposible a la OLP. Se trataba de algo más elemental: invadir a Israel con refugiados palestinos para alterar la realidad demográfica del estado judío. Habría sido una estrategia más lenta, pero no por ello menos efectiva. De haber funcionado, Israel habría corrido una suerte similar a la del Líbano.
Esta nueva guerra era eminentemente mediática. Había que construir una nueva narrativa en la que un pueblo del que nadie había hablado hubiese sufrido una injusticia histórica de la que nadie se había enterado. Así, poco a poco —a partir de 1974— fue tomando forma la historia de un pueblo milenario que vivía en paz en su tierra, que acogió a los judíos que huían del nazismo y de Europa, pero que en 1948 fue traicionado y despojado de su propio hogar, quedando reducido a meros refugiados, desposeídos y vulnerables, viviendo en condiciones infrahumanas por culpa de la creación del estado de Israel.
Como te digo, nadie en el mundo sabía de eso. Se sabía que la guerra de 1948-1949 había provocado que unos 700 mil árabes se vieran obligados a huir de sus hogares, pero se sabía también que eran desplazados de guerra, exactamente como lamentablemente sucede en todas las guerras. No había nada de particular en ello. Se sabía que dicha guerra —por cierto— la habían iniciado ellos, los árabes. Y la habían perdido. Se sabía, además, que Israel les había ofrecido devolverles las tierras conquistadas a cambio de un acuerdo de paz, pero ellos, los árabes, lo habían rechazado. Y se sabía sin lugar a dudas que las durísimas condicones en las que vivían esos refugiados eran culpa única y exclusivamente de los árabes, porque entre 1948 y 1967 fueron refugiados establecidos en territorio de los países árabes.
De pronto, en el transcurso de un par de décadas y gracias a los siempre cobardes esfuerzos de la ONU y de la intelectualidad de la izquierda europea, el relato cambió. Nació el milenario pueblo palestino. La llamada Nakbá tomó dimensiones que nunca había tenido. El drama de los niños que sufren se volvió el cliché obligado para apelar al sentimentalismo de la humanidad. Los inhumanos y salvajes terroristas de la OLP pasaron a ser “la resistencia” palestina. Al amparo de las tonterías ideologizadas de Edward Said de pronto los israelíes eran blancos colonizadores y los palestinos eran otra periferia explotada y despojada por el capitalismo sionista.
¿Funcionó esa estrategia mediático?
En cierto sentido sí, en cierto sentido no. Depende del enfoque.
Si nos remitimos a la facilidad con la que una gran cantidad de gente cree, porque quiere creer, en esa narrativa en la que con tanta facilidad se miente y se demoniza a Israel en todo, seguro que han tenido éxito. Lo que los sionistas y los hasbaristas hemos comprobado, vez tras vez y a lo largo de varias décadas, es que hay momentos o lugares en los que la batalla no tiene sentido. No es cuestión de argumentos (me queda claro que, si de argumentos se tratara, los sionistas pasamos por encima de los propalestinos con más facilidad que un cuchillo entrando en la mantequilla; los argumentos de los propalestinos son pésimos). El antisemitismo es esa enfermedad casi incurable que hace que su víctima no esté interesada en razonar. Decide todo con las vísceras. Cree no en lo que convence de manera inteligente, sino en lo que regodea sus prejuicios.
Se han logrado muchos avances en la guerra de narrativas, pero es un hecho que la propaganda propalestina sigue controlando la iniciativa y la agenda de debates.
No te hundas en el desconsuelo por esto. Aquí viene la otra parte, el enfoque en el que no han logrado ningún éxito.
¿Qué ha cambiado en los hechos reales del conflicto gracias a esa victoria narrativa?
La verdad es que nada.
En esencia, el plan era este: construir un cerco de preción mediática que se convirtiera en presión social, que a su vez lograra tal fuerza que se convirtiera en presión política local primero, y luego diplomática e internacional.
¿Para qué? En los años 70’s y 80’s para que Israel aceptara absorber a millones de palestinos bajo la premisa de su “derecho al retorno”.
A partir de los años 90’s esta idea empezó a diluirse. La caída de la URSS y la pérdida de su apoyo a la OLP hizo que Arafat tuviera que limitarse en sus pretensiones, y los Acuerdos de Oslo (1993) fueron su tabla de salvación para legitimarse ante la comunidad internacional. Dichos acuerdos iban en sentido contrario al anhelo palestino de inundar a Israel, porque se centraban en la llamada Solución de Dos Estados. Pero Arafat estaba dispuesto a ser paciente. La legitimidad que gozó a partir de ese momento le permitió cierta comodidad para jugar con la siempre complaciente comunidad internacional (especialmente con la ONU y la Comunidad Europea), y lo único que tuvo que hacer fue no hacer nada, evadiendo cualquier negociación con Israel que avanzar hacia la Solución de Dos Estados, a la espera del momento en el que pudiera retomar su guerra.
No lo logró. La vida no le alcanzó para reorganizar la “lucha palestina”, y finalmente murió en 2004 aislado, derrotado y enfermo. Una muerte miserable y patética, bien merecida.
Abbas tomó la estafeta de la OLP (ahora identificada como Al Fatah), pero no tuvo mejor suerte. Si acaso los palestinos se acercaron un poco a su objetivo, fue bajo otro tipo de liderazo: el religioso.
