5-5-2011 POR BRAHMA CHELLANEY PROFESOR DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS EN EL CENTRO DE INVESTIGACIONES POLÍTICAS DE NUEVA DELHI
La muerte de Osama bin Laden a manos de fuerzas especiales de Estados Unidos en un asalto con helicópteros a una gran mansión lujosa cerca de Islamabad recuerda a la captura de otros dirigentes de Al Qaeda en ciudades paquistaníes. Una vez más, vemos que los verdaderos refugios terroristas no están situados a lo largo de las fronteras de Pakistán con Afganistán y la India, sino en puntos del interior del Pakistán. Ello pone de relieve, a su vez, otra realidad fundamental: la de que no se puede obtener la victoria en la lucha contra el terrorismo internacional sin desmilitarizar y desradicalizar Pakistán, incluidas medidas destinadas a reequilibrar las relaciones entre civiles y militares en ese país y frenar a sus canallescos Servicios de Inteligencia Conjuntos (ISI).
También se descubrió que otros dirigentes terroristas capturados en Pakistán desde el 11 de setiembre de 2001 -incluidos Jalid Sheij Mohammed, que ocupa el tercer puesto de mando de Al Qaeda; Abu Zubeida, jefe de operaciones de la red; Yaser Jazeeri; Abu Faraj Farj; y Ramzi Binalshibh, uno de los coordinadores del atentado- vivían en ciudades de Pakistán.
Si alguna sorpresa depara el escondrijo de Bin Laden es su localización en una ciudad militar, Abbottadad, a la sombra de una academia militar.
Así queda de relieve claramente la importante protección que Bin Laden ha debido recibir de elementos de la dirección de la seguridad paquistaní para ayudarlo a eludir las pesquisas de Estados Unidos durante casi un decenio. El gran avance para su captura no se produjo hasta que EEUU, aun a riesgo de romper sus ya antiguos vínculos con el Ejército y los ISI paquistaníes, desplegó varios agentes especializados de la CIA, fuerzas de operaciones especiales y contratistas en lo más profundo de Pakistán sin que lo supiera el Ejército paquistaní.
En los últimos años, después de que sus jefes superiores de operaciones fueran capturados o muertos y Bin Laden se refugiara en Pakistán, Al Qaeda, profundamente escindida, ya había perdido la capacidad para organizar un importante ataque internacional o amenazar abiertamente los intereses de EEUU. Con la muerte de Bin Laden, es probable que Al Qaeda acabe desapareciendo como organización.
Aun así, se espera que su peligrosa ideología continúe activa y motive a agentes no estatales con patrocinio estatal. Serán principalmente esos elementos los que tendrán la capacidad para lanzar importantes ataques terroristas transnacionales, como los de Bombay en 2008. Incluso en Afganistán, el principal enemigo del Ejército de EEUU no es Al Qaeda, sino unos talibanes resurgentes, que disfrutan de un refugio seguro en Pakistán.
Esa es la razón por la que es probable que se centre la atención en el nexo terrorista dentro de Pakistán y el papel -y las relaciones- de agentes estatales y no estatales en ese país. Resulta significativo que, cuando la CIA cercó a Bin Laden, el presidente del Estado Mayor Conjunto de EEUU, almirante Mike Mullens, haya vinculado por primera vez públicamente al Ejército paquistaní con algunos de los militantes que atacaron a las fuerzas de EEUU en el Afganistán.
Las milicias islamistas autóctonas de Pakistán siguen actuando abiertamente y el Ejército y los servicios de inteligencia paquistaníes siguen negándose a cortar sus estrechos lazos con elementos extremistas y terroristas.
Para EEUU, Pakistán plantea un problema particularmente difícil. Pese a haber facilitado US$ 20.000 millones a Pakistán en ayuda contraterrorista desde el 11 de setiembre de 2001, EEUU ha sido correspondido a regañadientes, en el mejor de los casos, y ha contado con una falsa cooperación, en el peor. Actualmente, en plena ola de antiamericanismo en aumento, la política de EEUU en Pakistán está desbaratándose. Sin embargo, Pakistán, que tiene una de las menores proporciones entre impuestos y PBI del mundo, ha pasado a estar más dependiente que nunca de EEUU.
Justo cuando los estadounidenses están alborozados por la muerte de Bin Laden, el gobierno de EEUU debe reconocer que su fracasada política en Pakistán ha convertido inadvertidamente ese país en el principal refugio terrorista del mundo.
En lugar de contribuir a la constitución de unas instituciones sólidas en él, EEUU ha mimado a la dirección militar paquistaní, infiltrada por yijadistas, de lo que el reciente plan de ayuda de US$ 3.000 millones para el próximo año fiscal constituye el mejor ejemplo. Después que desalojara de su puesto al dictador Pervez Musharraf, el nuevo gobierno civil paquistaní ordenó a los ISI que obedecieran las órdenes del ministro de Interior, pero no recibió apoyo de EEUU para ese intento de imponer el mando civil, lo que permitió al Ejército frustrarlo rápidamente. Después de ocupar su cargo, el presidente de EEUU, Barack Obama, aplicó un repentino aumento militar en Afganistán. Sin embargo, en Pakistán aplicó un aumento de la ayuda, con lo que lo convirtió en el mayor beneficiario de ayuda de EEUU, pese a que la dirección talibana afgana y los restos de Al Qaeda permanecieron instalados en el país. Lo único que se consiguió con ello fue una mayor participación de EEUU en la guerra en la que no debía hacerlo, con lo que Pakistán se envalentonó y fortaleció a los talibanes afganos, precisamente cuando los continuos ataques de EEUU seguían debilitando gravemente a Al Qaeda.
Debe quedar claro: el flagelo del terrorismo paquistaní emana más de los generales del país, bebedores de whisky escocés, que de los mulás, que desgranan las cuentas de sus rosarios. Han sido los generales que se declaran laicos los que han criado a las fuerzas de la yijad y han engendrado a los talibanes, a Lakshar-e-Taiba, a la milicia de Jalaluddin Haqqani y otros grupos. Y, sin embargo, al echar la culpa de su actual política terrorista por poderes a los mulás marionetas, los generales han hecho creer a EEUU que lo principal es contener a los grupos marginales religiosos y no a quienes tiran de los hilos de las marionetas.
En realidad, la conversión de Pakistán en una mazmorra yijadista no se produjo con un gobierno civil sino con dos dictadores militares: uno que alimentó y dio rienda suelta a fuerzas yijadistas y otro que llevó a su país hasta el borde mismo del precipicio.
Sin una reforma del Ejército pakistaní y de los ISI, no se podrá poner fin al terrorismo transnacional, ni se podrá construir una nación paquistaní genuina.
¿Cómo va ser Pakistán un Estado «normal», si su Ejército y sus servicios de inteligencia siguen sin estar sometidos a una supervisión civil y el poder decisivo sigue en manos de los generales del Ejército?
Una vez muerto Bin Laden, la única forma de que Al Qaeda pueda reconstituirse es la de que el Ejército paquistaní consiga volver a instalar un régimen títere en Afganistán. Mientras no se acabe con el férreo control del poder por parte del Ejército paquistaní y no se reduzca el tamaño de los ISI, es probable que Pakistán siga siendo la zona cero para la amenaza terrorista que afronta el mundo.
El Pakistán de Bin Laden
05/May/2011
El Observador, Brahma Chellaney