26-8-2011 Temor. La era Gadafi dejó el miedo sembrado en la población de la capital
TRÍPOLI | THE NEW YORK TIMES
Cuando los rebeldes irrumpieron por las verjas del complejo de Muamar Gadafi esta semana, Abdul Rahman Sharif estaba tan conmovido que, pese a los disparos, llevó con él a sus hijas, de 11, 15 y 18 años de edad, para que lo vieran por sí mismas.
Más tarde, al anochecer, regresó con su esposa. Al día siguiente, mientras volaban más balas, visitó el complejo con su madre nonagenaria.
Al reflexionar sobre el vertiginoso colapso del aterrador poder de Gadafi mientras él y su madre conducían de vuelta a casa, comentó que los libios ahora enfrentan un desafío más sutil. «Necesitamos deshacernos del pequeño Muamar Gadafi que todos llevamos adentro», dijo, describiendo una combinación de ansiedad, ilegalidad y cinismo que atribuyó a cuatro décadas bajo el arbitrario autoritarismo de Gadafi.
«Algunas personas lo odiaban, algunas personas morirían por él, pero, incluso si no te agradaba, influía sobre ti», destacó Sharif, de 56 años.
Residentes de Trípoli siguen aventurándose a las calles aún en disputa para quedarse boquiabiertos, al tiempo que exultantes rebeldes arrasan con los icónicos telones de fondo del teatral dominio de Gadafi: sus barracas y mansión en el complejo Bab al- Aziziya, la plaza de la vieja ciudad a la que le dio su nombre en honor a su revolución «verde«.
Además, reflexionaron sobre la inesperada fragilidad de su control sobre la ciudad. Muchas personas dijeron que su poder, como el de muchos tiranos, se fundamentaba principalmente en el temor que les había infundido a los libios, hasta que unas cuantas victorias rebeldes lo disiparon.
En los últimos días, comentaron residentes, vieron con asombro cómo, en cuestión de minutos, se desvanecían las fuerzas policiales y militares a las que tanto y por tanto tiempo habían temido.
Colapso. Ali Ayan, ingeniero de mantenimiento de aeronaves que estaba de visita en una casa en el barrio de la «Plaza Verde« con sus hijas, dijo que había visto a las tropas de Gadafi llenar el área con soldados y armas por la noche del sábado en anticipación a una insurrección.
Estaba allí viendo la estación Al Yazira cuando se informó que los rebeldes habían llegado a la plaza. Salió corriendo a ver mientras llegaban desde cuatro direcciones diferentes, en lo que al parecer era un ataque coordinado.
«Fue un buen plan», dijo Ayan. «A la media hora, la plaza estaba totalmente libre de cualquier ejército de Gadafi. Dejaron sus armas y equipamiento y algunos de sus uniformes y salieron corriendo, y fue una noche magnífica para los libios«.
Al igual que varios residentes más, Ayan destacó que siempre había sentido un escalofrío visceral cada vez que pasaba por Bab al-Aziziya. Cuando los muros del complejo finalmente fueron desgarrados, dijo, pensó en una icónica imagen del final de la Guerra Fría, cuando los rusos se sacudieron el temor del Kremlin.
Justamente como Boris Yelt-sin se montó a un tanque en el Parlamento de Rusia, los libios habían tomado la que solía ser la casa de su tirano, dijo. Después, recordó las palabras del presidente Ronald Reagan tras haber ordenado un ataque aéreo en 1986 sobre Libia para castigar a Gadafi por su apoyo al terrorismo en el extranjero: «Hemos hecho lo que teníamos que hacer… El pueblo libio hizo lo que necesitaba hacerse«, dijo Ayan.
Vacío. Una nueva representación del colapso del gobierno de Gadafi se desarrolló ayer en el Hotel Rixos, donde un puñado de guardias había detenido aproximadamente a 30 periodistas extranjeros mucho después de que los altos oficiales que trabajaban ahí huyesen.
En este hotel fue que el hijo de Gadafi, Seif al Islam, hizo una sorpresiva aparición este lunes, jurando que las fuerzas de los Gadafi estaban por recuperar la ciudad.
Varios periodistas dijeron ayer que los guardias que los detuvieron estaban tan aislados de otras fuentes de información que no sabían hasta qué grado estaba equivocado el hijo de Gadafi.
Pero, también ayer, comentaron varios reporteros, dos periodistas de habla árabe se sentaron con el jefe de custodios para exponer la situación.
«Miren, todos los abandonaron, todos los tipos importantes ya se fueron», les dijo un camarógrafo iraquí, contaron periodistas ahí presentes.
El jefe de los guardias estalló en llanto. Aterrado de las represalias rebeldes, los guardias entregaron sus armas a los periodistas e insistieron en que la Cruz Roja los escoltara fuera del hotel.
Resolución. De la misma forma, otros dijeron que las recientes deserciones de oficiales de alto rango del gobierno de Gadafi habían llevado la insurrección a un punto de quiebre sin regreso.
Sharif, empleado de la Compañía de Inversión Nacional de Libia, dijo que había observado durante varios años cómo otros eran ascendidos por encima de él debido a que se había negado a unirse a la maquinaria política de Gadafi y sus diversos «comités revolucionarios«.
El jefe de la compañía pudiera haber ganado dividendos mediocres, pero era un parangón de fidelidad política.
«Él estaba en la cima del comité revolucionario de Gadafi y todo estaba en orden, y, de pronto, al día siguiente, vi en por televisión que había huido«, declaró Sharif.
Cuando su jefe desertó, añadió Sharif, sabía que el final estaba cerca.
Después, tras los rezos nocturnos del sábado, oyó a hombres jóvenes a lo largo de su barrio y la ciudad saliendo en grandes números de mezquitas, gritando: «¡Dios es grande!« ¡Dios es grande!».
Él salió corriendo a su puerta para sumar su voz a la gritería popular. «Yo tengo 56 años», dijo Sharif, «pero esta revolución me hace sentir como si fueran los 70, como si fuera joven de nuevo».
Ayer, su madre llevó consigo una botella de perfume libio hecho en casa para rociarlo en Bab al-Aziziya, como tributo a los revolucionarios.
Ella dijo que su padre había muerto a los 90 años en 1972, apenas tres años después de la llegada de Gadafi al poder. Recordó que su padre le había dicho a la familia: «Verán días oscuros bajo él. Gracias a Dios que yo no voy a estar aquí para verlo».
Pueblo lucha por terminar con el terror dictatorial
26/Ago/2011
El País