Blues de la Polonia nacionalista

08/Ago/2018

Página 12- por Sergio Kiernan

Blues de la Polonia nacionalista

Cada uno pasa el verano como puede o como quiere, y el profesor Timothy
Garton Ash cuenta en la última edición de The New York Review of Books cómo
está pasando el suyo. Garton Ash es un eminente historiador británico que
enseña en Oxford y se especializa en la terrible historia de Europa Oriental,
una región a la que él trata de devolverle su viejo nombre de mitteleuropa. El
centro de esa región, por tamaño y por peso histórico, es Polonia, con lo que
no extraña que Garton Ash hable perfectamente polaco y esté casado con una
polaca. Entre sus libros se cuenta una historia de Solidaridad, el mayor
movimiento disidente antisoviético, el que finalmente heredó el poder con Lech
Walesa. Y en este verano del hemisferio norte, el profesor volvió a Polonia, a
ver viejos amigos, a ver el gobierno del partido derechista Ley y Justicia, y a
entender por qué ese gobierno pasó una ley contra la “calumnia” a Polonia que
fue usada una sola vez, contra Página/12.
La primera pista surge con el autor tomando el te con el padre Leon
Grygorczyk, el párroco de Byalistok, un pueblo donde el oficialismo tiene
mayoría. Garton Ash quería conocer al cura desde hace un par de años porque
Grygorczyk le ofició una misa al Campo Nacional Radical, un grupo nacionalista,
xenófobo y de ultraderecha explícita. El párroco sirve el te bajo un retrato
del papa Juan Pablo II mientras se queja de que los jóvenes ya no creen en
Dios, ya no son “obedientes” y se “contagiaron” de la idea de libertad,
transmitida por Europa, región que lleva a cabo una guerra contra la religión.
Garton Ash pregunta cómo es eso y el cura le explica que todo está impulsado
por “ciertas fuerzas” como el islam, y que “usted sabe, por detrás de estas
cosas uno siempre encuentra a los judíos”.
El británico, chuzeador, le saca el tema de Jedwabne, el pueblo donde hubo
una masacre de polacos judíos a manos de polacos cristianos apenas empezada la
ocupación nazi. Los cargos penales presentados en Varsovia contra PáginaI12
fueron justamente por una columna de Federico Pavlovsky sobre Jedwabne
publicada en diciembre de 2017 que, según la acusación, calumniaba a Polonia.
Esta masacre está más que documentada, tuvo algunos pocos sobrevivientes que
testimoniaron en un juicio en la posguerra que condenó a algún perpetrador, y
fue relatada en detalle en varias publicaciones históricas. De hecho, es un
hito en la historia del antisemitismo polaco porque no fue organizada ni
llevada a cabo por las tropas alemanas, que azuzaron y dejaron hacer a los
campesinos del lugar. La versión simple es que los vecinos cristianos mataron a
mano a sus vecinos judíos, casi exactamente la mitad del pueblo, y quemaron vivos
a muchos en un granero.
El cura Grygorczyk duda de esta versión. “Todavía no está claro quién mató
a los judíos ahí”, dice, y agrega que el ex presidente Alexander Kwasniesk, que
se disculpó públicamente por la masacre en 2001, “tiene familia judía”. Y el
también ex presidente Bronislaw Komorowski, que también afirmó que la masacre
había ocurrido, “tiene una mujer judía”. Para el párroco, los judíos están
atrás de la exigencia alemana de que Polonia acepte una cuota de refugiados
africanos, “un complot para debilitar a Europa”.
Garton Ash aclara que no hay que quedarse con las palabras del cura como
ejemplares del alma polaca porque eso sería quedarse encerrado en dos
estereotipos sobre Polonia. Uno es el neoyorquino, que afirma que todo polaco
en el fondo es un nacionalista polaco y antisemita. El otro es el de París, que
dice que Polonia y el resto de Europa oriental nunca participó realmente de la
Ilustración y que ahora está revertiendo a su formato original, autoritario y
despótico a la manera asiática (es decir, rusa). Para este historiador, que
conoce bien las tragedias de esa región, Polonia es apenas un caso particular
de la epidemia de autoritarismo que parece recorrer el mundo, de Hungría a
Estados Unidos, de Italia a la Francia que vota a Le Pen.
En el caso polaco, el centro de la epidemia es un sesentón soltero que no
ocupa ningún cargo pero detenta un enorme poder, Jarowlaw Kaczynski. Con su
hermano gemelo Lech, Kaczynski trabajó décadas construyendo un partido de
derecha, el Ley y Justicia, que en 2005 llegó a la presidencia pero no a la
mayoría en el Parlamento. Lech se mató en un accidente aéreo siendo presidente
y, más allá de las teorías conspirativas que siguen abundando, algo cambió en
el partido, algo se hizo más duro. En 2015, Kaczynski llegó al poder ganando
una mayoría parlamentaria autónoma y poniendo a un dócil militante, Andrezj
Duda, en la presidencia. Lo que era una deriva hacia el autoritarismo
conservador se aceleró hasta parecer una contrarevolución antidemocrática.
Como Polonia era en cierto sentido la joya de la corona para la Unión
Europea, Garton Ash se pregunta por qué la historia terminó asi. Después de
todo, los salarios polacos subieron un cincuenta por ciento en términos reales
desde 2004, cuando Polonia entró en la Unión, y todos los índices Gini muestran
ua disparidad de riqueza mucho menor que en Gran Bretaña o Estados Unidos. Un
problema fue el brutal cambio de treinta años de socialismo real a una libertad
de mercado     –“se pasó del
autoritarismo estatal al privado, en el lugar de trabajo”– que terminó siendo
la libertad más importante en el discurso político. Los que perdieron con el
cambio, perdieron de verdad sin que esta nueva Polonia hiciera mucho por ellos.
Los progresistas criticaron todo esto y lo criticaron bien, señalando que
dos millones de polacos se tuvieron que ir a buscar empleo al extranjero.
Pero  Kaczynski ofreció un sentido de
“comunidad nacional”, de “diferencia” con una Unión Europea donde el aborto y
el matrimonio igualitario son legales, donde no se menciona todos los días a
Cristo, donde los poderosos ni siquiera se enteran de que existe el pueblo.
Internamente, Ley y Justicia se adelantó a Trump en denunciar a las elites
intelectuales, a los medios, a un supuesto establishment dedicado a gobernar
para sus  propios intereses y no para la
nación. La palabra “patria” volvió al lenguaje público. El partido no se
concentró tanto en asuntos económicos como en sociales, proponiendo una
“redistribución de la dignidad” que caló hondo y ganó votos.
Parte de esta redistribución pasa por el rechazo a la “pedagogía de la
vergüenza”, la contraparte política del concepto neonazi alemán del Schuldkult,
el culto de la culpa, que sería una herramienta para mantener a los alemanes en
eterna desventaja moral por el Holocausto. En el caso polaco, la ley votada en
febrero, usada contra PáginaI12 el mismo día en que fue firmada por el
presidente, y modificada el mes pasado por la muy fuertes protestas
internacionales, fue pensada para punir a quien sienta o crea que hay que
sentir vergüenza: la nación polaca fue nada más que víctima de los nazis
invasores, el resto es cuentos.