«…el paradigma vietnamita real se fundaba en esta tesis: los objetivos de la guerra sólo se alcanzan con la victoria militar. El paradigma palestino se funda en la tesis sistemáticamente opuesta: los objetivos de la guerra sólo se alcanzan con la derrota militar, siempre y cuando ésta se repita.
Multiplicar los muertos indefensos, alardear de armamento precario, elegir las tácticas de derrota, programar la inorganización material y moral de las propias poblaciones y, para terminar, rizar el rizo y reactivarla, convirtiendo la violencia más ciega en testimonio de que se es el más débil.
Los Estados árabes se congratulan por esto, felices de perpetuar por procuración la imagen lawrenciana de los pobres del desierto, pese a la evidencia del petróleo y de las limusinas; necesitan del palestino como los ricos necesitan del mendigo, para salvar su alma a través de la caridad; necesitan del palestino miserable; hablemos claro: necesitan del palestino muerto. Lo peor que podría pasar es que el palestino dejara de sufrir y morir; la perpetuación del nombre árabe arriesgaría a mostrarse como lo que es – perpetuación de la miseria organizada y del embrutecimiento programado.
A su vez, Europa se alimenta de esto pues encuentra así la confirmación de su paradigma dilecto: «La victoria es vergonzosa, la derrota es noble; el fuerte como tal es injusto, el débil como tal es justo». Desde el momento en que apostó por Arafat, podemos reconocer que eligió el buen partido. No tuvo que cambiar de bando porque Arafat no venció nunca en varias décadas, ni sobre Israel ni sobre los pueblos árabes. Estaba destinado a encarnar al justo perpetuo. Ignoro hasta qué punto los palestinos interiorizaron la representación que construyeron los europeos. En todo caso, sus representantes en Europa la reciclan sin tregua ante quienes aceptan escucharlos, con oído cada vez más compasivo y cada vez más distraído.
Subsiste una dificultad. Fuera de los europeos, nadie sabe quién es el fuerte y quién el débil en el Cercano Oriente. ¿El nombre judío es fuerte frente al nombre árabe? ¿Lo es frente al nombre musulmán? Sería sorprendente, vista la ley del número. Pero entonces, ¿el nombre palestino es débil si, como se afirma, es sinónimo del nombre árabe? ¿Por qué sería débil, dados la riqueza y el número de los que dicen ser sus soportes, sus hermanos? Y si no es sinónimo del nombre árabe, ¿qué es? Nada, quizás. A menos que el nombre árabe mismo sea nada más que el sueño de un fantasma. Pero el europeo no le interesan las incertidumbres de análisis. Bastan unas pocas imágenes: la foto de un niño muerto, de hombres y mujeres llorando, las filmaciones de casas destruidas.
Si algún día se revelara que, finalmente, el nombre judío era el más débil, siempre será hora para cambiar de bando; siempre será hora para lamentarse por la desaparición sangrienta de Israel y por la matanza salvaje de judíos –porque todo será sangriento y salvaje, no lo dudemos.»