Los oscuros años de Adolf Eichmann en la Argentina: el criminal nazi que vivió en San Fernando como un «buen vecino alemán»

19/Jul/2018

Publicado por Infobae escrito por Matías Bauso

Los oscuros años de Adolf Eichmann en la Argentina: el criminal nazi que vivió en San Fernando como un «buen vecino alemán»

Jerusalén. 11 de abril de 1961. El acusado atraviesa un
oscuro pasillo. Dos policías israelíes lo escoltan. Al traspasar la puerta, le
quitan las esposas de sus muñecas. Ingresan a la sala de audiencias. Frente a
ellos, una mesa y cientos de papeles.
Antes de tomar asiento, el acusado quita, con un pañuelo, el
polvo de una de las pilas de carpetas y las alinea con prolijidad. Recién en
ese instante puede sentarse con tranquilidad. Un poco más atrás se ubican los
dos guardias israelíes de rostro pétreo. Están apretados. Los tres.
Sin embargo, la sala es grande: un amplio estrado espera a
los tres jueces, el fiscal Hausner y sus asistentes despliegan sus pruebas en
largas mesas, el abogado defensor piensa en alguna otra cosa que dejó en
Alemania, las decenas de intérpretes controlan que sus auriculares y micrófonos
funcionen, el público aguarda con ansiedad el inicio de las sesiones.
Cientos de ojos siguen el ingreso del monstruo, el acusado
de organizar desde su escritorio –uno parecido al que tiene enfrente- la muerte
de más de seis millones de judíos.
Él parece no percatarse. No los mira (ni una vez en todo el
juicio posará los ojos sobre ellos). Sentado, indiferente, espera la entrada de
los jueces que lo juzgarán por los crímenes más atroces de la historia y saluda
con un leve movimiento de cabeza al Dr. Servatius, su abogado defensor.
No se lo ve nervioso. Se siente seguro. No corre peligro.
Adolf Eichmann espera en su jaula de cristal. Blindado.
Si no estuviera en esa jaula de cristal, si no tuviera a los
guardias a centímetros de su espalda, si su imagen no hubiera aparecido en la
primera plana de todos los diarios del mundo, se podría pensar que ese gris
personaje es uno de los taquígrafos de la corte.
Ligeramente encorvado, con gruesos anteojos, labios delgados
y una calvicie incipiente no parece un asesino de masas. Parece, en realidad,
un oficinista modelo; ese al que los jefes encargan las tareas más engorrosas,
las más burocráticas, porque saben que, en silencio, él dejará sobre su
escritorio, a la mañana siguiente, el trámite pulcramente terminado.
Adolf Eichmann era las dos cosas a la vez: un asesino de
masas y un eficaz burócrata.
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La historia de este criminal de guerra que logró escapar a
la Argentina y que vivió con normalidad durante más de una década entre nuestra
gente, la de su secuestro y la de su juicio en Israel ha sido transitada por el
cine en muchísimas ocasiones.
Todos los domingos de julio en el Malba se proyecta El
vecino alemán de Rosario Cervio y Martin Liji, un documental ficcionalizado que
se focaliza en la vida de Eichmann en Argentina. Con imágenes del juicio,
entrevistas a vecinos y compañeros de trabajo del criminal nazi en nuestro
país, los directores encuentran una nueva manera de acercarse al tema.
Por su parte, Hollywood una vez más alude a esta historia.
Para el 29 de agosto está previsto el estreno mundial de Operation finale, film
que cuenta cómo los agentes israelíes ubicaron a Eichmann en San Fernando, lo
capturaron y lo trasladaron a Israel de incógnito. El papel protagónico lo
encarna Ben Kingsley, quien ya interpretó a Gandhi y, también, a una de las
víctimas de Eichmann en La lista de Schindler.
Eichmann, teniente coronel de las SS, jefe de la sección IV
B-4 de la Seguridad Interior del Tercer Reich, el especialista en asuntos
judíos, fue capturado en mayo de 1960 en San Fernando, Provincia de Buenos
Aires, por un comando israelí.
Sacado de Argentina de incógnito, apareció en Israel unos
días después, luego de un estruendoso anuncio mundial realizado por el primer
ministro Ben Gurión.
Por primera vez, un líder nazi sería juzgado en Israel.
