Es la morada de un Dios único, la capital que
reivindican dos pueblos y el lugar donde levantaron sus templos tres
religiones; con frecuencia, allí el mito pesa más que la verdad
«Así habló Yahvé a Jerusalén: ?Por tus
orígenes y tu nacimiento, eres del país de Caná. Tu padre era amorreo y tu
madre hitita. Cuando naciste nadie cortó tu cordón, no te bañaron en agua, ni
te frotaron con sal, ni te envolvieron con paños? Te tiraron en pleno campo en
signo de repudio?'» (Ezequiel, siglo VI a. C.)
Imposible decir si las palabras del gran
profeta marcaron su futuro. Pero, si bien algunas ciudades tienen destinos
trágicos, ninguna puede ser comparada con Jerusalén. Dos veces destruida,
cuarenta veces sitiada, incendiada y ocupada, sus habitantes fueron masacrados,
crucificados, deportados y vendidos como esclavos. Y cuando reinó la paz, los
jerosolimitanos se mataron entre ellos, víctimas de una locura bíblica.
Sin embargo, ningún otro lugar en el mundo
evoca semejante deseo de posesión exclusiva. Como una amante inalcanzable,
Jerusalén tiene una forma única de atraer y desesperar, de enamorar y de
atormentar. El contraste entre la ciudad material y la espiritual es tan
doloroso que un centenar de pacientes ingresan cada año a los hospitales locales,
víctimas del «síndrome de Jerusalén», delirio de anticipación, de
decepción y de ilusión.
Pero, entre todas las urbes de la Tierra, ¿por
qué Jerusalén? Tal vez porque la ciudad no sólo es un sitio geográfico. También
es un hito en la historia de la humanidad y, sobre todo, es la capital de lo
imaginario. Esa ciudad utópica que los judíos nunca cesaron de soñar, de
aspirar a reconstruir, junto al Templo que los reunirá un día, es al mismo
tiempo el teatro de la Pasión de Cristo, sitio de la sepultura del Redentor de
los cristianos y la tercera ciudad santa del islam. Desde el lugar donde ahora
se yergue la deslumbrante mezquita Al Aqsa, una noche Mahoma habría subido al
paraíso montado en su mítico caballo Burak.
Cien veces conquistada y cien veces perdida;
sometida a romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos o
británicos, Jerusalén es un condensado de la memoria de los hombres. Según
antiguas tradiciones rabínicas, Dios habría comenzado por allí la creación del
mundo. Con su polvo habría dado forma al primer hombre, y Caín y Abel
presentaron sus primeras ofrendas al Señor, antes de que uno asesinara al otro.
Fue en ese lugar donde Abraham trató de inmolar a su hijo Isaac, como Dios se
lo exigía; donde Salomón erigió su templo, destruido dos veces por babilonios y
por romanos. Como lo afirman los relatos bíblicos, el apocalipsis y el juicio
final alcanzarán a los hombres en Jerusalén.
¿Exactitud? ¿Fantasía? En la cuna de las tres
religiones del Libro, la verdad importa con frecuencia mucho menos que el mito:
«Cuando se trata de Jerusalén no me pidan que haga la historia de los
hechos. Retirad la ficción y no queda nada», advierte el eminente
historiador palestino Nazmi al-Jubeh.
Jerusalén es la morada de un Dios único, la
capital que reivindican dos pueblos y el templo de tres religiones. Es también
la única ciudad del mundo que existe en dos sitios: en la tierra y en el cielo.
Su excepcional gracia terrestre no es nada comparada con su gloria celeste. El
hecho mismo de que pueda existir aquí y en el más allá significa que puede
estar en todas partes. Nuevas Jerusalén fueron fundadas en el mundo entero y
cada mortal tiene una visión propia de la Ciudad Santa.
Abraham, David, Jesús y Mahoma caminaron por
sus calles. Sagrada para las religiones del Libro, Jerusalén es la ciudad del
Libro. Se puede decir, incluso, que la Biblia es la crónica de la ciudad. Y sus
lectores -de los judíos a los primeros cristianos, pasando por los
conquistadores musulmanes y los cruzados- siempre intentaron influenciar su
historia para que se cumpla la profecía bíblica. Un trágico destino que, hasta
hoy, nunca cambió.
