¿Otra guerra en Gaza?

02/Ago/2018

Infobae- por Federico Gaon

¿Otra guerra en Gaza?

El 20 de julio un francotirador gazatí mató a un soldado israelí. A modo
de retaliación, Israel bombardeó posiciones del grupo Hamas, hiriendo de muerte
a cuatro personas, tres de ellas militantes islamistas. Ahí mismo, Hamas se
apresuró a buscar el cese al fuego por vía de sus intermediadores egipcios. A
su vez, estos les habrían comunicado a los regentes de la Franja de Gaza que
Israel estaba perdiendo la paciencia, y que iría a la guerra de sucederse otro
incidente semejante.
Una semana antes, el 14 de julio, cazas israelíes bombardearon un puesto
de mando de Hamas y mataron a dos militantes. Esta acción fue una respuesta
frente al lanzamiento de cohetes contra Israel durante las horas previas, y así
también a las cometas incendiarias que vienen siendo soltadas hacia Israel
desde el último mes.
Estos acontecimientos se enmarcan en una serie de enfrentamientos
recientes, y dan cuenta de tensiones en ascenso que podrían decantar en un
nuevo conflicto como la guerra de 2014. ¿Qué posibilidad existe de que esto
termine sucediendo? Benjamin Netanyahu es criticado por el ala dura de su
coalición, cuyos miembros sostienen que frenar la mano con Hamas solo traerá
más perjuicios en el futuro previsible.
Para ubicar la situación en contexto, podría decirse que la situación en
Gaza refleja el aislacionismo de Hamas. Sin apoyo físico o moral por parte de
actores regionales con la excepción de Irán, la organización islamista disputa
la confianza de los palestinos con la secular Fatah, y para ello nada funciona
mejor que plantarle cara a la potencia sionista ocupante.
El año pasado el ala política de Hamas decidió aminorar la violencia para
blanquear la imagen del grupo en las capitales sunitas comandadas por Arabia
Saudita. Para ello introdujo un nuevo documento político, pensado para darle a
la organización islamista la flexibilidad suficiente como para adoptar posturas
que ponderen el pragmatismo sobre la ideología, especialmente en momentos en
que la directriz geopolítica imperante es mantener la estabilidad, por lo menos
de acuerdo con Riad, El Cairo y Amán. A su vez, este «giro
pragmático» facilitó un acuerdo con el presidente Mahmoud Abbas, mediante
el cual Hamas se comprometía a ceder el Gobierno de Gaza antes de que comenzara
2018.
Un año después está más que claro que estos proyectos fracasaron. Los
sauditas consideran a toda plataforma islamista una organización terrorista, y
el esfuerzo por finalizar el feudo político entre partidarios de Fatah y Hamas
casi termina en violencia. El brazo político de Hamas simplemente no puede
controlar a las Brigadas Qassam, el aparato armado que emplea a 25 mil
milicianos. Estos fracasos políticos están retrotrayendo al grupo a las bases
de la «resistencia civil» (muqawama) palestina.
Como Israel adquirió la capacidad para interceptar la mayor parte de los
cohetes en el aire, y la habilidad para detectar y destruir túneles
subterráneos, las circunstancias están llevando a Hamas a improvisar. Las
protestas violentas que acontecieron en mayo frente a la frontera israelí tienen
que ver con esta dinámica. Lo mismo ocurre con las cometas incendiarias,
también llamadas «cometas molotov». Acaso una forma de ecoterrorismo,
esta táctica poca sofisticada le ha permitido incendiar miles de hectáreas en
el sur Israel, disrumpiendo el quehacer diario de sus comunidades.
De cara al futuro, la experiencia dicta que el cese al fuego alcanzado
recientemente es frágil y temporario. Hamas probablemente continuará haciendo
gala de métodos relativamente baratos y menos sofisticados para «resistir»
frente a Israel, pero esto no quita el peligro supuesto por el ecoterrorismo, o
mismo el impacto diplomático en la arena internacional, especialmente cada vez
que Jerusalén responde fuego con fuego.
Existen indicios de intereses contrapuestos en el seno de la organización
islamista. Por lo expresado anteriormente, el movimiento sufre de disonancia
cognitiva. Por un lado, admite que las circunstancias ya no premian la
«resistencia», y que es necesario encontrar un arreglo pragmático;
que le permite al grupo maniobrar a los efectos de garantizarse en el poder al
