Por qué la mayoría de los israelíes agradece la decisión de Trump sobre Jerusalén

13/Dic/2017

El Confidencial, España, Por Elías Cohen

Por qué la mayoría de los israelíes agradece la decisión de Trump sobre Jerusalén

«Debes
dejar que los judíos tengan Jerusalén; fueron ellos quienes la hicieron
famosa».
Winston
Churchill a la diplomática británica Evelyn Shuckburgh (1955)
Desde que el pasado 6 de diciembre Donald
Trump reconociera públicamente a Jerusalén como capital de Israel y ordenara el
traslado de su Embajada, hasta ahora ubicada en Tel Aviv, ha vuelto la
encarnizada lucha de narrativas -que es otro de los frentes, quizás el más
activo- del conflicto entre israelíes y palestinos. No en vano, David Brooks
señala el empeño de las partes en imponer su narrativa a la otra como una de
las razones de la longevidad del conflicto.
La declaración de Trump ha sido tachada de
irresponsable, de incendiar Oriente Medio y de enterrar nuevamente del proceso
de paz; sin embargo, puede que reconocer a Jerusalén como capital de Israel no
sea tan malo, ni tan injusto. Al fin y al cabo, es una de las reivindicaciones
principales de los israelíes -en 2015 un 92% la consideraba su capital, y el
mes pasado un 72% consideraba que Israel debía ostentar la soberanía sobre la
Ciudad Vieja- y un anhelo milenario de la gran mayoría de los judíos.
El impacto del destierro sigue todavía
latente en el imaginario judío independientemente de la práctica religiosa o de
la afinidad con el Estado de Israel
Dejando de lado lo que pensemos sobre Trump
-su nombre obliga a emitir una opinión sobre él, pero nos abstendremos-,
obviando que ha sido un movimiento coherente para su presidencia (reconocer
Jerusalén como capital de Israel y trasladar allí la Embajada estadounidense
fue aprobado por el Congreso en una ley de 1995, ha sido también una promesa
electoral de Trump y una reivindicación política del electorado evangélico
representado por el vicepresidente Mike Pence) y suponiendo que esta decisión
histórica, probablemente, marque un punto de inflexión -aún no sabemos si
positivo o negativo- en el devenir de la región, quizás no haya sido el
‘momentum’ para hacerlo.
No obstante, para la mayoría de los israelíes
y para la mayoría de los judíos de todo el mundo, sean religiosos o seculares,
ha sido el reconocimiento de una realidad y un acto de justicia histórica.
Jerusalén, más que una ciudad
Jerusalén tiene un lazo milenario con la
conciencia colectiva judía. El impacto del destierro sigue todavía latente en
el imaginario judío independientemente de la práctica religiosa o de la
afinidad con el Estado de Israel. Por ejemplo, el recuerdo de la destrucción
del Templo de Jerusalén es hoy, después de 2000 años, un día de luto marcado
con un ayuno.
Los judíos hicieron de su religión la
tierra que habían perdido y por ello los textos sagrados y la identidad se
fusionan en un solo concepto, y Jerusalén es el mejor ejemplo de ello. A este
respecto, Jerusalén es mencionada 656 en el Antiguo Testamento y 3.212 veces en
el Talmud, dos libros centrales en la formación y desarrollo de los judíos como
pueblo -sobre todo el segundo, testimonio legal, filosófico y científico del
largo vagar en el exilio-. Los judíos piadosos piden tres veces al día la
reconstrucción del Templo de Jerusalén. Todas las primeras noches de Pesaj,
judíos de todos los rincones del planeta siguen pidiendo el retorno a
Jerusalén, y en todos los casamientos, una celebración que debe estar colmada de
alegría y felicidad, el novio rompe un vaso y clama que nunca olvidará a
Jerusalén. El sionismo debe su nombre al monte Sión, donde estaba ubicado el
Templo de Salomón.
Jerusalén es, en palabras del historiador
Martin Gilbert, “no sólo una mera capital para los judíos, sino como el centro