Su vida en Argentina, su captura y hasta sus palabras finales
vinculan el caso con nuestro país. La conexión se hace evidente, demasiado
obvia. No obstante, sin esos puntos de contacto, el caso Eichmann sería,
también, un caso argentino. Sus temas son argentinos. Nos interpela sobre
muerte, memoria, totalitarismo, impunidad, responsabilidad y justicia. Sobre
matanzas indiscriminadas.
La primera vez que Isaac Harel, jefe del Mossad, escuchó
hablar de Eichmann, debió pedir a su secretaria que le trajera del archivo el
legajo correspondiente. Ese nombre no le decía mucho.
Descubrió que Otto Adolf Eichmann había nacido en Solingen,
Alemania, el 19 de marzo de 1906. Ingresó, en Austria, en 1932 al partido nazi.
En 1938, pasó a ocuparse de los asuntos judíos. Era su especialidad.
De allí en adelante, se encargó de cumplir los deseos del
Führer: dejar los territorios del Tercer Reich Judenrein, libres de judíos.
Lo hizo como el más aplicado de los alumnos. Organizó los
traslados de los judíos en tren desde los diferentes territorios. En plena
guerra, con los trenes ocupados en traslado de tropas y en el abastecimiento de
armamento y provisiones, con largos tramos de vías destruidos por los
bombardeos, los trenes de Eichmann salían siempre puntuales y con su capacidad
colmada.
A pesar de eso, una vez acabada la guerra, Adolf Eichmann
logró pasar desapercibido. Escapó de un campo de detenidos e inició un periplo
que, con la ayuda de una red nazi clandestina y de algunas autoridades
eclesiásticas, pocos años después lo depositó en Argentina. Nuestro país era un
destino complaciente con los ex líderes nazis.
A los pocos años, su familia (su esposa y sus tres hijos)
llegó para instalarse con él. Luego de un tiempo en Tucumán, la familia
Eichmann se mudó al Gran Buenos Aires. Eran, se hacían llamar, los Klement.
Eichmann había ingresado al país bajo el nombre de Ricardo Klement. Pero no
todos adoptaron la nueva identidad. Y tal vez esa haya sido la causa de
desgracia.
El hijo mayor, Klaus Eichmann, seguía manteniendo su
apellido. Tenía trabajo, algunos amigos y una chica que le gustaba. El padre de
esa chica era ciego, pero tenía buena memoria. Sabía quién era Eichmann. Sabía
aquello que los Aliados, una vez finalizada la guerra, ignoraban; aquello que
se enteraron luego de los juicios de Nuremberg y de los juicios que le
siguieron, en los que el nombre de Eichmann y la descripción de sus
responsabilidades y crímenes aparecían con recurrencia.
El ciego sabía quién era Eichmann. Lo había sufrido en carne
propia. Y no había olvidado su voz. Luego de un encuentro casual con quien se
hacía llamar Ricardo Klement (pero que tenía un hijo apellidado Eichmann),
realizó la denuncia a la fiscalía general de Alemania, dependiente del fiscal
Bauer.
Bauer, conociendo el terreno donde se desenvolvía, sabiendo
que Alemania no deseaba seguir buceando en su pasado, que Argentina nunca
otorgaría la extradición, decidió no iniciar ninguna investigación oficial.
Comunicó la información al gobierno israelí.
A comienzos de mayo de 1960, una decena de agentes israelíes
se instalaron en Buenos Aires. Debían ubicar a Eichmann, secuestrarlo y
trasladarlo a Israel. Sin que nadie se entere.
El equipo comandado por Isaac Harel, jefe del Servicio
Secreto Israelí, lo integraba una decena de especialistas. Luego de un
seguimiento de varios días, lograron determinar que el alemán que se hacía
llamar Ricardo Klement (y tenía documentos expedidos por la Policía Federal
Argentina)  bajaba todos los días del
colectivo a las 19:40 horas, caminaba unos ochenta metros por el piso de tierra
de la calle Garibaldi, en San Fernando, hasta llegar a su casa. Volvía de su
trabajo en la Mercedes Benz.
¿Sería el criminal nazi ese cincuentón vencido que alumbraba
su andar tambaleante con una linterna? ¿Podría vivir en una vivienda tan
precaria, en un barrio desolado sin servicio de luz ni de agua corriente?
La operación se fijó para el día 11 de mayo. Las opciones
para la captura eran escasas. No habían podido determinar dónde trabajaba.