largo plazo. Por otro lado, no puede concebir otra senda que confrontación
directa con Israel y teme volverse complaciente. Esta es precisamente la
acusación que pesa sobre Fatah. Los elementos duros e islamistas acusan a la
facción dominante de la escena palestina de priorizar los profundos bolsillos
de sus dirigentes antes que la lucha contra el enemigo sionista.
Otro modo de ver las cosas consiste en evaluar que es lo más conveniente
para cada subgrupo o jefe dentro de la organización. En este sentido, un cese
al fuego indeterminado lastima la reputación y los privilegios de los líderes
de la Brigada Qassam. Esto tiene que ver no solamente con Israel, pero también,
e incluso más importante, con Fatah. Como argumentaba en marzo pasado, si el
brazo armado pierde sus armas, sus miembros se quedan sin herramienta de
trabajo. Fatah encabeza la Autoridad Nacional Palestina (ANP), el órgano de
Gobierno palestino internacionalmente reconocido, y el acuerdo estipulado con
ella (el año pasado) admite que el grupo islamista tendrá que desarmarse.
Siguiendo esta lógica, una guerra con Israel posterga cualquier arreglo con
Fatah, convirtiéndose así en un acto de boicot a la pacificación de las
disputas políticas palestinas. En privado, Abbas maldeciría al grupo, pero en
público se vería forzado a respaldarlo frente a la supuesta agresión israelí
contra el pueblo palestino.
Ron Ben Yishai, afamado corresponsal de guerra israelí, afirma que, si
bien el politburó islamista no quiere la guerra, en última instancia quienes
deciden son los portadores de armas. En su opinión, «las posibilidades de
restaurar el silencio [en Gaza] se achican con cada hora que pasa». Agrega
que las Brigadas Qassam son conscientes de que una guerra complicará el
panorama político del grupo, pero que terminan aferrándose a la creencia de que
eventualmente el mundo pagará por la reconstrucción de Gaza. Es decir, habría
elementos en el grupo que creen que una guerra frena cualquier acuerdo con
Fatah, sin perjuicio de asistencia humanitaria y económica extranjera, la cual
termina financiando el aparato militar del grupo.
Esta es una de las razones que explican la reticencia del Gobierno de
Israel a entrar de lleno en Gaza. Además del costo inevitable en vidas
(palestinas e israelíes), lo cierto es que no hay garantía de que la operación
ponga coto a la violencia. Esto sin contar el enorme costo político y diversas
repercusiones diplomáticas negativas, pues la respuesta israelí sería vista
como desproporcionada.
Son varias las voces en Israel que llaman a realizar una operación sin
precedentes para restaurar el poder de disuasión del país frente a grupos
terroristas. No obstante, al mismo tiempo los generales y los estrategas
coinciden en que diablo conocido es mejor que diablo por conocer. Si Israel
remueve completamente a Hamas de la cuestión, no es posible determinar quién
emergerá del vacío de poder restante. Hamas en este aspecto representa un actor
institucionalizado, con aparatos burocráticos y líneas de comunicación directas
o indirectas con todos los Estados de la región. Israel puede utilizar la
presión de estas partes a su favor y responsabilizar a Hamas por cualquier
incidente. Es difícil que su hipotético sucesor desarrolle rápidamente las
mismas facultades.
En suma, una nueva guerra en Gaza podría ser cuestión de tiempo. Cuanto
más se repitan incidentes como los descritos al comienzo, mayor será la
probabilidad de un conflicto. Tarde o temprano cualquier primer ministro
israelí, sea del signo que sea, se ve forzado a responder fuego con fuego para
garantizar la seguridad de sus conciudadanos.
Hamas sabe que no puede vencer a Israel, pero necesita aparentar fortaleza
con el fin de estar mejor parada que la vieja guardia de Fatah. A lo sumo, como
la muerte de palestinos (accidentada o intencional) siempre acapara la atención
internacional, toda respuesta israelí le augura a Hamas réditos políticos en la
«calle árabe» y simpatías entre las izquierdas europeas.
El autor es licenciado en Relaciones Internacionales y
magíster en estudios de Medio Oriente por la Universidad de Tel Aviv. También
se desempeña como consultor en seguridad y analista político. Su web es
FedericoGaon.com.