Una pequeña aldea
El primer nombre de Jerusalén parece haber
sido Salem. Así la menciona un escriba del norte de Siria en una tableta de
arcilla 2500 años a. C. Cinco siglos después, durante la IX dinastía egipcia,
aparece como Rushalayim o Urusalim en textos que la maldicen. Por entonces era
apenas una minúscula aldea de montaña sin muros de protección, habitada por un
puñado de familias de agricultores en torno de la fuente de Gihón. Tres valles
la limitaban: al este el Cedrón, al oeste el de Tiropéon y al sur el de Gehena.
Y tres cerros la dominaban: el monte de los Olivos, el monte Sión y el monte
Moriá, que se convertiría después en el monte del Templo.
Sin ningún valor estratégico, difícilmente
defendible, su único interés era la presencia de un manantial inagotable, cuyo
escaso caudal evitaría durante mucho tiempo todo aumento de la población.
Hoy, cuando el visitante llega a la cumbre del
monte de los Olivos, a 800 metros de altitud, hacia un lado ve el desierto, y
al otro una pendiente que baja hacia la llanura costera que conduce a Tel Aviv,
Jaffa, el Mediterráneo y Europa. A pesar de los muros de separación y los
alambres de púas que desde hace algunos años desfiguran sus contornos,
Jerusalén sigue siendo una localidad de montaña, como las otras ciudades santas
que se ubican a lo largo de esa línea de crestas: Naplusa, Belén y Hebrón. Como
hace 2000 años, en el ínfimo kilómetro cuadrado de superficie que ocupa la
Ciudad Vieja, continúan concentrándose todas las pasiones de la humanidad.
Pero ¿por qué en Jerusalén? Tal vez porque en
las tradiciones monoteístas, la dicotomía entre desierto y llanura -el mundo de
los muertos y el de lo vivos- ocupa un sitio esencial: la montaña es el sitio
de comunicación directa con el Altísimo. Es probable que, a pesar de todos sus
defectos, de las escarpadas pendientes y la escasez del agua, la geografía haya
jugado un papel decisivo en el destino de aquella aldea.
En todo caso, es casi imposible decir cuál es
la verdadera Jerusalén. ¿La ciudad mágica que aparecía en las someras historias
de la vida de los santos que leíamos de niños? Dentro de sus muros, el pastor
David había enfrentado al gigante Goliat y, después, convertido en rey, había
bailado semidesnudo frente al Arca de la Alianza, mientras la conducía a la
Ciudad Santa. Jerusalén era los fastos del rey Salomón seduciendo a la bella
reina de Saba, la entrada triunfal de Jesús montado en su asno y los últimos zelotes
sucumbiendo al ataque de los legionarios romanos de Tito, mientras el Templo
era devorado por las llamas.
¿Acaso es la ciudad que en el siglo XIX
describieron Chateaubriand, Lamartine, Flaubert o Pierre Loti, para quienes era
sólo un burgo adormecido en medio de sus ruinas cubiertas por el mirto y las
rosas?
Ésa no fue, sin embargo, la suntuosa urbe que
vio Tito por primera vez desde lo alto del monte Scopus (que significa
«mirar»), situado al noreste de la Ciudad Vieja. Era el año 70 de
nuestra era, en vísperas de su destrucción. Para usar los términos de Plinio,
Jerusalén era entonces «de lejos, la ciudad más celebrada de
Oriente». Una metrópolis opulenta y próspera, construida en torno a uno de
los templos más grandiosos del mundo antiguo.
Todo se derrumbó ese año, en el octavo día del
mes judío de Ab, cuando Tito, hijo del emperador romano Vespasiano, que dirigía
desde hacía cuatro meses el sitio de la ciudad, ordenó a sus fuerzas prepararse
para dar el asalto al Templo al amanecer. Ese último combate desesperado
decidiría no sólo la suerte de Jerusalén, sino también el futuro de las tres
religiones monoteístas de la historia.
