David Aliaga, el judaísmo y la amnesia de Europa

16/Abr/2018

El Asombrario, España- por Javier Morales

David Aliaga, el judaísmo y la amnesia de Europa

En los relatos de su libro, ‘Y no me llamaré más Jacob’,
David Aliaga (L’Hospitalet de Llobregat, 1989) indagó en su conversión al
judaísmo. Algo parecido a lo que ocurre con su último libro de relatos, ‘El año
nuevo de los árboles’, en el que rebusca en la memoria y la identidad personal
y colectiva con el eco del Holocausto y una Europa que padece amnesia. Hablamos
con él de literatura, cultura, historia y religión. De Europa y de algo
inevitable y doloroso: Israel y Palestina.
Tu caso no deja de ser llamativo, el de un joven de
L’Hospitalet de Llobregat que decide convertirse al judaísmo. ¿Qué te llevó a
tomar esta decisión?
No tengo una respuesta concreta para esa pregunta. De hecho,
necesité escribir un libro para entender qué estaba haciendo y por qué lo
hacía, y ni siquiera hoy soy capaz de darme una respuesta cerrada. Creo que mi
conversión al judaísmo fue la consecuencia natural de diversos procesos que
venían desarrollándose en mi vida a lo largo de años, y depende del día o de la
semana, cuando me preguntan, doy más importancia a unos factores u otros. Desde
luego, tuvo que ver con una búsqueda espiritual que emprendí después de varios
años varado en una concepción materialista del mundo. Pero sobre todo fue una
decisión ética.
Mi primera toma de contacto con el pensamiento judío se
produjo a través de la lectura de obras de Buber, Derrida y Lévinas. Me fascinó
esa forma de comprender a Dios como un espejo ético, como una medida de mi
responsabilidad hacia el otro. Después descubrí textos de rabinos como Abraham
Joshua Heschel o Mordekai Kaplan y descubrí una forma de religiosidad
ciudadana, comprometida, nada esotérica, ni supersticiosa, que me permitía
canalizar mi espiritualidad sin contradicciones.
¿Te plantea alguna contradicción el conflicto entre Israel y
Palestina?
Por supuesto. Por una parte, Israel es el único lugar del
mundo, con la excepción de Nueva York y algunas otras ciudades de Estados
Unidos, en el que yo puedo salir a la calle con kipá sin tener miedo a recibir
miradas de menosprecio, insultos o algún tipo de agresión. Eso sigue explicando
la necesidad que los judíos tenemos de que exista Israel, es un refugio en el
que una parte de la población mundial puede ejercer su libertad de ser de una
forma completa, impensable en otros lugares. Lo necesitábamos después de la
Shoah y lo necesitamos ahora porque constantemente hay manifestaciones de
antisemitismo, amenazas… A veces al explicar esto, las personas, a las que no
se les pasaría por la cabeza odiar a otro simplemente porque sea diferente,
piensan que exagero. Entonces yo les invito a que se coloquen una kipá durante
24 horas y traten de hacer vida normal.
Esa conversión fue el hilo conductor sobre el que giró tu
anterior libro de relatos, ‘Y no me llamaré más Jacob’. En ‘El año nuevo de los
árboles’ retomas el tema del judaísmo, desde otra perspectiva. De nuevo aparece
el David Aliaga narrador, pero ahora lo vemos en busca de su bisabuelo,
adúltero, que tal vez tenga un ascendente judío. Podría encuadrarse dentro de
la autoficción, una corriente muy en boga. ¿Por qué elegiste esta manera de
contar?
Y no me llamaré más Jacob era un libro mucho más cercano al
concepto de autoficción que El año nuevo de los árboles. En esta ocasión la
apariencia de autoficción es más un recurso literario para dotar de
verosimilitud a historias ficcionales. Es cierto que nuevamente me convierto en
narrador y personaje de algunos de los cuentos y que buena parte de ellos
parten de una vivencia personal o familiar, pero no me parece que ese sea un
rasgo exclusivo de la autoficción. Toda literatura tiene su origen en la
vivencia de su autor, es una manifestación de su observación del mundo.
Personarme en la narración, poner mi nombre y mi voz al servicio de un relato
me sirve para intentar acortar la distancia entre la realidad y la ficción que
existe en cualquier artefacto literario. Sin embargo, hay personajes que a
pesar de tener otro nombre y otro rostro se parecen a mí mucho más que ese
David Aliaga, escritor judío y barcelonés que circula por mis libros.
