Memorias de una resiliente

22/Jul/2011

El País Cultural, Andrea Blanqué

Memorias de una resiliente

22-7-2011
AUTOBIOGRAFÍA DE SIMONE VEIL Andrea Blanqué
A DIFERENCIA DE Simone de Beauvoir, Simone Jacob se casó y pasó a llamarse Simone Veil. Pero algo unió a ambas y no es casual que estas francesas fundamentales del siglo XX hayan coexistido en una puja que dio como resultado la despenalización del aborto.
Simone de Beauvoir fue la redactora del «Manifiesto de las 343», de 1971, en el que mujeres célebres declaraban que habían recurrido a la interrupción del embarazo, por lo que se exponían a las medidas judiciales. Los nombres de artistas abundaban: además de la filósofa redactora, aparecían Marguerite Duras, Agnès Varda, Catherine Deneuve, Jean Moreau, Francoise Sagan, etc.
Tres años más tarde, la otra Simone -como ministra de Sanidad y Seguridad Social durante el gobierno de Giscard d´Estaing- logró que la Asamblea Nacional aprobara la Ley Veil: el aborto ya no sería un delito en Francia, las francesas no debían recurrir a clínicas clandestinas exponiéndose a quedar mutiladas, ni tomar un autobús a Holanda en penosos charters.
Con ello Simone Veil se ganó el repudio de los católicos, sectores de derecha y rabinos ortodoxos, pero hasta el día de hoy es una mujer representativa y poderosa en la historia de la Francia contemporánea. Acaba de ser proclamada integrante de la Academia Francesa -la primera mujer que pudo lograrlo fue Marguerite Yourcenar- y en 2007, Veil decidió por fin escribir un libro de memorias, que tituló Una vida. Lleva vendidos un millón de ejemplares.
No es el libro de una escritora, sino de una protagonista del siglo XX. Fue abogada y se introdujo pronto en la esfera de la Justicia y los Derechos Humanos. Trabajó en cargos claves durante varios gobiernos y obtuvo por voto directo la primera presidencia del Parlamento Europeo. Pero lo más impactante es que toda esta trayectoria descollante fue posterior a su supervivencia de Auschwitz.
Deportada. Simone Veil es francesa y judía. Nacida en Niza en 1927, su padre arquitecto, sus tres hermanos y su madre componían una familia culta y feliz. Insiste en su condición francesa, aunque proclama que no hay un solo día de su vida en que no recuerde la Shoá y su experiencia en los campos nazis.
Para Simone Veil se puede ser un judío asimilado sin que ello implique una traición hacia su pueblo ancestral. Alerta siempre hacia el antisemitismo, desde que era una niña en el jardín de infantes -cuando un compañero la hizo llorar por decirle que su madre ardería en el infierno- hasta más tarde, ya funcionaria de alto rango, cuando escuchó decir a un político que existía un «lobby judío» en el gobierno, Simone Veil reivindica su condición de judía pero defiende a Francia como un país excepcional en cuanto a la tolerancia y la defensa de sus ciudadanos.
Laica y niña, hacía preguntas a su padre acerca de la especificidad judía. El padre le argumentaba acerca de su pueblo no con razones religiosas, sino culturales. Simone lo evoca diciéndole que ellos eran el pueblo del Libro, del pensamiento y de la escritura.
Simone cuenta, por ejemplo, cómo comían chucrut en Yom Kippur ante unos primos horrorizados. Pero pronto el humor y el amor desaparecen de su historia: en 1944, tras pasar la ocupación en Niza con documentos falsos, la jovencita Simone es detenida por la Gestapo en la calle y va a dar a Drancy, el campo de tránsito adonde iban a parar los judíos franceses. Y tras días de encierro, hambre, sed y mugre, llegó en tren a Auschwitz.
La familia integró la lista de 78.000 judíos franceses deportados por los nazis y el gobierno de Vichy. El padre y el hermano fueron conducidos a una zona donde se fusilaba a los recién llegados; una hermana vinculada a la Resistencia, que estaba desaparecida, fue al campo de mujeres de Ravensbrück, y logró sobrevivir. Simone, su madre y su otra hermana, llegaron al peor: por las chimeneas de Auschwitz un millón y medio de seres se convirtieron en humo. La autora reconoce que el hecho de haber sido deportada tarde fue la clave de su supervivencia: pocos prisioneros podían resistir tres inviernos con harapos en la nieve y completamente desnutridos.
También sabe que el azar jugó a su favor: una kapo de mala fama fue extrañamente amable con ella y la envió a un sector en donde el trabajo no era tan duro: para muchos el hecho de trabajar como esclavo en una zona u otra del gigantesco complejo determinaba la posibilidad de vivir. Cuando el ejército ruso se acercó, sesenta mil prisioneros fueron conducidos a pie hasta Alemania en las famosas «marchas de la muerte», donde quien caía era ejecutado de un tiro en la nuca. Su madre, su hermana y ella permanecieron con vida, pero una vez en Bergen-Belsen, se vieron confinadas en un infierno de prisioneros esqueléticos y enfermos de tifus: miles de llegados de campos sin comida ni ropa ni agua potable. Como Ana Frank, la madre de Simone se perdió entre las víctimas.
Cuando los aliados recuperaron a los sobrevivientes, solo quedaban 2000 judíos franceses de los 78.000. Simone era una de ellos. Sin embargo, Veil defiende a capa y espada a su país, tantas veces acusado de colaboracionismo y corresponsable en la deportación y matanza de sus judíos durante la ocupación. Su argumento se basa en cifras: sostiene que Francia fue el único país europeo ocupado por los nazis que logró salvar a las tres cuartas partes de sus judíos. Otros países tuvieron un porcentaje más monstruoso: en Grecia, por hablar de un país del Sur, la comunidad judía fue casi aniquilada. Si la mayoría de los judíos franceses quedó con vida, según Simone Veil, se debió a la gran cantidad de ciudadanos que ocultaron, albergaron o simplemente no delataron la presencia de judíos escondidos. O los ayudaron a huir. Tanto cuando se cumplieron 60 años de la liberación de Auschwitz -y Simone Veil concurrió hasta allí- como cuando en 2007 se realizó una ceremonia a los Justos de Francia (aquellos que salvaron judíos de la deportación), Veil pronunció apasionados discursos acerca del valor de estos ciudadanos, muchos anónimos, muchos ya muertos, que salvaron a sus compatriotas sin pedir nada a cambio, ni siquiera un reconocimiento, que por cierto tardó en ser otorgado.
UNA VIDA, de Simone Veil. Capital Intelectual, 2010, Buenos Aires, 273 págs. Distribuye Aletea.
No todos fueron resilientes
FRENTE A LA FIGURA poderosa de esta mujer sobreviviente -madre de tres hijos, abuela y bisabuela- que parece lograr todo lo que se propone, cabe recordar que no todos los sobrevivientes de la Shoá tuvieron una historia llena de triunfos para contar.
Elie Wiesel, otro sobreviviente, explica esa poderosa atracción por la muerte en su magistral Trilogía de la noche, cuando confiesa que un terrible accidente padecido fue voluntario. Paul Celan, el gran poeta de lengua alemana, se lanzó al Sena tras varias internaciones psiquiátricas. Primo Levi, hombre de una energía incomparable, luego de una vida dedicada a la enseñanza de la Shoá se tiró por el hueco de una escalera. Y el filósofo Jean Améry, no solo se suicidó en su tierra natal, Austria, sino que escribió una perturbadora apología del suicidio llamada Levantar la mano sobre uno mismo, donde defiende la idea de que «la vida no es el bien supremo».