4-10-11
[EDITORIAL] Sin mayores debates se consolida una política exterior frenteamplista que pierde sentido de independencia y soberanía nacional, porque el principio de realidad y el interés del país ceden a una visión ideologizada del mundo.
La Brasil-dependencia a la que nos sometemos es tan evidente como nefasta para el futuro del país. No porque haya que dar la espalda a nuestro poderoso vecino. Sino porque desde Cancillería se confunde buena vecindad con alineamiento automático, incluso al precio de ceder en dimensiones sustanciales y necesarias de nuestra prosperidad nacional.
En efecto, para el gobierno frenteamplista el alineamiento con Brasil es más importante que llevar adelante políticas beneficiosas e independientes de los intereses norteños. Niega la posibilidad de un amplio acuerdo de libre comercio con Estados Unidos; apuesta a insertarse en un esquema de política industrial brasileña, aunque eso implique aceptar un planteo que terminará con aranceles regionales proteccionistas en función de los intereses de esa industria; omite la feroz competencia por la radicación de inversiones internacionales -y allí está el ejemplo de la frustrada inversión de Portucel, que terminó en Brasil.
Además, ese alineamiento se traduce en decisiones nefastas que rompen con una tradicional y exitosa política exterior de prestigio: da la espalda a Israel, país con el que conservamos estrechos lazos de amistad, frente a los reclamos palestinos en la ONU; y llega al punto de no criticar con dureza declaraciones inaceptables sobre el Holocausto judío de parte de un representante del gobierno de Irán.
Pero la incapacidad de conducir una política exterior independiente no termina en la Brasil-dependencia. Con Argentina, el papel de la Cancillería también ha sido muy pobre.
En aras de una solidaridad ideológica regional, o de una utópica geopolítica de «Patria Grande», hemos cedido terreno fundamental frente a un Buenos Aires que, como en los tiempos de Artigas, se empeña en bloquear el desarrollo de nuestros puertos. Además, Argentina se preocupa por dañar nuestras perspectivas de crecimiento limitando la llegada de energía desde Paraguay; pone en tela de juicio nuestro papel financiero en la región; y multiplica las trabas a nuestro comercio y a la radicación de inversiones industriales en nuestro Litoral.
Es que el Frente Amplio y el Canciller Almagro no han tomado nota del cambio fundamental que ha ocurrido en la región en este siglo XXI. El equilibrio de potencias entre Brasil y Argentina, que pautó nuestra política exterior a lo largo de nuestra vida independiente, se convirtió en una hegemonía brasileña ineludible y duradera. El otrora papel internacional preponderante de Argentina mutó en un protagonismo compartido por otros países sudamericanos. Colombia, Venezuela o Perú ya ocupan en lo demográfico, económico, militar y político un lugar tan o más importante que nuestro vecino que, además, tiene la fuerte competencia de un Chile inserto en el mundo para la radicación de inversiones internacionales.
Así las cosas, lejos de llevar adelante una política exterior que se guíe por los intereses nacionales, el Canciller Almagro conduce al país hacia el despeñadero de la Brasil-dependencia y de la solidaridad regional. Y ninguna de las dos políticas, claro está, aseguran rumbos ciertos y soberanos de prosperidad e independencia. Frente al nuevo escenario regional, nuestra política exterior debe tener otras prioridades. Avanzar en estrechar vínculos con países como México, Colombia, Chile y Perú, de forma de romper el cerco impuesto por el Mercosur. Profundizar nuestras relaciones con Estados Unidos, Canadá o Finlandia que, cada uno en su dimensión, ofician de contrapeso sustancial al enorme papel que juega Brasil en la región.
Por supuesto, estas prioridades no pueden negar la geografía: Argentina y Brasil siguen siendo nuestros vecinos. Sin embargo, ellas dejan claro que es posible una política exterior que defienda el interés nacional. Distinta a la de Almagro.
Política exterior
04/Oct/2011
El País