Es un libro en movimiento, un libro de cuentos que nos habla
también de cómo escribirlos.
Escribir siempre de la misma manera me aburre, aplicar
recetas conocidas hace que el acto de escritura no sea estimulante y que la
lectura de mis propios textos me produzca una sensación de hartazgo, de vacío.
Así que me planteé la escritura de este libro también como un ejercicio de experimentación.
Escribí algunos cuentos más convencionales como Víspera de shabat o Le regalaré
mis libros de Zweig, pero la mayor parte son textos más arriesgados. En algunos
como Cicatriz el narrador va mutando, el espacio y el tiempo son difusos, como
si se tratase de un sueño, e incluso en un momento determinado el personaje se
encuentra frente a frente con el escritor que lo está creando en ese preciso
instante. El cuento es al mismo tiempo la historia del joven Katz, que está
esperando el tren en la estación central de Múnich para ir a trabajar, y el
relato de cómo se me ocurrió ese personaje y esa vivencia mientras me
encontraba en la estación central de Múnich esperando un tren para ir al campo
de concentración de Dachau. Me interesaba jugar a difuminar tanto como fuese
posible esa falla, irremediablemente insalvable, que separa lo sucedido de lo
narrado.
Un viaje en busca de su identidad en la que se topa con la
realidad de una Europa en la que regresan los fantasmas del pasado. En algunos
de los cuentos, ‘Tus hijos matarán a los míos’ o en ‘Cicatrices’, nos hablas
precisamente de esas heridas que no se han cerrado aún, como el Holocausto,
sobre todo porque parece que no hemos aprendido nada, ¿no?
Si me hubiesen preguntado hace dos años, cuando empecé a
esbozar El año nuevo de los árboles, si quería escribir un libro sobre la
Shoah, me habría negado. Y de hecho, aunque no creo que sea un libro sobre el
exterminio, su sombra se cierne sobre todos los relatos, de la misma manera que
se cierne sobre Europa. Vivimos en un continente que se ha construido alrededor
de ausencias y silencios. Lo comprendí de una forma muy plástica en Marburg
durante un viaje que realicé precisamente cuando comenzaba a escribir este
libro. En esa pequeña ciudad alemana, en el lugar que ocupaba la principal
sinagoga, quemada por los nazis, hay hoy un jardincito en el que la gente se
estira a tomar al sol, a charlar, a leer… Casi sin prestar atención a una
pequeña ventana acristalada que hay en el suelo y que muestra los restos del mikvé,
lo único que se conserva del templo. Tiene que ver con esa distancia entre lo
sucedido y lo narrado de la que hablaba antes. Cada vez quedan menos testigos
directos de los crímenes cometidos en Europa por los fascismos y la Shoah se
está convirtiendo en un relato, está perdiendo su significado. Y además, parece
que tampoco interese recordar. Eso está dando cabida al regreso de la extrema
derecha a los parlamentos, a las calles… En los últimos años los hemos visto
desfilar impunemente, con sus símbolos y su discurso de odio por las calles de
Polonia, de Grecia…; formar parte de parlamentos que con gusto clausurarían,
como el austríaco o el sueco. En España sigue siendo legal La Falange. ¡La
Falange!, el partido del dictador que sometió a los españoles durante tantas
décadas. Y no parece que la ciudadanía esté especialmente alarmada, ni
dispuesta a combatirlo (salvo, quizá, en Twitter). El año nuevo de los árboles
es una llamada de atención sobre esto, es mi reacción a un panorama político y
social que me asusta y contra el que me rebelo.
Nos hablas también de la imposibilidad del lenguaje para
contar algunas cosas, como el Holocausto, pero también de la necesidad de
hacerlo.
A medida que avanzaba en la escritura del libro sentía que
me pedía un relato que narrase de manera directa la barbarie de los campos de
exterminio. Y lo intenté. Pero en ningún caso logré un texto que me pareciese
una narración emocionalmente fiel a lo que sucedió, suficientemente intensa. Yo
querría haber escrito El chal de mi querida Cynthia Ozick o el Salmo 44 de
Danilo Kis, pero las palabras que yo era capaz de encontrar me parecían siempre
insuficientes. Y, al mismo tiempo, escribir ese relato fallido que se titula
Imposibilidad de una palabra era la mejor forma en la que podía contribuir al
combate contra el olvido y el negacionismo. Tomar el relevo a generaciones de
testigos y escritores que han narrado antes la Shoah, escribirla por enésima
vez para evitar que los herederos de los asesinos se apropien de la narración
histórica de lo que sucedió.
