Por Clara, por Uruguay

13/Jun/2011

El Observador, Andrés Alsina

Por Clara, por Uruguay

12-6-2011 Vio cómo los alemanes mataban a su hermano mayor y a su novia, y por eso va al frente de guerra
POR ANDRÉS ALSINA
Jaime Grill es el único soldado ruso que combatió en la segunda guerra mundial (1939-1945) que vive en Uruguay. Su historia en esos siete, tal vez ocho años, lo pone en el torbellino de un mundo convulsionado, lo hace vivir en Polonia, Rusia y Alemania sin moverse de su pueblo natal, sobrevivir varias veces en circunstancias extremas, le hace recordar dos caballos blancos que eran como leones, es amparado por un Schindler que no figura en internet, Fati, pero que efectivamente lo salva a él y a sus padres entre tantos otros, lo lleva a arriesgar el suicidio para salir de Katakurgan, un pueblo uzbeko casi todo bajo tierra, y termina enrolado en una fuerza de elite rusa, el 5º de Guardia, que es la que se encuentra con los aliados en el Elba, la que libera Auschwitz, la que toma Berlín por el sur. Y reencontrar a sus padres en una historia mágica de casualidad y constancia. La familia es muy importante para él, y él es judío pero no sufrió el antisemitismo en la vieja URSS. Eso sé hasta ahora.
No me quiere contar la historia. Tiene 85 años y un caminar dificultoso. Hace un año y medio murió su esposa Clara: 60 años juntos, 60 años como novios, sin una diferencia. Y Uruguay, adonde vino en 1947 también en condiciones extraordinarias. Una tía residente acá fue la causa del destino; la amplitud de miras del presidente Tomás Berreta eximieron a él y a su familia milagrosamente reunificada de los mil dólares por cabeza que se debían depositar para ingresar como inmigrantes. Sí, está bien, hablará si puede hacerlo en honor de Clara y de Uruguay. Me parece justo.
Con un rigor mental que debe haberle servido toda la vida, las circunstancias políticas van enmarcando su anécdota personal.
El pacto germano-soviético de 1939 y sus razones, las promesas de Hitler de independencia de Ucrania y la desconfianza que eso provocó en Stalin hacia los ucranianos, y cómo él, un judío polaco que supo aprender ruso en los dos años previos a la invasión alemana a la URSS, también aprendió alemán y le salía bien el sonido de la hache como jota que tanto le cuesta a los eslavos.
Los soviéticos le dan opciones: trabajar en las minas de carbón o al frente de guerra. Casi como concesión, menciona que vio cómo los alemanes mataban a su hermano mayor y a su novia, y así se entiende mejor que tanto quisiera ir al frente. Después de peripecias, cada una, una novela, va camino a incorporarse a filas. Así se encuentra con un soldado ruso que es artillero y se ofrece a enseñarle el oficio de manejar el mortero de 45 mm cuya base pesaba como un remordimiento y que seguramente cargó. Así se hace artillero y luego, como sabía cinco idiomas (aunque con hebreo yo cuento seis), va a parar al batallón de Comunicaciones que se forma en esa misma unidad, que resulta ser el 5º de Guardia. Revisa el libro de memorias del general soviético Iván Kónev buscando quién sabe qué precisión sobre los hechos que implicaron a esta rica historia de vida que me abruma y que es cruel reducirla al espacio de una nota. Por no hablar de los años de antes y después, pletóricos de hechos, sin duda.
Don Jaime no quiere fotos. No vale la pena, argumenta. El anonimato le sienta bien. Yo preciso una foto porque la página me lo demanda. Le pido una de los viejos tiempos y tiene dos como soldado. Él prefiere una copia mal hecha de una foto carné de sargento mayor porque en ella está con la identificación de su 5º de Guardia que tanto orgullo le da; yo prefiero una más nítida, con dos condecoraciones que no son tan importantes como para especificar qué son y el uniforme que parece que le queda grande pero que supo llenar de orgullo. No sé cómo, gano la cuereada. Pero me queda la historia por contar.