Al amparo de los ayatolas de Irán y con el apoyo comprometido de Hezbollá desde Líbano, Hamas pasó a ser la vanguardia de la lucha contra Israel, y el 7 de octubre del 2023 lanzaron un ataque terrorista despiadado y brutal, cuyo objetivo era destruir a Israel.
Suena raro. ¿Realmente Hamas habría tenido la fuerza militar para lograr algo tan complejo?
Es obvio que no, pero es que esa no era la estrategia. Desde 1973 que había dejado de serlo. El ataque del 7 de octubre tenía que provocar la caída de Israel de otra manera.
En resumen, el plan era este: realizar un ataque bestial para provocar una respuesta durísima por parte de Israel, y entonces echar a andar la narrativa, confiando en que las amplias redes de apoyo a los palestinos —bien aceitadas y financiadas por Irán, Qatar, las ONGs de George Soros, la ONU y la administración Biden por medio de USAID— se encargarían de sacar a millones de personas en apoyo a Palestina en todas las ciudades importantes del mundo. Así empezaría a rodar la bola de nieve: la presión mediática se convertiría en presión social, y esta pasaría a ser presión política para obligar a Israel a detener su guerra.
De haberse logrado (en el menor tiempo posible), Israel habría sido derrotado moral y sicológicamente. No habría logrado afectar significativamente a Hamas (sus batallones y sus túneles habrían quedado prácticamente ilesos), y la polarización política —inflamada también por la misma guerra narrativa financiada por los mismos agentes, operando desde periódicos abiertamente anti-israelíes como Haaretz— habrían puesto en jaque al gobierno de Netanyahu que, seguramente habría caído, permitiendo la llegada de un político más débil pero más cómodo a los Estados Unidos de Biden.
Muy seguramente, en ese momento habría ocurrido el ataque de Hezbollá, que estaba diseñado para ser por lo menos diez veces más grave que el de Hamas. Su objetivo era conquistar toda la Galilea. El caos habría sido mayúsculo. Israel probablemente habría usado su armamento pesado en Líbano, y la guerra narrativa habría vuelto al ataque. Nueva presión social, nueva presión política, nueva intervención de la comunidad internacional para poner orden en un país incendiado desde afuera y desde adentro, siempre presentándose como un intento por “salvar” a la sociedad israelí.
¿Qué habría pasado? Muy probablemente, que la empática y benevolente comunidad internacional seguramente habría puesto a israelíes y palestinos bajo vigilancia internacional, pero dentro del esquema conocido como “Solución de Un Estado”. Adiós al proyecto de Israel junto a Palestina. Todos metidos en un mismo saco, con una misma ciudadanía y un mismo gobierno, para “ser felices y estar en paz”.
Eso habría significado la desaparición de Israel, en pocas palabras. La migración islámica se habría replicado tal y como se hace en Europa, y al cabo de una o dos décadas los judíos habrían quedado reducidos a minoría en su propia tierra ancestral.
El resto lo podemos imaginar.
Bueno, pues resulta que todo eso fue justo lo que no se logró. Los palestinos y sus cómplices impusieron su narrativa en muchos lados, pero en los hechos prácticos Israel destruyó al eje iraní, dejando fuera de combate a Hezbollá, aplastando el orgullo de los ayatolas —que ahora viven muertos de pánico—, y doblegando a Hamas al punto de que está a punto de desaparecer.
El problema es que los palestinos y los propalestinos no han entendido una cosa: ganar guerras narrativas es una cosa. Ganar guerras de verdad, con campos de batalla de verdad y armas de verdad, es otra.
Israel supo manejar la presión internacional para evitar que esa presión narrativa llegar hasta el nivel de lo político. El triunfo de Trump en las elecciones de noviembre de 2024 le facilitó las cosas todavía más a Israel. Y, muy importante también, siempre se contó con la displicencia de los países árabes que, para evitar que la presión social interna se les convirtiera en un problema mayúsculo, mantuvieron su retórica aparentemente propalestina, pero sin intervenir de manera significativa a favor de Hamas.
Lo más impresionante de todo es que el bando propalestino sigue aferrado a su guerra mediática y narrativa como si esta fuera lo único importante. Pareciera que se han resignado a “ganar” en ese campo de batalla, aunque en el otro estén derrotados (algo tan inteligente como ver que tu selección nacional ha sido eliminada del mundial de la FIFA, y organizar un torneo de futbolito en el bar para sentir que ahí sí puedes ganar; y, en un gesto totalmente delirante, salir de ahí diciendo que de verdad ganó tu selección).
La guerra está a punto de terminar. Con Irán y Hezbollá fuera de la jugada, los países árabes se sentirán cada vez más cómodos para la integración plena —especialmente de Arabia Saudita— a los Acuerdos de Abraham. Gaza va a ser reconstruida, pero de un modo totalmente distinto a lo que fue. Se va a aprovechar que la destrucción de la infraestructura terrorista de Hamas obligó a Israel a, literalmente, aplanar toda Gaza.
Eso muy probablemente signifique que el controvertido plan de Trump para convertir a Gaza en una zona de desarrollo económico estilo Miami o Dubai, se vuelva realidad.
Una cosa es segura: en ese futuro, Hamas no tiene cabida. Le estorba a todos, y eso es lo que realmente determina que su derrota sea total.
Y ¿saben? Eso no lo va a cambiar la narrativa.
Ese es el problema de vivir creyendo que tus ficciones son la vida real, o que la realidad la construyes desde el discurso.