Juan Pedro Revuelta recorrió el campo de
exterminio de 2009 a 2011. Retrató lo que no se enseña en tours turísticos. Y
le marcó. Mostramos en exclusiva un conjunto de sus fotografías, que van a ser
expuestas en las diferentes juderías de España.
Auschwitz es el lugar del dolor
interminable. Ni el paso del tiempo, ni su museización y consiguiente absorción
por los tours turísticos, ni tampoco el relativismo político que impera en la
segunda década del siglo XXI y que se atreve a negar lo innegable, han
conseguido difuminar la huella indeleble de un drama que se interioriza con
cada bocanada de aire. Si se respira pausadamente, con los ojos cerrados,
todavía se huele a carne quemada. El tiempo allí se ha detenido en el espesor
de las cenizas. El dolor llega a ser tan íntimo e indefinible que, cuanto se
mira, se contempla por primera vez. Se trata de una epifanía de la imagen que
restituye el poder de lo visual frente al estereotipo, y que deshace cualquier
icono en la brasa del descubrimiento. Uno de los testimonios más excepcionales
y conmovedores que ha dejado esta aproximación a la atmósfera de primeras
imágenes del campo de concentración nazi es la colección de fotografías que,
bajo el conciso título de «Auschwitz-Birkenau», realizó entre 2009 y 2011 Juan
Pedro Revuelta. Con un permiso especial para transitar fuera de los circuitos
turísticos, Revuelta registró centenares de imágenes con las que estableció una
relación obsesiva que le sumió en un proceso de trabajo y búsqueda infatigables
de casi tres años. Agotado emocionalmente, y sumergido –según sus propias
palabras– en un «limbo creativo» en el que lo importante era terminar el
proyecto a toda costa, decidió guardar el resultado final y no mostrarlo hasta
ahora. Justo antes de que esta colección de fotografías vaya a ser expuesta en
las diferentes Juderías de España, y ante el interés mostrado por el Museo del
Holocausto de Jerusalén en su exhibición, la presentación aquí de
«Auschwitz-Birkenau» supone mucho más que una primicia: sitúa ante los ojos de
todos un diario de dolor personal y colectivo cuya densidad ha sido rara vez
lograda por la fotografía contemporánea.
Pelo y zapatos
Juan Pedro Revuelta no se encontró
casualmente con Auschwitz; lo buscó. Y el origen de este interés se halla en la
conmoción que le produjo el mítico documental de Claude Lanzmann, «Shoah»
(1985), en cuyas más de nueve horas de metraje se elaboró un espeluznante atlas
visual de la memoria del Holocausto. Reconoce Revuelta que, después de visionar
«Shoah», «me quedé tan impactado que sentí la necesidad de conocer aquel lugar.
Debo decir que en mi cabeza llevaba la influencia de aquella película y que
jamás pensé en lo que iba a descubrir y cómo iba a desarrollar posteriormente
el trabajo». Tan grande fue la deuda emocional y artística contraída por
Revuelta con Lanzmann, que le envío una carta agradeciéndole el haber sido su
fuente de inspiración. El destino quiso que el día en que finalmente pudo
conocer personalmente al realizador francés fuera aquél en el que enterraba a
su madre. La exploración de la memoria visual del Holocausto quedaba, de esta
manera, marcada por un drama que determinaría los elementos esenciales del
proyecto.
Uno de los aspectos que más desconciertan
al visitante de Auschwitz es la familiaridad del dolor que allí se palpa.
Parece que fuera el dolor de todos, sin excepción, y que los cuerpos
incinerados de los millones de víctimas constituyesen un fatídico patrimonio
común grabado en el mapa genético de cada uno de nosotros. El caso de Revuelta
no es en este sentido diferente. La intimidad que transmiten sus fotografías
evidencia que el asunto representado por ellas no es un descomunal episodio
histórico que le sobrepasa y al que solo puede volver desde su exterior, como
un reconstructor más del pasado. Las historias que allí permanecen como restos
de muerte son sus historias. Y, de hecho, el autor confiesa que, nada más pisar
Auschwitz sintió un escalofrío biográfico: «Mi abuelo estuvo recluido en dos
campos de concentración durante la Guerra Civil, y cuando estaban a punto de
fusilarle anularon la orden de ejecución. Nunca hablaba de la guerra, y su
silencio –unido a su ceguera– me marcaron profundamente en mi infancia».
