Dina Lipka, la combativa adolescente judía que documentó la labor de la Resistencia

31/Jul/2018

El País, España- por Carmen Ordóñez

Dina Lipka, la combativa adolescente judía que documentó la labor de la Resistencia

Media docena de jóvenes se encuentran reunidos
en una habitación alquilada en el barrio de Villeurbanne, a las afueras de
Lyon. Corre el año 1943 y los miembros de Carmagnole, el grupo local más activo
de la Resistencia contra la ocupación nazi, calculan y organizan sus próximas
maniobras en ese cuarto que comparten en régimen de cama caliente; una estancia
sin agua y con un ventanuco que da a la escalera por toda ventilación. La
música cubre sus voces. Nadie debe escuchar lo que hablan, pero a pesar de ello
el cerrojo no está echado. La puerta se abre de repente para dar paso a una
chica que se presenta como la vecina del piso de abajo y les pide algo para
comer. Se lo dan, pero ella, en vez de irse, les suplica: “Dejadme combatir con
vosotros”. Es Dina Lipka (1925-1993) y tiene en ese momento 17 años.
Solo el hecho de estar sentados todos juntos
en un piso franco haciendo ruido iba contra las reglas más sagradas de la
conspiración, pero el haber sido descubiertos por una vecina era catastrófico.
Se tranquilizaron al advertir que la joven era judía, aunque tuviera nombre
francés y no llevara la estrella amarilla, porque eso significaba que era tan
ilegal como ellos.
Dina se había escapado de casa, de aquel
escondrijo donde su familia se cobijaba desde hacía meses con nombre y
documentos falsos, para pasar a otra clandestinidad: la de la lucha armada.
Cuando la familia Lipka llega a Lyon había
vivido ya una auténtica odisea de 20 años, desde Rusia y Polonia hasta
Alemania, para ­continuar hacia el norte de Francia y de allí, a medida que
avanzaba la ocupación alemana, hacia el sur. Huyendo al principio del
antisemitismo de la Rusia zarista, terminaron en un escondite en Lyon, donde
ejercía el terror el carnicero Klaus Barbie.
En casa de los Lipka se habla yidis con la
abuela, pero también ruso y polaco; los niños estudian alemán además del
francés que aprenden en la escuela. Es una familia culta y de clase media,
donde está previsto que las hijas —algo poco corriente en los años treinta—
vayan a la universidad. Dina quiere ser arqueóloga, pero en ese mismo liceo
donde pretende iniciar sus estudios sobre el mundo clásico la obligan a coserse
una estrella amarilla en el abrigo; allí presencia las primeras redadas y
organiza un grupo de autodefensa con otras compañeras judías.
A la familia Lipka, como a muchos de sus
correligionarios, solo le queda la alternativa de ocultarse. Después de comprar
documentación falsa —pasan a llamarse Charpentier— que les cuesta una fortuna,
buscan un refugio. La vida ilegal es muy cara y Dina opta por irse de casa para
no ser una carga más, mientras en su fuero interno bulle la idea de buscar a
esa gente que lucha contra los ocupantes.
La memoria de las acciones llevadas a cabo por
el grupo Carmagnole ha podido recuperarse gracias al tesón de Dina y de su
marido, Henri Krischer, quienes, con la ayuda de Herbert Herz, trabajaron
minuciosamente para organizar un archivo en Ginebra. Allí conservaron también
la estrella amarilla que Dina tuvo que coserse en el abrigo.
Los miembros de Carmagnole, y en general los
partisanos de la Mano de Obra Inmigrante (MOI), eran en su mayoría jóvenes de
origen extranjero, en su mayor parte judíos (65%) y en un porcentaje
significativo (25%) mujeres.
La guerra coloca a las mujeres ante
situaciones insólitas en las que se ven obligadas en la vida civil a sustituir
a los hombres que han ido al frente. Si además se produce la ocupación militar
de un territorio, ellas seguramente también tomarán las armas.
Las expectativas de una mujer en la década de
los años treinta del siglo pasado se limitaban al matrimonio y la crianza de
los hijos: no había nada por lo que interesarse fuera de la familia y el hogar.
Por ello fueron mujeres jóvenes y solteras, en muchos casos estudiantes de
entre 16 y 18 años, las que tomaron conciencia de una realidad estremecedora y
le hicieron frente como correspondía.
Que la lucha contra los fascistas era legítima
y necesaria es algo que estas muchachas tenían absolutamente claro. Se habían
enterado, por primera vez en su vida y de una forma abrupta, de que uno no
tiene por qué aceptar la vida tal cual es. Su lucha, su manera de expresar la
resistencia mediante la acción directa, su ruptura radical con todo lo que
podía considerarse habitual y formal, todo ello se nutría de la transgresión de
