1-9-2011
[EDITORIAL] Y finalmente cayó. Tras 42 años gobernando Libia, el régimen del coronel Muhammar Gadafi se derrumbó. Y si bien el exótico dirigente se encuentra aún prófugo, su regreso al poder es algo que ni sus más leales seguidores ven como una posibilidad real. Pero las implicancias de su salida, y la intervención externa que la ha hecho posible, auguran tiempos tumultuosos para esa árida región del planeta.
En un continente pródigo en tiranos mesiánicos, ineptos y sanguinarios, Gadafi ha sido sin dudas uno de los más destacados en cualquiera de esas categorías. Alcanzó el poder en 1969 tras un golpe de Estado, y a partir de allí se embarcó en un programa de reformas que sintetizó en su célebre Libro Verde. Se trató de un plan meticuloso para dividir y atomizar las estructuras de poder del país, repartiendo en iguales dosis represión, torturas y prebendas surgidas de la fabulosa riqueza petrolera de su nación. Su esquema político, no tan diferente al impulsado en nuestra región por sus más recientes aliados locales, se caracterizó por implementar un sistema descentralizado de comités locales, que supuestamente desplegaba una amplia participación ciudadana en el gobierno. Como suele suceder con estos sistemas «participativos» todo se trataba de una farsa, manipulada por la familia y la tribu del líder, quien en las sombras manejaba todas las aristas del poder.
Entre sus «logros» se recuerda su apoyo a grupos terroristas y nacionalistas árabes en los 70 y 80, con episodios como la masacre de Lockerbie o el atentado contra una discoteca en Berlín frecuentada por marines de EE.UU., todo lo cual se saldó cuando Ronald Reagan bombardeó su complejo palaciego en Trípoli. A partir de allí Gadafi dejó las ambiciones internacionalistas, y se transformó en una figura casi decorativa en el panorama político mundial. Y sólo ocupaba las noticias cuando llegaba a alguna capital europea a instalar su faraónica tienda tribal, acompañado por su ejército de «enfermeras» y guardaespaldas. Incluso había expresado su apoyo al exenemigo estadounidense en la guerra contra el extremismo islámico, al cual veía como una amenaza a su eternización en el poder.
Ante este panorama, pocos lamentaron cuando en medio de la «primavera árabe», las protestas insinuaron que Gadafi sería el siguiente en la lista de tiranos desalojados, luego del egipcio Mubarak, o el tunecino Ben Ali. Pero en Libia la cosa no sería tan fácil.
Gadafi se aferró al poder y logró frenar la revuelta en base a una política de repartir sin pudor las prebendas petroleras del país, y a una sangrienta represión popular. Esto llevó a que los países europeos, con importantes intereses económicos en Libia pusieran el grito en el cielo. Así se comenzó a fraguar una intervención encabezada por la OTAN, que genera tantas dudas sobre su legalidad y justificación, como sobre las consecuencias que puede provocar a futuro.
Por ejemplo, parece increíble que el principal impulsor de esta intervención haya sido Francia, gran opositor a los hechos que terminaron con la invasión de Estados Unidos a Irak. Y casi tan llamativo es que Barack Obama, que fuera muy crítico de esa guerra, pese a sus dudas iniciales se haya prestado para encabezar este proceso bélico en Libia que ya ha dejado más de 50 mil muertos. También ha sido expresivo el papel jugado por el Tribunal Penal Internacional, quien tras cuatro décadas de gobierno despótico del coronel Gadafi, se apuró a emitir una orden de captura en su contra en cuanto comenzó la ofensiva final de la OTAN contra Trípoli. Como si de golpe se hubiera desayunado que Gadafi era un tirano sangriento.
Pero más allá de las dudas que genera la forma en que las potencias globales han intervenido en el conflicto interno libio, está la preocupación por lo que puede pasar a futuro. En una región azotada por el jihadismo islámico, la llegada al poder de una entidad difusa, sin demasiadas credenciales democráticas, y sin ningún dirigente visible de prestigio, hace temer sobre el destino de ese país. Un país que por su riqueza petrolera, su estratégica ubicación, frente a Europa y en medio del inestable Magreb, en caso de sufrir un proceso de vacío político prolongado puede desencadenar dolores de cabeza de proporciones para la comunidad internacional.
El fin de una era
01/Sep/2011