SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor legislador Pablo Abdala.
SEÑOR ABDALA.- Señora presidenta: me sumo a la bienvenida que tuvo lugar al inicio de esta sesión. También doy la bienvenida a la señora ministra de Educación y Cultura, cuya presencia representa al Poder Ejecutivo en el Parlamento, en esta ocasión tan señalada.
Creo que el Parlamento uruguayo hace muy bien en realizar esta conmemoración todos los años. Tiene la sana costumbre además de la obligación internacional de llevar adelante este acto para rememorar el horror del Holocausto, que está simbolizado en lo que hoy se recuerda: la caída del campo de exterminio de Auschwitz, de la cual se cumplen setenta y cinco años.
Por supuesto que este es un acto de recordación histórica, pero también debe tener el anhelo de proyectarse hacia el futuro. Esta ceremonia se recrea todos los años, se da en el contexto del país del momento, e importa mucho que este acto siempre sea oportuno, justo, necesario y, sin ninguna duda, conveniente.
Con relación al contexto, quiero hacer dos referencias iniciales.
La primera es de carácter personal y, por lo tanto, será muy breve, pero me resulta ineludible. El próximo 15 de febrero se inicia una nueva legislatura y yo ya no estaré en el Parlamento, pero lo que quisieron las circunstancias o la Providencia y yo quiero agradecerlo es que esta última intervención que me toca realizar en el Parlamento nacional esté referida a este tema tan singular, que tanto tiene que ver con los derechos humanos, con la dignidad de las personas, con el pasado por supuesto , y, especialmente, con el presente y con el futuro. Por lo tanto, la circunstancia de hablar hoy, una vez más, y tal vez por última vez en este ámbito, en representación de mi Partido Nacional, tiene para mí una significación especial.
La segunda referencia -que probablemente sea la que más importa- es la continuidad y el consenso que el Estado uruguayo y el Parlamento nacional exhiben con relación a este asunto. Esto se refleja en la expresión del conjunto de los partidos políticos que estamos representados en las Cámaras en cuanto a la interpretación de los hechos. Por supuesto, eso no es decir mucho, porque la verdad histórica es incuestionable -está a la vista de quien quiera verla y también de quien no lo quiera-, pero resulta clara la actitud política y espiritual de los partidos políticos uruguayos al condenar lo que con relación a esto hay que condenar, y al hacerlo hacerlo con la frecuencia, la periodicidad y el énfasis con que todos, sin distinción, lo realizamos. Creo que en los discursos de la mañana de hoy eso quedará elocuentemente manifestado.
La Resolución Nº 60/7, que nos obliga a realizar este acto, esta conmemoración, es bienvenida a lo largo del mundo, pero considerablemente tardía. A lo largo del tiempo, las Naciones Unidas han demostrado con respecto a este tema y -diría- con relación a otros genocidios una cierta pereza o unos reflejos lentos. Esto ha pasado y sigue pasando con relación al genocidio armenio; también sucedió con respecto a una infame resolución que, en algún momento, equiparó o pretendió equiparar el sionismo con el racismo.
Más allá de eso, creo que esta resolución está bien y viene a llenar un vacío, aunque -repito- nos hubiera gustado que se hubiese dictado mucho antes. Creo que lo medular de la resolución, más allá de la evocación de los hechos y de poner de manifiesto el relato de los acontecimientos dramáticos que se conmemoran, es la sustancia: el rechazo y la prohibición del negacionismo, es decir, la definición imperativa de prohibir toda negación del Holocausto judío, en la medida en que eso implica alguna forma de intolerancia religiosa o étnica, provenga de donde provenga. La resolución nos manda prohibir y rechazar ese tipo de prácticas, actitudes o interpretaciones con relación a los acontecimientos históricos.
Yo creo que ese contenido de esta resolución está en el trasfondo o en la génesis de la sesión de la Comisión Permanente del día de hoy, y se expresa en el consenso y el compromiso que hoy todos los partidos políticos venimos a reafirmar al hacer esta reflexión colectiva.
