El Esc. José Luis Piczenik, habitual colaborador del CCIU, nos deja sus reflexiones en estos 30 años del terrible atentado contra la AMIA ocurrido en Buenos Aires, que cobrara la vida de 85 personas y que desde esa fecha cambiara para siempre la vida de nuestras comunidades, y que hasta el momento se mantiene impune
La Asociación Mutual Israelita de Argentina (Amia) fue fundada en el año 1894 bajo el nombre de Jevra Kedusha, por familias que desembarcaron en el país, provenientes de Europa Oriental, gracias a la obra colonizadora de la Jewish Colonization Asociation (JCA) financiada por el filántropo Barón Maurice de Hirsch.
Su construcción en el barrio de Balvanera-Once es un símbolo de una zona de la ciudad que durante muchas décadas albergo inmigrantes judíos llegados a la gran metrópoli, siendo testigo de sus avances en las distintas facetas laborales y profesionales del país.
Durante años en aquellas manzanas colmadas de signos judíos, millares de inmigrantes iniciaron y emprendieron sus vidas en la “nueva tierra” formando familias de tradición judía y atesorando recuerdos imborrables en su memoria y su corazón.
Poco a poco el lugar fue transformándose en una vasta e importante zona comercial. El desarrollo de sus edificaciones y avenidas, los numerosos centros religiosos, sociales, educativos, sus reconocidos comercios y fundamentalmente su gente generaron un reconocimiento tanto a nivel nacional como internacional de “barrio judío” de la ciudad. Esta situación hizo que Balvanera-Once sea conocida como parte indisoluble de la colectividad judía argentina y reconocida la Asociación Mutual como su más significativo representante.
La Amia nuclea distintas y variadas actividades que exceden en muchos casos el marco comunitario. La práctica y mantenimiento de las costumbres y el respeto de los valores religiosos ocupan gran parte de su funcionamiento, pero decenas de actividades culturales, sociales, deportivas y recreativas son parte del día a día en la institución.
Cientos de empleados, voluntarios, colaboradores, trabajan solidariamente a favor de los más desposeídos y necesitados. La fraternidad y ayuda mutua son dos de los principios que animan a sus integrantes y permiten construir innumerables historias de vida.
Niños, jóvenes, mujeres, ancianos recurren allí y encuentran un marco social de pertenencia y afecto que les permite seguir adelante con fe y esperanza. El dar, el ofrecer, el escuchar, el aconsejar no figuran en ningún documento estatutario pero son el “leitmotiv” de la creación de la institución. La Amia no es una construcción más, de la gran ciudad, es un edificio con alma, como muy pocos lo son en la gran urbe.
En su base normativa están los dos objetos centrales de toda comunidad judía, la construcción de un templo religioso y la mantención de un predio que oficie como camposanto de las viejas tradiciones mosaicas, pero más allá del objetivo escrito está el afecto, la consideración al semejante, la lucha por la permanencia de los valores éticos que enseña el libro sagrado que son el obrar de cada día. La Amia es una ciudad en la ciudad, donde cada persona cuenta con el otro para llevar adelante una idea o una actividad. La institución constituye un remanso del mundo ciudadano en donde la moneda de cambio es el afecto y la ayuda al prójimo y el premio es la satisfacción de conciencia.
Ninguno de estos valores impidió que una mañana fatídica, la del 18 de julio de 1994, la insania mental, la agresión cobarde e indiscriminada, la locura del mal destruyera totalmente la institución y cobrara la vida de 85 seres humanos causando más de 300 heridos y destruyendo numerosas viviendas de la zona.
Calles enteras quedaron arrasadas, la onda expansiva del maldito coche bomba que impacto sobre la construcción destruyo todo lo que encontró en un radio de 500 metros a la redonda. Tras el impacto… el horror, el dolor, las preguntas, el clamor de justicia !!!.
Desde ese 18 de julio hasta hoy se han sucedido en la República Argentina distintos gobiernos, ministerios, oficinas, secretarias y juicios pero nada ni nadie ha logrado satisfacer la necesidad de justicia. Ese imperativo de ajusticiar a los culpables y de generar en todo el país un sentimiento de paz interior que solo se logra cuando los responsables son detenidos y cumplen su condena. Esto no se ha podido lograr a la fecha.
Páginas, folios, declaraciones, carpetas, testigos, participes, todos estos términos se incrementaron con el pasaje de los días, de los años, de las décadas, en los expedientes que acumulan cientos de miles de fojas en busca de la aclaración de los hechos. Y aunque la justicia no haya llegado, el transcurrir del tiempo ha logrado definir en la conciencia colectiva quienes son los verdaderos responsables de la tragedia. La República Islámica de Irán, el movimiento terrorista Hezbolla y la conexión local surgen como autores y ejecutores del atentado más sangriento que ha vivido la humanidad desde la segunda gran guerra.
85 vidas cortadas, 85 seres humanos que no pudieron completar sus sueños, 85 víctimas del irracionalismo, 85 personas cuyo final fue decidida por un puñado de enfermos, bestias que no merecen integrar la especie humana.
Ya pasaron 30 años, 360 meses, 11000 días de impunidad, muchas cosas han sucedido en este tiempo, a muchos jóvenes – menores de 30 años – habrá que contarles lo que sucedió, mostrarle imágenes, recordarles las vidas que se frustraron. Nada ni nadie podrá permitirnos revivir las vidas de los fallecidos, nada ni nadie podrá culminar sus historias y aspiraciones que cada uno de ellos mantenía en su propio interior, pero los que vivimos esas instancias nunca callaremos, nunca cesaremos en el objetivo de alcanzar la verdad y elevar la memoria de los que se fueron antes en este camino de la vida.
Hacer justicia es sanar, es poner los hechos en sus justos términos, es reconocer que la vida es lo más valioso de todo lo que tenemos, es darle a familiares y seres queridos de las victimas parte de lo que ellos quisieron ser y se les impidió. Es reconocerle a la institución el noble fin de su carta constitutiva. Es volver a darle el alma a la Amia.
Hacer justicia, nunca olvidar, siempre recordar, constituye la trilogía conceptual del mundo civilizado que rechaza el odio, la prepotencia, el terror y la muerte.
La institución sigue viva, más viva que nunca, mantiene sus principios y decenas de actividades se enmarcan en su acción y realización diaria. La mente enferma no venció, no logro su objetivo, ni lo lograra y aunque aún permanezca impune, la búsqueda será continua y permanente hasta llegar a la total aclaración de los hechos y condena a los asesinos.
El dolor y las lágrimas nos siguen invadiendo cada día con el recuerdo del insuceso, por eso nuestro clamor de justicia se hace incontenible. Exigimos conocer toda la verdad.
Una sociedad que no resuelve sus culpas no es digna como tal. Por eso ubicar a los responsables y juzgarlos con todo el rigor de la ley es una asignatura pendiente por la que todos vamos a luchar. No tendremos paz hasta no conocer toda la verdad.
“Señor, guíame en tu justicia por causa de mis enemigos; allana delante de mí tu camino” (Salmo 5:8)
Jose Luis Piczenik