Siempre en algún lugar del recorrido, le perdían el rastro.
Se decidió sorprenderlo al bajar del colectivo. En la
oscuridad de la noche, los dos autos detenidos no levantarían sospechas. A las
ocho de la noche de ese día, la preocupación deformaba el rostro de los agentes
israelíes apostados en la calle Garibaldi: ya habían pasado tres internos de la
línea de colectivo que tomaba habitualmente, y de ninguno de ellos había
descendido su presa. En los días anteriores, los del seguimiento, siempre había
llegado puntualmente a su casa.
Cuando estaban a punto de levantar la operación, un
colectivo se detuvo en la esquina. Y de él bajó alguien. Una figura
inconfundible se recortó en la oscuridad. Casi arrastrando los pies, el
cincuentón encorvado, con un sobretodo gastado, se acercaba a los autos
estacionados, sin prestarles mayor atención. Se concentraba en seguir la pálida
luz de su linterna y así evitar hundirse en algún charco.
Tan solo había recorrido treinta metros, cuando Peter
Malkin, el agente israelí designado, se le tiró encima. Logró inmovilizarlo con
celeridad.
Aquellos temores previos, las elucubraciones sobre las
habilidades y fortaleza del sanguinario asesino de masas, se desvanecieron en
ese contacto inicial. No ofreció resistencia. El impacto con el cuerpo no fue
el esperado. Era una especie de sustancia gelatinosa, maleable.
En el piso del auto, lo maniataron y lo amordazaron. La
presa temblaba sin parar.
¿Podía ser este individuo enclenque y temeroso el
responsable de más de seis millones de muertes? Las dudas atiborraban a los
captores. Pero luego de un breve interrogatorio, resignado, dijo en su idioma
de origen: «Ich bin Adolf Eichmann». Yo soy Adolf Eichmann.
El encierro, al avanzar los días, flagelaba a los agentes
israelíes. Fueron dieciséis días de ocultamiento y convivencia con su presa. La
moral declinaba. Pero nada podían hacer. Solo esperar. Y no levantar sospechas.
Dependían de la llegada a la Argentina del avión que
transportaba a la delegación oficial del Estado de Israel que participaría en
los festejos por los 150 años de la Revolución de Mayo. En ese avión
trasladarían a Eichmann, camuflado como un piloto de la aerolínea.
El plan era arriesgado, pero era el único viable. Luego de
analizarlo, concluyeron que era imposible sacar al nazi del país por tierra o
por mar. En realidad, la dificultad no residía en traspasar las endebles
fronteras argentinas, sino en llegar a Israel sin ser detenidos en otras
jurisdicciones.
Tras una escala en Dakar, el 23 de mayo de 1960, aterrizó en
Jerusalén, el DC 10 con Adolf Eichmann, detenido, a bordo.
Al día siguiente, Ben Gurión anunció al mundo la noticia.
Por primera vez, Israel, juzgaría a uno de los responsables de la Shoah.
Restaban, nada más, dos cosas: preparar el juicio y soportar
la embestida inicial de reclamos internacionales por el secuestro.
Israel había adoptado una decisión política: asumir ante la
comunidad internacional los costos de esta operación. Mejor dicho: no pagar
ningún costo y llevar adelante su propósito, haciendo oídos sordos a los
reclamos.
El plan de Ben Gurión y Golda Meier –en ese entonces
ministro de Relaciones Exteriores– fue desconocer la participación del gobierno
israelí en la operación y afirmar candorosamente que todo se trató de una
iniciativa privada de un grupo de ciudadanos de su país que puso a disposición
de la justicia al criminal nazi.
El gobierno de Arturo Frondizi protestó enérgicamente ante
los foros internacionales. Pero sin solicitar ninguna medida en especial. Ambos
gobiernos, el argentino y el israelí, asumieron la realidad de los hechos:
Israel nunca devolvería a Eichmann y Argentina, en el supuesto que fuera
devuelto, nunca lo juzgaría ni lo extraditaría –es más, para la justicia
argentina los crímenes de Eichmann habían prescripto el 9 de mayo de 1960, dos
días antes de su secuestro–.
La cuestión se zanjó con una carta de disculpas de Golda
Meier a Frondizi y con el veloz olvido del tema por parte del gobierno
argentino. Luego vendría un proceso judicial histórico.