Sin duda, el siglo XX fue trágico para la humanidad. Más allá de los avances materiales y del desarrollo tecnológico y científico, creo que, desde el punto de vista de los derechos humanos, sin duda, hubo un severísimo retroceso, debido a la profunda agresión que sufrieron, independientemente de las guerras en el sentido convencional. Hasta ese momento, las guerras o los enfrentamientos bélicos estaban referidos como señalaba muy bien el señor legislador Jorge Pozzi a las disputas por el territorio, por el poder, por las posesiones materiales, por cuestiones ideológicas o de geopolítica. El siglo XX instaló, particularmente por el episodio que hoy conmemoramos, un concepto verdaderamente dramático, que es el de la limpieza étnica. Sin ninguna duda, es un concepto aberrante, bochornoso, abyecto; representa ni más ni menos que el derecho que alguien cree tener de matar a otro por la mera circunstancia de que cometió el delito de haber nacido. E incluso hay algo peor: yo diría que ese concepto representa la inmoralidad delirante de aquel que se cree con el derecho de exterminar a otro por la sola circunstancia de creerse superior a él.
Más allá de señalar esto enfáticamente como, por supuesto, hacemos todos los años , lo más importante es que asumamos que, aunque el siglo XX ya pasó y estamos en el siglo XXI, esto no es garantía ni seguro de nada. Lo que digo tiene que ver con algo que también expresó recién el señor legislador preopinante: el paso del tiempo no implica que esto haya quedado definitivamente en el pasado. El cambio de siglo o el hecho de que hayan transcurrido setenta y cinco años no deben servir de excusa para la impasibilidad, para la inercia, para la indiferencia frente a estos hechos. Si esa es la actitud que asumimos, corremos el grave riesgo de que los enemigos de los que nos creíamos haber librado estén acecho, prontos para pegar su próximo zarpazo. Por lo tanto, creo que esta tiene que ser una recordación de los hechos históricos, pero debe contener, al mismo tiempo, un sentido de alarma, de vigilia, de vigilancia, para eliminar cualquier tipo de rebrote o vestigio que represente la más mínima posibilidad de que algo como aquello o similar pueda llegar a reproducirse.
Creo que el mejor homenaje que podemos tributar a la valentía de los seis millones de judíos que murieron en los campos de concentración y de los sobrevivientes de esos centros que, sin ninguna duda, también fueron muy valientes es preservar la memoria, pero no en términos de reproducir el relato y repetirlo, sino, fundamentalmente, manteniendo viva la memoria ejemplar, la memoria activa. La memoria por sí sola es frágil, corta y selectiva; por lo tanto, hay que alimentarla. Repito: yo creo que hay que alimentarla, y por eso valoro mucho los términos de la resolución de Naciones Unidas en este caso, en el sentido de que la memoria incluye el discurso prohibido; si se quiere, incluye una limitación a la propia libertad de decir cualquier cosa en nombre de la libertad, porque eso no es admisible. Los que somos liberales y amamos la libertad tenemos de ella un concepto prácticamente ilimitado, pero en nombre de la libertad no puede hacerse cualquier cosa. Si eso ocurre, pues, entonces, en la propia libertad estará el germen que conduzca a su debilitamiento y, aun, a su propia destrucción. Negar el Holocausto es reivindicar el mal, legitimar el odio, postular el exterminio y también terminar atentando contra la propia libertad.
Dado que -repito- estas instancias deben servir para evocar hechos y, al mismo tiempo y especialmente, para reflexionar acerca de ellos, de nuestra propia condición y del desarrollo de los derechos humanos, el otro aspecto que me interesa señalar es que en este tema hay que trabajar en todos los planos. Debemos trabajar en el plano de lo colectivo, por supuesto, como hoy, que, colectivamente, los partidos políticos representados en el Parlamento nos hemos convocado para expresar nuestros puntos de vista y nuestras reflexiones con relación a todo esto, pero no hay que despreciar ni perder de vista que todos debemos actuar también en otro plano, que es el individual o el de la responsabilidad personal.
No alcanza, simplemente, con asignar la culpa histórica; tampoco basta con un acto de estas características, por importante que sea -sin duda, lo es; por algo lo estamos llevando a cabo. Debemos admitir con toda la crudeza que eso pueda implicar que todos terminaremos siendo en alguna medida cómplices si en nuestra vida cotidiana, en nuestra vida de relación no asumimos un comportamiento y una conducta claros a este respecto, que se expresen en las más sencillas cosas de todos los días, en nuestros actos, en nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestras actitudes para con los demás; seremos cómplices si a través de todas estas expresiones, todos los días, no fomentamos la paz y la tolerancia en vez del odio y la intolerancia.