espiritual y físico en la historia de los judíos como pueblo”, y como tal,
nunca han renunciado a ella. El legendario alcalde de Jerusalén, Teddy Kollek
(desde 1965 hasta 1993) fue más rotundo: “Si quiere que una simple palabra
simbolice toda la historia judía, esa palabra sería ‘Jerusalén’”.
Para los judíos, en suma, Jerusalén
sobrepasa la religión y la fe: es una cuestión definitoria, nacional. Por
tanto, serán pocas las voces que rechacen la capitalidad de Jerusalén.
Uno de los asuntos más enrevesados
Como ya recordamos, Jerusalén estuvo
durante 400 años bajo dominio del Imperio Otomano, y posteriormente pasó a
estar administrada bajo el Mandato Británico para Palestina. El plan de
partición que aprobó la ONU en noviembre de 1947, debido a la delicadeza y
complejidad de los lugares sagrados de las religiones monoteístas, contemplaba
un estatus de ciudad internacional para Jerusalén.
En la primera guerra árabe israelí
(1948-1949) los judíos pelearon hasta su último aliento por Jerusalén contra la
legión jordana. A pesar de estar sitiada, el ejército israelí construyó una
carretera improvisada en las colinas -llamada también Carretera Birmania- para
abastecer a las tropas que allí resistían. David Ben Gurion, padre del Estado
de Israel -y laico, como todos los padres fundadores del país- dijo entonces
que “Ninguna ciudad en el mundo, ni siquiera Atenas o Roma, desempeñó un papel
tan importante en la vida de una nación durante tanto tiempo, como lo ha hecho
Jerusalén en la vida del pueblo judío”. Finalmente, la ciudad quedó dividida en
dos, y Jerusalén Este (incluyendo la Ciudad Vieja) bajo ocupación jordana.
Durante esos años (1949-1967) los israelíes
y los judíos de la Diáspora vieron con horror cómo su venerado Muro de las
Lamentaciones quedó relegado a un pasadizo lleno de basura, y cómo se
construyeron letrinas en el cementerio del Monte de los Olivos. En cambio, y
más allá de todo lo que trajo después la Guerra de los Seis Días, los judíos de
todo el mundo encogieron su corazón cuando la brigada de paracaidistas tomó la
Ciudad Vieja de Jerusalén, el lugar hacia donde rezan tres veces al día desde
el año 70 D.C.
Jerusalén, en cambio, no fue tratada como
ciudad importante por el imperio Otomano, ni ha sido nunca capital de un país
árabe, pese a albergar la Domo de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Pero ni el
primer hecho -es una ciudad históricamente judía- ni el segundo –la
reivindicación palestina sobre Jerusalén es reciente y ad hoc- justifican
ninguna soberanía, ni israelí ni palestina, sobre la ciudad. Son, en cambio,
los acuerdos internacionales, las realidades sobre el terreno y los actos
soberanos, los que definen la capitalidad de Jerusalén. Y en este sentido, la
decisión de Trump tampoco ha sido peregrina.
Israel hizo de Jerusalén -entonces la parte
Occidental- su capital desde 1953. Trasladó allí el Parlamento, los
ministerios, la Corte Suprema, y demás instituciones nacionales, y en 1980,
mediante una Ley Básica, la declaró como su capital indivisible. Es un acto de
soberanía nacional elegir la capital y los israelíes decidieron que sería
Jerusalén. Por otra parte, nadie pone en duda que Jerusalén Occidental es
Israel –los palestinos solo reivindican Jerusalén Este- y Trump no definió las
fronteras de la ciudad en su declaración; al contrario, apeló a las
negociaciones entre ambas partes para ello. Sus predecesores, Bill Clinton,
George W. Bush y Barack Obama, se mostraron explícitamente a favor de la
indivisibilidad de Jerusalén como capital de Israel.
Los israelíes consideran a Jerusalén como
su capital, y para los judíos de todo el mundo es un símbolo nacional. Para
todos ellos, el reconocimiento de Trump es una batalla ganada.