todos los límites, incluso los sociales.
Cuando a Dina le preguntaban por qué se unió a
la Resistencia, su respuesta era: “¿Qué otra cosa podría haber hecho? ¡Eso era
lo único que se podía hacer!”. La política nunca le había interesado
especialmente, pero en aquel momento se sentía reclamada como miembro de su
comunidad, como judía. Y como una nueva Judith, empuñó las armas porque “no podía
soportar la vida más que arriesgándola para destruir la máquina de exterminio
de los nazis”.
En los años veinte, Francia se había
convertido en un imán para los migrantes económicos, gran parte de los cuales
eran también exiliados políticos. La historia de la inmigración extranjera se
cruzó con la llegada de judíos perseguidos en la Europa Central y Oriental; más
tarde, con la de los que huían del fascismo italiano y alemán, y por último,
con la de los republicanos españoles derrotados. Entre unos y otros configuran
el boceto de lo que fue la Resistencia en la MOI, una organización sostenida
por el Partido Comunista Francés, donde la ideología política pasaba a un
segundo plano para ser sustituida por la fraternidad y el respeto mutuo.
Les conocieron como “la generación de la
redada”. Eran carne de cañón, bajo el mando de veteranos —casi siempre
procedentes de las Brigadas Internacionales— no mucho mayores que ellos. Los
más jóvenes componían la guerrilla urbana. Los más experimentados se unían al
maquis. En Carmagnole el tiempo medio de supervivencia era de tres meses. Y aun
así eran temibles porque no tenían nada que perder.
A Dina la envían al maquis para su formación,
y allí aprende a cargar, a desmontar y a apuntar con una pistola. Le dan nuevos
papeles falsos: ahora se llama Silvie.
“La puntualidad era un mandamiento principal:
un leve retraso haría sospechar de una posible detención y podía desencadenar
el desastre”
La vida en la ilegalidad de la Resistencia es
dura, según relataba Dina años más tarde: “Cuando volvías a casa tras una
acción nocturna, siempre al levantarse el toque de queda, te lavabas la ropa y
te acostabas apenas dos o tres horas. Al mediodía había que ir a la reunión
diaria. Nos encontrábamos siempre en ese momento para no llamar la atención, ya
que a esa hora la gente salía de sus trabajos y era más fácil pasar
inadvertidos; también para poder dormir un poco. La puntualidad era el
mandamiento principal: un leve retraso haría sospechar de una posible detención
y podía desencadenar el desastre. Se hacía entonces el reparto de armas y
material y salías con tu grupo a ejecutar la próxima acción”. Y concluye: “No
quedaba tiempo ni para la soledad”.
Dina, como todos, tiene miedo. Miedo ante la
acción en sí y miedo también de que le toque matar. Las acciones más peligrosas
eran las patrullas, en las que ocho partisanos se situaban a lo largo de una
calle de dos en dos, y cuando llegaba el objetivo, los dos más cercanos a su
recorrido tenían que eliminarle y quitarle el arma. Cuando le toca, Dina sabe
que el oficial alemán contra quien acaba de disparar había estado el día antes
controlando y organizando la deportación de judíos en la estación de Lyon. Y
disparar era una acción casi mecánica: “Yo defendí mi dignidad como mujer judía
y vengué a los nuestros”, explicaba Dina relatando sus memorias 40 años
después.
Efectivamente, el reconocimiento a la entrega
de estos jóvenes fue muy tardío. La historiografía no hizo justicia a los
grupos de la MOI hasta bien entrada la década de los setenta y tuvieron que
pasar 10 años más para que un congreso reagrupara y homenajeara a las mujeres
supervivientes que lucharon bajo sus siglas. Era previsible, ya que durante la
ocupación los partisanos de la MOI no recibieran apoyo de los aliados británicos
ni con material ni con informaciones. Incluso el Memorial de la Shoah, centrado
en el Holocausto, olvidó a la Resistencia judía.
Carmagnole dirigió la revuelta que daría paso
a la liberación de Lyon, entre agosto y septiembre de 1944, abriendo las cárceles
para liberar a los presos. Fue entonces cuando la población, en una guerra de
guerrillas, hizo suya la Resistencia.
Al terminar la guerra,
algunas de estas jóvenes se incorporaron al Ejército francés y fueron a luchar
a Indochina. No fue el caso de Dina, quien se casó años más tarde con uno de
los combatientes de Carmagnole, Henri Krischer, conocido en la guerrilla como
El Almirante. Juntos se dedicaron a documentar la memoria de ese colectivo,
compuesto por minorías perseguidas y agrupadas para el combate: extranjeros,
judíos y mujeres.