En la parábola del buen samaritano a la que recurrimos permanentemente y en la que abrevamos los cristianos está la explicación de lo que acabo de decir: es necesario amar al prójimo como a uno mismo y distanciarnos según el Antiguo Testamento del comportamiento de Caín, quien cuando fue preguntado por Dios con relación a su hermano Abel no asumió la debida responsabilidad por él. Esa es la misión y la responsabilidad ya no colectiva, ya no como sociedad, ya no como sistema político, sino personal e individual, de cada uno de nosotros no como legisladores, por supuesto, sino como seres humanos, e inexorablemente debemos asumirla para contribuir a lo que creo que todos compartimos: que nada de esto ni nada similar debe reproducirse en el futuro.
Yendo al plano de la acción de gobierno, de más está decir que con relación a estos temas es menester que haya una política de Estado en materia de derechos humanos que esté en el centro de las políticas públicas, que tenga un particular apego por el derecho internacional de los derechos humanos y haga real y efectivo el cumplimiento del artículo 72 de la Constitución nacional esa joya de nuestro derecho constitucional , que establece que rigen en toda su extensión las garantías y los derechos que derivan de la forma republicana de gobierno y son inherentes a la personalidad humana, más allá de que no tengan previsión legal o reglamentación. Pero lo más importante es tener una política de derechos humanos que recoja el consenso de la sociedad en el sentido de que no tienen etnia ni raza ni religión ni color político, y no reconocen derechas ni izquierdas. En todo caso, más allá de dónde ocurran violaciones a los derechos humanos, torturas, vejaciones o matanzas, corresponde condenar sin ambages esas conductas.
De la mano de esto tenemos otro deber como integrantes de la sociedad, en particular, quienes formamos parte del sistema político y nos enorgullecemos por ello: cuidar la democracia. Con todas sus imperfecciones, sus debilidades y sus limitaciones, la democracia fue, es y seguirá siendo el único antídoto contra las tentaciones totalitarias. Debemos tener presente ahora sí, yendo al repaso de los hechos que el Holocausto fue la desembocadura de un proceso. No se pasa repentinamente del blanco al negro, y todos sabemos muy bien que los hechos históricos indican que Hitler empezó por eliminar el pluralismo, siguió por restringir las libertades, y después prohibió la prensa libre y confundió el Estado con el partido nazi, generando un régimen de partido único y anulando, por lo tanto, la disidencia y el derecho de los demás a pensar diferente. Por esa vía, entonces, fue preparando lo que él y el régimen que representaba calificaron como la «solución final». Por eso, todos, desde el primer ciudadano hasta el último, tenemos el impostergable deber de cuidar la democracia, de regarla todos los días como si fuera una planta, porque si no la cuidamos, corremos el serio riesgo de que se marchite.
Está muy bien realizar este acto y los que a lo largo del día de hoy se van a llevar a cabo, que por suerte son muchos; está muy bien que se hagan actos en el Uruguay, como se hacen en el mundo entero. En el lugar de los hechos, en Polonia, en el territorio de Auschwitz, está previsto que hoy se efectúe una conmemoración a la que todos estaremos atentos. También estuvo muy bien la cumbre de líderes mundiales que se realizó en Jerusalén la semana pasada y concitó la presencia de más de cuarenta jefes de Estado. Pero insisto: todo eso está muy bien y, sin duda, estará mucho mejor si cada uno de nosotros no rehúye la misión que individualmente debe cumplir en cuanto a tener una actitud espiritual que fomente la paz, la tolerancia y la vida pacífica en la sociedad.
Por último, quiero referirme a un libro que no puede dejar de leerse: Un grito por la vida, de Chil Rajchman, sobreviviente del campo de concentración de Treblinka. En esa obra, Rajchman hace un relato dramático. Es alarmante e impactante leer en las páginas del libro los sucesos que va desgranando de su experiencia personal en ese campo de concentración; cuenta, por ejemplo, que, entre otras cosas, lo obligaban a cortarles el pelo a sus compatriotas, quienes minutos después serían ingresados a la cámara de gas. En lo personal, creo que lo más maravilloso de ese libro es su nombre: Un grito por la vida. Rajchman pudo haberle puesto, por ejemplo, Un grito de muerte; sin duda, esa denominación hubiera estado alineada con la verdad histórica y a nadie le habría sorprendido. Pero el hecho de que el nombre sea Un grito por la vida condensa, resume e interpreta el verdadero mensaje que el Holocausto nos deja a todos. ¡Un grito por la vida es lo que todos, absolutamente todos, debemos dar todos los días!
Gracias, señora presidenta
Diputado Pablo Abdala: “El paso del tiempo no implica que el Holocausto haya quedado en el pasado”
29/Ene/2020