OPINIÓN Tan acostumbrado está Lars von Trier a indagar en la esencia del mal que esta vez se le fundió el cerebro en directo
24/05/2011
MIQUEL MOLINA
Las estrellas con las que trabaja no suelen repetir con él porque como director las arrastra hasta el límite, mucho más allá de lo que se puede pedir a un actor. Nicole Kidman o Björk son dos ejemplos. Sus espectadores de toda la vida se desmarcaron de su Antichrist, su angustiosa película del 2009. Y ahora, su festival del alma, Cannes, lo declara persona non grata. Está por ver cómo afectarán tantos reveses a la personalidad atormentada de Lars von Trier. Su patética defensa de Hitler, pronunciada durante la presentación de su filme Melancholia en Cannes, lo ha convertido en un apestado. La intelectualidad europea lo ha vapuleado por mentar lo innombrable.
Así, mientras restaña sus heridas, Von Trier debe andar preguntándose, irritado consigo mismo, por qué demonios el que era su enésimo ejercicio de indagación personal sobre el mal absoluto lo tuvo que hacer a micro abierto y frente a centenares de periodistas (“De repente me di cuenta de que no estaba rodeado de amigos”, dijo después). ¿Por qué retransmitió urbi et orbi su compasión por el Diablo?
Sabemos que Mick Jagger compuso Sympathy for the devil tras leer El Maestro y Margarita, de Bulgákov. Como tantas otras veces, Jagger se acercó entonces al diablo de una manera superficial, para no salir chamuscado. Consciente de que debía satisfacer a una audiencia a la que ponían enferma los grupos modositos, como The Beatles, Jagger se pasó la vida coqueteando con los demonios. Aún lo hace desde su privilegiado estatus de celebridad global. Pero no nos lo creemos.
Lo que para el líder de los Rolling Stones es puro teatro, para Lars von Trier, en cambio, ha sido siempre una dolorosa indagación en la esencia verdadera del mal. Recordemos, si no, su filmografía. El delirio sulfuroso de Antichrist es sólo la máxima expresión de una obra construida película a película como una telaraña diabólica, la misma en la que quedaban atrapadas sus heroínas: Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad, Dogville… Cámara en mano, Von Trier nunca ha dejado de chapotear en los infiernos cotidianos. Nunca. Sólo que, ahora, la atrocidad la ha soltado en directo y fuera del espacio acotado de sus películas.
Había poco de provocación en sus palabras. Von Trier, un tipo maltratado por fobias y depresiones proporcionales a las expectativas que suscitan sus estrenos, hablaba en realidad para sus adentros. Por desgracia, es muy probable que su elogio inequívoco del nazismo fuera sólo la tesis que precede a la antítesis. Eso es precisamente lo que sustenta la arquitectura de sus películas, la tensión no resuelta entre el horror y el bien. La lástima, para él, es que el razonamiento en voz alta le quedó muy cojo: sólo hizo de altavoz del mal, sin que compareciera esta vez el ángel.
Condenado a las tinieblas, como ese tren que surca las noches en Europa, Von Trier tiene difícil salir de esta. La inteligencia francesa, tan tolerante con la incontinencia sexual masculina, será más indulgente con el pasado de violador de menores de Roman Polanski que con su exabrupto antisemita. Como le pasa al filonazi Céline, cuyos aniversarios ya no pueden ni celebrarse, la obra de Von Trier se la llevarán los demonios. La culpa es suya.
“Pleased to meet you, hope you guess my name”, rezaba la canción.
¿Simpatía por Hitler?
25/May/2011
La Vanguardia, Miquel Molina