Nadie sabe cuánta gente murió ese día en la
ciudad. Tácito dice que 600.000 personas la habitaban. El historiador judío
Flavio Josefo habla de más de un millón. Se sabe, sí, que todos perecieron de
hambre, asesinados o fueron vendidos como esclavos.
Primera destrucción
Cinco siglos antes, Jerusalén había sido
destruida una primera vez por Nabucodonosor, rey de Babilonia, que forzó a los
judíos al exilio. Cincuenta años después, el Templo fue reconstruido y los
judíos habían podido regresar. Pero esta vez, el Santuario no volvería a
erigirse jamás. Y, durante cerca de 2000 años, los judíos tampoco gobernaron
Jerusalén, con excepción de escasos periodos de corta duración.
El mundo tendría que esperar hasta el siglo XX
para que Jerusalén recuperara su grandeza. Tanta belleza había sido obra de
Herodes el Grande, monarca de Judea, loco genial cuyos palacios y fortalezas
fueron construidos a una escala tan monumental y decorados con tanto lujo que
Flavio Josefo reconocía que «superaban su capacidad para
describirlos».
Pero en Jerusalén, la belleza siempre se
acopla con la crueldad. Apenas 33 años antes de que el ejército de Tito
arrasara el Templo, las piedras de sus muros, que brillan al sol con destellos
de gemas bizantinas, habían sido teatro del crimen de un Justo. Un hombre que,
en un ambiente de guerra civil, fue víctima de la cobardía o la indiferencia de
un funcionario romano y de los intereses o la intolerancia de los sacerdotes
del Templo. El pueblo judío en su conjunto, en todo caso, no pudo ser culpable
del suplicio de uno de los suyos, Jesús.
Ni Poncio Pilatos ni los sacerdotes del Templo
imaginaron que esa crucifixión en el Gólgota pesaría para siempre en las
relaciones entre judíos y cristianos. Y, sobre todo, que sería el comienzo de
una extraordinaria aventura humana de fe y de fervor, que desde entonces no
dejaría de extenderse como un torrente a todos los rincones del globo.
La Biblia afirma que 34 soberanos reinaron en
Israel y en Judea (entre 1025 y 596 a. C., según recientes cronologías) hasta
la destrucción del primer Templo. El primero de ellos fue Saúl. El más
importante fue David, vencedor de Goliat. Su hijo Salomón construyó el primer
Templo para cobijar las Tablas de la Ley recibidas por Moisés. A su muerte
-siempre según las Escrituras-, su imperio se dividió en el reino de Israel
hacia el norte, mientras el reino de Judea ocupaba el sur.
Desde entonces, codiciada por todos, Jerusalén
fue teatro de invasiones sucesivas: asirios, babilonios, persas, romanos,
otomanos, cruzados, árabes. Fue pagana 2000 años bajo los cananeos y los
egipcios, vivió 250 años bajo el yugo romano, fue judía 1150 años, musulmana
1300 años y cristiana 414 años.
Entonces, ¿a quién pertenece Jerusalén? ¿Cuál
es el pueblo que puede reivindicar más derechos sobre ella? ¿Acaso existe una
respuesta a ese interrogante? ¿O sólo hay mil respuestas contradictorias?
Durante los largos siglos del exilio, los
judíos prescindieron de ella sin olvidarla, sin dejar de orar en su dirección,
tanto que la convirtieron en horizonte de una esperanza. En una metáfora que
los llevó a hallar prestigiosos sustitutos en todas partes: Kairuán, la Jerusalén
africana; Toledo, Jerusalén de España; Salónica, Jerusalén de los Balcanes;
Praga, Jerusalén de Bohemia; Vilna, Jerusalén de Lituania. Allí donde los
judíos eran numerosos o su cultura florecía, ahí estaba Jerusalén.
Las cenizas del último Templo conservaron, sin
embargo, el fermento no sólo del judaísmo moderno, sino también del carácter
sagrado de la ciudad para el cristianismo y el islam.