El escritor Stefan Zweig aparece en varios relatos, como si
pudiera iluminar nuestras zonas de sombra, ¿no? Un autor cuya importancia no
deja de crecer con los años.
Zweig es un prodigio de la literatura, no sólo por su
capacidad estrictamente artística, también por la forma tan perspicaz y
sensible con la que observaba el mundo y por su firme compromiso con los
valores éticos que se encuentran en el tuétano del judaísmo. Zweig es el
paradigma de una generación de intelectuales judíos comprometidos, que tuvo que
huir de Viena, que se vio difamado por el régimen nazi, que fue objeto de su
violencia… Y que decidió suicidarse en Brasil ante la perspectiva de vivir en
un mundo gobernado por un genocida y por su discurso de odio.
A pesar de que los temas que abordas son complejos y duros,
sin embargo hay un cierto optimismo o más bien una necesidad de no perder la
esperanza.
Esa es la toma de posición que da título al libro. El año
nuevo de los árboles, o Tu Bishvat, es una festividad judía en la que tenemos
por costumbre plantar un árbol, como acto simbólico que nos recuerda que
nuestro compromiso es el de dejar para nuestros hijos, para los que vendrán, un
mundo mejor del que nos encontramos. Es cierto que la mayor parte de los
relatos retratan realidades poco amables, hablan de antisemitismo, de
violencia, de banalización y de falta de empatía, pero lo hacen a través de
personajes que eligen tomar conciencia, que están comprometidos… Y al mismo
tiempo, es un libro de combate, un ejercicio de resistencia a todo eso y que de
esta forma aspira a ser una minúscula semilla, que junto con otras muchas, nos
traigan un tiempo mejor
En ‘Un selfie a las puertas de Dachau’ ironizas sobre la
banalización en la que a veces ha quedado reducida nuestra memoria colectiva.
Los campos de concentración convertidos en parques temáticos.
Visitar el campo de concentración de Dachau hace un par de
años fue una experiencia sobrecogedora por dos motivos. El primero lo había
previsto. Uno se sitúa en el escenario de la barbarie, pisa el suelo que
pisaron tantas miles de personas represaliadas y asesinadas por el simple hecho
de ser lo que eran: judíos, comunistas, anarquistas, homosexuales, gitanos… En
ese escenario, la distancia entre la Shoah como relato histórico y los hechos
que sucedieron se estrecha y uno enmudece, se le encoge el corazón, le rechinan
los dientes. Mi pareja y yo regresamos a Múnich aquella tarde sin cruzar
palabra en lo que duró el trayecto de tren. Pero lo que no esperaba fue que la
realidad me golpease situando ante mí decenas de personas que se tomaban
selfies, en actitud absolutamente frívola, junto al letrero con la infame
inscripción Arbeitch match frei. No fueron ni una, ni dos, las personas que vi
posar haciendo morritos o luciendo bíceps frente a aquella puerta de hierro
negro que no debió cruzar nunca nadie.
Planteas también el choque entre la tradición y lo nuevo
dentro del judaísmo. ¿Cómo ha sido recibida tu conversión dentro de la
comunidad judía? ¿Y fuera?
Sólo tengo buenas palabras para hablar de la manera en la
que fui recibido por el pueblo de Israel, especialmente en la comunidad de
Barcelona, pero también en las comunidades de Madrid, Bruselas o Londres, con
las que he compartido algunos buenos momentos. Es cierto que cuando uno llama
por primera vez a la puerta de una sinagoga, es recibido con prevención. Pero
cuando pueden comprobar que los sentimientos de uno hacia el judaísmo son
honestos, que uno se siente interpelado por la tradición, que vive como judío,
es reconocido como tal y encuentra un pedacito de hogar en cualquier comunidad
judía del mundo. Es cierto que he hablado con personas que se sienten como
conversos, que son injustamente considerados como judíos “de segunda” por otros
judíos y sé que, por desgracia, es una situación que se produce. Por fortuna,
yo no he tenido que afrontarla hasta el momento.