Yom HaShoá veHaGvurá, Yom HaZikaron, e inmediatamente después, Yom HaAtzmaut. Tres estaciones del alma judía moderna, marcadas por la ceniza, la sangre y la reconstrucción. Tres narrativas distintas y, sin embargo, inextricablemente ligadas por el hilo tenso de la historia reciente.
Nos encontramos en una de las semanas más intensas y emocionalmente cargadas del calendario judío contemporáneo. Una secuencia que entrelaza, casi sin respiro, tres fechas de profundo significado histórico, ético y espiritual
Este año, estas conmemoraciones están atravesadas por una herida abierta: la tragedia del 7 de octubre de 2023. A diferencia de otras experiencias traumáticas del pasado —como la guerra de Yom Kipur en 1973, que dio lugar a un proceso de reflexión nacional y a una comisión oficial que investigó responsabilidades—, esta catástrofe aún no ha concluido. No se ha liberado a todos los secuestrados, la clase política no ha asumido plenamente su responsabilidad, y no se ha constituido una comisión nacional independiente que delimite responsabilidades y dé cuenta de las fallas del sistema político y de seguridad. Vivimos no sólo las secuelas del horror, sino su prolongación en el tiempo, marcada por la ausencia de justicia, la indignación social y un final todavía incierto.
Yom HaShoá, día de la memoria de la destrucción, nos recuerda el abismo moral al que puede llegar la humanidad cuando desaparecen la compasión, el pensamiento y el límite. Pero también la tenacidad de quienes, incluso en el infierno, resistieron con dignidad: el alma rebelde del gueto, los partisanos, el susurro de una oración, un cuaderno escondido. La gevurá —la valentía espiritual y moral— no fue sólo empuñar un arma, sino conservar la imagen divina en medio del colapso de la civilización.
Yom HaZikaron, con sus sirenas, sus ceremonias en los cementerios, los relatos de las madres y los compañeros de armas, recuerda a quienes cayeron en las guerras de Israel y en los atentados terroristas. Es la memoria dolorosa del precio de la soberanía. A diferencia de la Shoá —la impotencia sin Estado—, aquí el dolor está marcado por la defensa activa, por la elección difícil de asumir responsabilidades históricas. Pero este año, esa memoria adquiere un tono sombrío: la confianza rota, las preguntas sin respuesta, y la sensación de que el Estado, pese a toda su fuerza, no pudo proteger a sus ciudadanos en el momento más vulnerable.
Y, al día siguiente, como un salto abrupto entre la lágrima y la canción, llega Yom HaAtzmaut. La celebración de la independencia de Israel. Una coreografía que, desde su inicio, ha sido tensa: pasar del luto al júbilo, de la solemnidad al canto. Y este año, esa tensión se vuelve casi insoportable. Porque no hay alegría completa mientras haya familias sin respuestas, mientras haya divisiones intestinas que desgarran el tejido de la sociedad israelí, mientras no tengamos una visión compartida y ética del proyecto nacional.
Esta tríada de días, más que nunca, revela las paradojas del judaísmo contemporáneo, modelado por dos pilares fundacionales: la Shoá y la creación del Estado de Israel. Uno representa el extremo de la fragilidad y el precio de depender en gran medida de la buena voluntad de otros, del precio del exilio; el otro, la afirmación de la agencia histórica y la soberanía, junto a sus costos.
Pero ambos están marcados por la misma pregunta esencial: ¿qué significa ser un pueblo que elige la vida, que no renuncia a su humanidad en medio de las pruebas más crueles? Y con ella, surgen otras preguntas que reclaman atención honesta y profunda:
¿Qué tipo de vínculo debe existir entre los judíos de Israel y los de la diáspora? ¿Cómo podemos sostener una relación basada en la responsabilidad mutua y no en el reproche o la indiferencia? ¿Que ha cambiado en la relación luego del 7 de octubre?
¿Cómo llegamos, como colectivo político y espiritual, a cometer errores graves en la conducción de los procesos de negociación con los palestinos que generaron el presente estado?
¿Por qué, en lugar de pensar estratégicamente en el largo plazo, se ha preferido —una y otra vez— un cortoplacismo miope que refuerza el círculo infernal de violencia, miedo y desconfianza?
¿Cómo sostener la trama de una sociedad desgarrada por la polarización, los discursos de odio, y el sinat jinam —ese odio infundado que, según la tradición, destruyó el Segundo Templo—, y que hoy amenaza con fracturar nuestra casa común desde dentro?
¿Cómo repensamos el sentido profundo del proyecto sionista, no con consignas ni slogans vacíos, sino volviendo a sus raíces fundacionales como un intento de responder a los problemas existenciales del pueblo judío en la modernidad —la inseguridad, la alienación y la asimilación, la búsqueda de dignidad, la necesidad de una cultura viva y de una comunidad soberana, para el siglo XXI?
Y, sobre todo, ¿cómo podemos recuperar la brújula moral en un tiempo en que la frontera entre la autodefensa legítima y la erosión del alma colectiva se vuelve cada vez más tenue?
El desafío de este tiempo es no perder esa brújula. No caer en la simplificación de la victimización ni en la arrogancia del poder. Hay que reconocer que nuestro dolor es legítimo, pero también que no estamos solos en el sufrimiento del mundo. No podemos ser todo el tiempo autorreferenciales. El solipsismo moral degrada el alma individual y colectiva de una sociedad, como nos enseñaron los profetas de Israel.
Recordemos que nuestra historia, sagrada y desgarrada, debe servir para renovar el proyecto judío iniciado con el Éxodo de Egipto y la entrega de la Tora en el Sinai.
Que el tikún olam —la reparación del mundo— comienza con una mirada lúcida hacia nosotros mismos: nuestras fallas, nuestras posibilidades, nuestra responsabilidad ética como pueblo.
Tal vez esta semana no tengamos respuestas claras. Pero sí tenemos memoria, lenguaje, comunidad, plegaria y compromiso.
Recordamos para no repetir, lloramos para no endurecer el corazón, y celebramos —aun con grietas— porque elegir la vida es también un acto de fe, una forma de resistencia espiritual, y una expresión de la esperanza que no claudica.
!Od lo Avdá Tikvatenu!