La interiorización que Juan Pedro Revuelta
ha realizado en «Auschwitz-Birkenau» del dolor de todas aquellas víctimas de la
industria de la muerte nazi adquiere su expresión más emblemática en la
reiteración con la que reproduce las montañas de pelo y zapatos que se acumulan
tras las vitrinas del Museo polaco. Siempre que se habla de las víctimas de una
contienda, genocidio o drama humanitario, se suele emplear una abultada cifra
total que resume la envergadura del drama. Pero frecuentemente se olvida que
ese largo y frío número es la suma de un cuerpo tras otro cuya vida fue segada,
y cuyo único testimonio de individualidad es ese mechón de cabello o ese objeto
que le pertenecían. Nada más queda de esos sujetos con rostro e identidad. Y
Revuelta lo comprendió perfectamente nada más llegar a Auschwitz: «Cuando
visité el campo el primer día acompañado de una guía y vi los zapatos supe de
forma inmediata que la obra giraría en torno a ellos; entendí que cada zapato
contaba la historia de una vida, la que había vivido antes de morir, y me vino
a la memoria la célebre frase de Atticus Finch en »Matar a un ruiseñor»:
Nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y
has caminado con ellos». Los zapatos son la última posesión material de la que
se desprendieron y el cabello es el único resto corpóreo que respetaron: la
unión de ambos me permitió dar cuerpo al alma de cada uno de ellos». De hecho,
cada fotografía está concebida como la suma de dos imágenes –cabello y
zapatos–, resultado de la superposición de dos placas.
La platinotipia
Sin lugar a dudas, aquello que otorga a
esta serie de «Auschwitz-Birkenau» una condición excepcional dentro del
panorama de la fotografía contemporánea es la técnica empleada por Juan Pedro
revuelta: la platinotipia. Este antiguo procedimiento fotográfico –poco
empleado en en la actualidad– obtiene copias monocromas por contacto en
materiales sensibilizados con sales de platino y hierro. Según explica
Revuelta, su decisión de trabajar con esta técnica vino motivada por dos
factores: «El aspecto –se asemeja a la ceniza humana y además ofrece una
superficie perfectamente mate, muy etérea y espiritual– y la durabilidad –es
uno de los procesos fotográficos más estables que existen, al igual que la
memoria del lugar, la cual no desaparece nunca». Revuelta empleó todo un año
para decidir la identidad formal y técnica de esta colección: en un principio,
pensó en el blanco y negro –lo cual descartó por respeto a las imágenes de
archivo del campo-, posteriormente en un color roto y envejecido y, finalmente,
se decidió por el empleo del platino. La razón que, en última instancia, le
llevó a decantarse por esta técnica fue el fallecimiento de su madre en 2011:
«Me replanteé el valor de las cenizas como elemento de escritura y la elección
del platino como técnica final».
Para Revuelta, en definitiva, la
platinotipia no constituye una alternativa estética o «vintage», sino, antes
bien, la respuesta a una encrucijada ética y emocional. Frente a los que
pretenden borrar y poner en duda la memoria del Holocausto, estas fotografías
se convierten en un registro duradero y fiable; ante la desaparición de los
cuerpos, tales imágenes se agarran a las cenizas como la única –aunque endeble-
huella física de todas las vidas ausentes. Roland Barthes dijo que la
fotografía, al detener la vida en una imagen fija, se configura como un
instante de muerte. Y Juan Pedro Revuelta ha llevado esta naturaleza mortuoria
de lo fotográfico a un extremo fascinante: convertir la textura de la imagen en
la evidencia residual de los propios cuerpos devastados.
El artista obsesionado con Auschwitz
18/Sep/2018
La Razón, España- por Pedro Alberto Cruz Sánchez