LOS NAZIS AL PODER, UN ESTUDIO DE CASO
La clave es el Partido
László Erdélyi
DE LOS MILES de libros que se han escrito sobre el nazismo, sólo un grupo reducido analiza casos particulares, ocurridos en pequeñas comunidades o instituciones. El libro La toma del poder por los nazis, La experiencia en una pequeña ciudad alemana, de William Sheridan Allen, estudia el proceso desarrollado en la pequeña comunidad de Northeim, un pueblo de 10 mil habitantes cerca de Hannover, donde los nazis obtuvieron en 1928 un 5% de los votos, pero en 1932 llegaron a tener la mayoría absoluta con el 66% de los sufragios. El estudio, que sigue la vida cotidiana de varios protagonistas del pueblo es un pormenorizado relato de cómo los nazis, con la complicidad de amplios sectores de la población, destruyeron en forma sistemática un modo de convivencia democrático hasta implantar una dictadura totalitaria.
EL PARTIDO TOTAL. La crisis económica fue la madre de la criatura. Los desempleados del distrito administrativo de Northeim fueron creciendo a partir de 1928 hasta alcanzar, entre marzo y abril de 1932, la cifra de 14 mil parados. La Oficina de Desempleo del pueblo pagaba todas las semanas el subsidio a estos 14 mil, que desfilaban harapientos, resentidos y hambrientos, a veces con sus hijos a cuestas, por un pueblo de 10 mil habitantes. La violencia en las calles era insoportable, en particular entre los grupos de choque nazis y socialistas. El antagonismo de clases se agudizaba, lo cual alimentó una paradoja: la mayoría de los votos nazis no vino de los desempleados, sino de la clase media que miraba con desesperación la situación, y se sentía al borde del abismo. En la angustia de muchos los nazis sembraron el odio, y cosecharon venganza.
Los conquistaron voto a voto. A la hora del discurso electoral, si era necesario los nazis minimizaban su carácter violento y vulgar y se adaptaban a lo que cada grupo de electores quería oír. Por ejemplo, los judíos de Northeim estaban totalmente integrados; por lo tanto, durante mucho tiempo, las referencias antisemitas en los discursos siempre hablaban de un antisemitismo abstracto, de tal forma que el judío al que había que «odiar» no estaba precisamente en Northeim (hasta la Kristallnacht, Noche de los Cristales, 1938). Todo estaba cuidado, con reglas exactas redactadas que definían cómo organizar un mitin, qué papel deberían tener las tropas de asalto, cuándo y cómo solicitar «donaciones» a los concurrentes, qué entrada cobrar, cuándo y cómo debía intervenir el orador, hasta incluso un modelo de guión que establecía los diferentes clímax y anticlímax del acto, una hoja con espacios en blanco donde sólo había que poner el nombre del pueblo, el orador, etc.
Desde el Gau central del Partido en Hannover se ofrecían listas de oradores, cada uno de ellos con características específicas que se podían adaptar al tipo de electorado de cada localidad. También estaba escrito cuánto debían cobrar esos oradores, de dónde debía salir el dinero (nunca del recaudado en el mismo acto), qué debían comer, cuánto debían descansar entre actos. El tema del dinero era fundamental: debía garantizarse un flujo que alimentara futuros actos, gastos de propaganda y reclutamiento. Todo debía financiarse con recursos locales, no nacionales. El flujo de dinero era piramidal: de la base hacia la cima del partido.
Esta era la clave del sistema, dice Sheridan Allen: «un método para adaptar los actos de masas, con oradores apropiados, a los intereses y preocupaciones locales». Los resultados se medían de inmediato en términos de asistencia y contribuciones, «de tal modo que los temas y oradores eficaces podían repetirse» y descartar las combinaciones que no funcionaron. La financiación de abajo hacia arriba era el aceite que lubricaba el mecanismo de propaganda, y lo autorregulaba. Era un sistema de recolección de fondos muy democrático, opuesto al de los grandes contribuyentes de hoy que tanto problema le dan a los partidos políticos en democracia, y de efectos paradojales, porque sirvió para instaurar un totalitarismo modélico.
Las partes y el todo. El libro abunda en detalles, pero no es denso: reproduce el clima cotidiano de un pueblo chico e «infierno grande», con su dinámica provinciana de amores y odios, sus vínculos cara a cara, y multiplicidad de pequeñas organizaciones municipales, estatales, gremiales, sociales, políticas y sindicales -algunas muy antiguas y con pocos miembros- que los nazis fueron copando en forma lenta y sistemática. Hasta los numerosos coros que existían en el pueblo terminaron controlados y dirigidos por nazis, o se disolvieron.
Los retratos individuales también se hacen corpóreos, interesantes. Es el caso del líder nazi local Ernst Girmann, quien a medida que asciende hacia el poder se va mostrando como un oportunista grosero, paranoico, mesiánico, vengativo y corrupto, que no dudaba por ejemplo en exiliar del pueblo a sus enemigos políticos cortándoles toda posibilidad de subsistencia, y seguir haciéndoles la vida imposible aún cuando estaban lejos. Varios que resistieron al nazismo también resultan personajes inolvidables, cuyas actitudes quijotescas tuvieron diferentes destinos, nunca felices. Para sobrevivir y salvar a los suyos, algunos tuvieron que hacer cosas impensables.
Pero las culpas, alimentadas por traiciones y miserias personales, sobrevivieron a la guerra. La primera edición del libro (1965) ocultó el nombre de informantes y protagonistas, y llamó al pueblo con el nombre ficticio de «Thalburg». Tuvo buena crítica, y se consolidó como texto en cursos universitarios. En 1979 Sheridan Allen volvió sobre sus pasos, para descubrir con alegría que habían aparecido copias en Hannover de miles de cartas y documentos que el Gau nazi había intercambiado con Northeim durante todos esos años. Eran los registros íntimos de cómo funcionó la burocracia del partido nazi en el pueblo, sus tácticas de financiación y propaganda. Si bien las hipótesis centrales del libro resistieron o se vieron reforzadas por la nueva evidencia, crecía en el investigador la necesidad de revisar la primera edición, incluso utilizando el verdadero nombre de la población. Porque en 1966, cuando apareció la primera edición alemana del libro, la revista alemana Der Spiegel había identificado al pueblo, y le puso el nombre verdadero a la mayoría de los individuos mencionados en el libro. Aún así, la segunda edición revisada, que vio la luz en 1984, tiene un glosario de nombres donde varios aparecen aún con seudónimo (figura en un apéndice de esta versión en español). La necesidad de proteger a los individuos, aún 70 años después, es un dato que no puede pasar desapercibido.
El libro abre, en su primera página, con una cita clásica de Descartes del Discurso del Método, la frase que sugiere dividir el problema en tantas partes como sea posible para que el conjunto «se vuelva más inteligible». Una vez finalizado La toma del poder… el lector recordará el reducido número de protagonistas, las variables limitadas y el entorno aprehensible del pueblo, su clima bucólico, relativamente constante, y como todo ello ayudó a acercar la realidad de Northeim. Allí comprenderá, entonces, que Descartes aplica con rigor.
LA TOMA DEL PODER POR LOS NAZIS, La experiencia en una pequeña ciudad alemana, 1922-1945, de William Sheridan Allen. Ediciones B, 2009. Barcelona, 514 págs. Distribuye Ediciones B. La traducción de Gabriel Dols es correcta, y la edición bien cuidada.
La clave es el Partido
17/Sep/2010