Los 71 años de una resolución histórica

22/Nov/2018

Por Daniel Rodríguez Oteiza, para CCIU

Los 71 años de una resolución histórica

Hace 71 años –la fecha exacta es el jueves 29 de noviembre- el Dr. Oswaldo Aranha anunció al mundo, desde la presidencia de la Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York, que el Plan de Partición de Palestina –impulsado por mi padre, Enrique Rodríguez Fabregat en la comisión de Unscop,- estaba aprobado por 33 votos a favor, 13 en contra y diez abstenciones. Se abría el camino para que dos nuevos Estados –el Palestino e Israel- nacieran y se incorporaran a las naciones libres e independientes de la Tierra. Al otro lado del mundo, en Palestina, 650.000 judíos se habían congregado en las plazas y calles, así como en casas, bares y confiterías para seguir con expectativa e incontenible emoción cada voto que se emitía en la sala de reuniones de la Asamblea General. Cuando Aranha confirmó que la resolución había obtenido la mayoría, hubo un estallido espontáneo de alegría en la gran comunidad judía en Palestina. El sueño milenario se hacía realidad: el pueblo judío tendría su país, que según lo expresado por la Resolución 181 de Naciones Unidas, debía desarrollarse y crecer en armoniosa convivencia y relación, así como en cooperación con el Estado Árabe (así lo denominó el texto aprobado) o Palestino, hasta que los dos tuvieran su economía fortalecida y siguieran sus propios caminos. El propósito se alcanzó solo en parte.
A primera vista puede pensarse que la resolución -que hasta el presente tiene fuertes repercusiones en la escena internacional y sigue marcando la historia de la humanidad- se aprobó como resultado de un proceso fácil. Nada más alejado de la realidad. En los casi tres meses en los que actuó Unscop –realizó su primera sesión el 26 de mayo de 1947 y finalizó la tarea de redactar los informes el 31 de agosto de ese año- se definió, en gran medida, lo que sería la compleja historia de Medio Oriente por décadas. Una historia que continúa y sigue estremeciendo al mundo.
Los meses en los que actuó Unscop –lo sé por los exhaustivos relatos que me hizo mi padre- estuvieron signados por las presiones de las grandes potencias, la necesidad de superar los obstáculos que se pusieron en el camino para intentar impedir que los diplomáticos cumplieran su misión, y las profundas discrepancias y duras discusiones en el ámbito de la comisión entre los partidarios de la Partición de Palestina –mi padre apoyado por el embajador de Guatemala, Jorge García Granados, con quien tenía gran amistad sostuvieron la solución de los dos Estados- y los países que planteaban otras fórmulas que, en los hechos, -en opinión de mi padre-, significaban someter al pueblo judío a un gobierno en el que no tendría decisión.
Los miembros de Unscop recorrieron miles de kilómetros en Palestina y otros lugares de Medio Oriente y hablaron con todos los sectores de la sociedad, desde los gobernantes hasta los vendedores de frutas y verduras en los mercados. Fue el único tema en el que hubo unanimidad en Unscop: tener el panorama más amplio posible de opiniones y visiones.
Hablar con toda la sociedad incluía –en el concepto de mi padre- a un grupo armado que estaba en la clandestinidad: el movimiento Irgún liderado por Menahem Begin. Mi padre había hecho los contactos con Begin desde Nueva York. Y, junto con García Granados, sin que el resto de la comisión tuviera conocimiento del hecho, fueron protagonistas de un encuentro de dos horas con Begin, en el lugar donde este estaba oculto, ya que era buscado por las fuerzas armadas británicas. Begin estaba asombrado porque los representantes de dos países quisieron hablar con él y conocer su postura. Los pasos previos, la reunión, y el retorno tras el diálogo, fueron una riesgosa aventura.
En definitiva, la opinión de todos los sectores –los países árabes y la comunidad judía- fue recogida en el informe presentado a la Asamblea General de Naciones Unidas.
La tarea no terminó con la presentación del informe, sino requirió de numerosas gestiones diplomáticas reservadas para convencer con argumentos a numerosos gobiernos que debían votar la Partición.
En el discurso que hizo ante la Asamblea General para fundamentar el Plan de Partición, mi padre, que era un hombre de paz, afirmó: “Sabiendo la carga de responsabilidad que esto significa, pero comprendiendo que es necesario terminar el quebranto y el drama de los pueblos de Palestina; (…) es necesario transformar el hogar nacional del antiguo mandato en el Estado y en las dos naciones que por este proyecto se crean; es necesario velar porque esta crónica de duelo y de sangre que ensombrece el horizonte en los hechos de cada día, termine bajo esta conquista que será para siempre la primera gran conquista moral de las Naciones Unidas”.
Siempre tuvo esa convicción. Que también era la convicción y la posición del presidente Luis Batlle. Lo que mi padre hizo fue plantear la postura del gobierno de Uruguay en contacto permanente con el presidente Batlle. Y siempre lamentó que solo se hubiera convertido en realidad la mitad del plan: el Estado Judío (como lo denominó la resolución) o Israel surgió como país independiente y como una democracia, pero por motivos históricos que son conocidos, hubo rechazo de parte de los países árabes y el Estado Árabe o Palestino, no se concretó. Al declarar su independencia en mayo de 1948, de acuerdo con la resolución de Naciones Unidas, Israel fue invadido por los ejércitos de Egipto, Jordania, Siria, Irak y Líbano. Fue el primero de varios desafíos a su existencia que enfrentó Israel.
El martes 27, en la sede de la ORT en Pocitos, por la gentil invitación de la Comisión Rodríguez Fabregat, que encabeza el Sr. Ernesto Stolowicz y está vinculada al Comité Central Israelita, junto con Rodolfo Fatorusso, expondremos sobre estos y otros hechos en un encuentro titulado “Uruguay en 1947, Contexto Histórico de la Resolución 181 de la ONU”.