A comienzos del sitio, según una leyenda
rabínica muy posterior a los acontecimientos, el respetado rabino Yohanan ben
Zakkai habría ordenado a sus discípulos transportarlo en un féretro fuera de la
ciudad condenada, como una metáfora de la fundación de un nuevo judaísmo que
había dejado de reposar en el culto sacrificial dentro del Templo. Desde
entonces, los judíos que siguieron viviendo en Judea y en Galilea, así como en
el Imperio romano y el persa, lloraron el fin de la Ciudad Santa, pero nunca
cesaron de venerarla, como atestigua el salmo 137: 5-6: «Jerusalén, si
algún día te olvido,/ que se me seque la mano derecha;/ prometo que jamás te
olvidaré./ Si te llegara a olvidar/ que mi lengua se me pegue al paladar/ y no
pueda volver a cantar».
Por su parte, la pequeña comunidad cristiana
de Jerusalén, bajo la dirección de un primo de Jesús llamado Simón, huyó de la
ciudad antes de la llegada de los romanos. Los jerosolimitanos eran una secta
judía que oraba en el Templo. Ahora que estaba destruido, creyendo que los
judíos habían perdido los favores de Dios, abandonaron para siempre la fe
original y se proclamaron herederos legítimos de ese legado. Esos cristianos
imaginaron una nueva Jerusalén, celeste, que sustituiría a la ciudad judía
arrasada. Los Evangelios más antiguos, sin duda escritos justo después de la
destrucción del Santuario, relatan cómo Jesús había predicho el sitio de la
ciudad: «Veréis Jerusalén invadida por ejércitos». Y su demolición:
«No ha de quedar piedra sobre piedra».
Nueva religión
El Templo en ruinas y la caída de los judíos
eran la prueba de la nueva revelación. En los años 620, cuando Mahoma fundó su
nueva religión, adoptó primero las tradiciones judías, orando en dirección de
Jerusalén y venerando a los profetas judíos. También para él, la destrucción
del Santuario era prueba de que Dios había retirado su bendición a los judíos
para concederla al islam.
Décadas después, cuando la Biblia fue
traducida al griego, después al latín y más tarde en lengua vernácula, se
convirtió en el libro universal, haciendo de Jerusalén la ciudad universal.
Desde entonces, cada gran rey pretendió ser David, cada pueblo reivindica el
derecho de poseerla, cada civilización se proclama una nueva Jerusalén.
Tal vez ésa sea la verdadera respuesta al ¿por
qué Jerusalén? Esa ciudad, que no pertenece a nadie y existe para todos en la
imaginación de cada uno, «es» la Ciudad de Dios, siempre mezclándose
en la querella de los hombres. Allí lo absurdo se vuelve razonable, lo
irracional se convierte en lógico y el mito en verdad.
Ése es hoy el único punto de acuerdo entre sus
874.200 habitantes: sus 532.700 judíos askenazis o sefaradíes, sus 315.500
musulmanes chiitas o sunitas y sus 12.500 cristianos. Más ese millar de
sacerdotes, monjes y religiosas que obedecen a Roma, pastores de todas las
iglesias reformadas y de todas las sectas.
Precisamente ésa es su tragedia, que al mismo
tiempo la vuelve mágica. Cualquiera que haya soñado con Jerusalén, de los
apóstoles de Jesús a los soldados de Saladino, de los peregrinos victorianos a
los turistas de la actualidad, es víctima de la misma alucinación: llegar con
su visión personal de la auténtica Jerusalén y ser incapaz de reconocerla. Y
como Jerusalén es propiedad de todos, es como si cada uno tuviera derecho de
imponer «su Jerusalén» a Jerusalén. Así lo hicieron los hombres con
ella una y otra vez a lo largo de su atormentada historia. Con demasiada
frecuencia, a fuerza de fuego, destierro y destrucción.
Como si el destino o Yahvé, su Dios celoso e
intratable, hubieran condenado a Jerusalén a pagar con sangre sus más bellas
horas de gloria.
Jerusalén: ciudad santa que existe en la tierra y en el cielo
27/Dic/2017
La Nación, Ideas, Por Luisa Corradini