La sabiduría práctica del Islam

31/Ago/2010

Daniel Vidart

La sabiduría práctica del Islam

La sabiduría práctica del Islam
Por Daniel Vidart – Antropólogo
Acabo de leer un libro escrito por «varios sabios» musulmanes, los muytahidín, cuyo texto fue «revisado y aprobado» por el Imam Al-Jomeini. (*) En el prólogo se dice que, según el Islam, todo lo que el hombre hace puede dividirse en cinco categorías: lo obligatorio, lo ilícito o prohibido, lo preferible o meritorio, lo desaconsejable o detestable y lo permisible. Describir cada una de estas acciones llevaría mucho espacio y fatigaría al lector. Solamente transcribiré lo que se considera desaconsejable o detestable ( makrúh), para resaltar el juicioso criterio de estos consejeros: «Orar teniendo por delante una imagen, comer mucho, soplar la comida, comer comida muy caliente, etc.».
El prologuista, Moshen Rabbani, Imam de la Mezquita At-Tauhid de Buenos Aires, finaliza la introducción con estos piadosos deseos: «Esperamos que, con la ayuda de Dios, esta obra sirva como hito fundamental en la práctica del Islam para todos los musulmanes de habla hispana que se conducen por el sendero recto hacia su Señor».
Los materiales del libro se ordenan en una serie de Mandatos que se inician con los At- Taharah, que versan sobre «La Pureza» y terminan con los referentes a «La Defensa y la Guerra»( Al-Yihad).
En lo que atañe a las once cosas impuras, su enumeración es la siguiente: «La orina, los excrementos, la esperma, la carroña, la sangre, el perro, el cerdo, los incrédulos, el vino, la cerveza y el sudor del camello que come excrementos».(83) Notable y muy ilustrativo listado. Una perfecta taxonomía, ya que el perro y el incrédulo van juntos, como lo advierte el viejo dicho «perros infieles», utilizado para catalogar a quienes no son musulmanes.
Dentro del rechazo a las cosas impuras se destaca lo concerniente a «la manera de orinar y defecar». Es de particular interés para todo buen muslim memorizar las recomendaciones del numeral 72: «Después de haber orinado es preferible limpiar todo el ano si está impuro; después se debe apretar tres veces con el dedo mayor de la mano izquierda la parte comprendida entre el ano y el final del pene; luego colocar el pulgar en la parte superior del pene y el índice en la parte inferior, tirar tres veces del capuchón hasta el anillo de la circuncisión, y finalmente apretar tres veces la extremidad del pene». Estas medidas profilácticas no solamente convienen a la salud de las partes pudendas; al aplicar los conocimientos científicos obtenidos cuando florecía la Edad de Oro en Córdoba y Bagdad se combaten las perniciosas prácticas derivadas de la hechicería y la magia. Del mismo jaez son los siguientes consejos, que los hombres de Occidente, tecnificados, incrédulos y holgazanes, tendrían que tener en cuenta: «78. Para orinar o defecar es preferible agacharse en un lugar aislado; es preferible también entrar en este lugar con el pie izquierdo y salir con el derecho. Es preferible cubrirse la cabeza durante la evacuación y hacer soportar el peso del cuerpo sobre el pie izquierdo». Esta recomendación pone en aprietos a quienes han instalado dispositivos higiénicos en los espacios domésticos reservados para esos impuros menesteres. Es preciso volver a la «letrina» y, en vez de sentarse en el WC, hacer las necesidades «a pulso» (acuclillados), como se decía en nuestro campo, cuando se «obraba» en el cañaveral plantado cerca de la vivienda.
La pureza es la obsesión de todo estricto creyente. Es por ello que debe tenerse en cuenta esta fundamental distinción, exenta de todo viso contradictorio: «La sangre del hombre y de todo animal que sangra cuando se le degüella es impura; en cambio la sangre del pescado, del mosquito y de todo aquel animal que no sangra es pura». Misterio profundo y salvífico, este de la sangre del animal que no sangra, es decir, que no la tiene.
Reconozco mi carencia de conocimientos en el campo de la zoología. Tendré en cuenta, luego de leer la siguiente advertencia, que existe una fauna marina de perros y cerdos que, lamentablemente, hasta hoy ignoraba. «105. El perro y el cerdo terrestres son impuros, así como sus pelos, su carne, sus huesos, sus pezuñas y sus excrementos; en cambio sus similares (especies) del mar son puros, pero no es lícito su consumo». Los mandamientos no solamente están enderezados hacia la conducta de los hombres que, según la Sura IV, 38, del Corán «están por encima de sus mujeres». Estas, si les desobedecen, deben ser encerradas en sus habitaciones, y si insisten en el desacato, «golpeadas».
También han de ser obedientes a los mandatos dirigidos «a las menstruantes». Cito solamente uno, extractado de un repertorio prolijo, casuístico, temeroso de la impureza femenina: «477. Actos desaconsejables para las menstruantes: a) Leer el Corán; b) Tocar los márgenes y los espacios en blanco del mismo; c) Llevar el Corán encima; d) Teñirse el cabello».
No puede pedirse una mayor correspondencia lógica. En particular, la concerniente al teñido del cabello cuya visibilidad, fuera de la casa, está clausurada por el velo.
Basta de ejemplos. Con lo leído y comentado es suficiente. Pero como el recién celebrado Ramadán exige el ayuno de sol a sol, transcribo lo «que es desaconsejable para el ayunante»: «1656. Varias cosas son desaconsejables para el ayunante: colocar algún remedio en los ojos; la transfusión de sangre; bañarse porque está débil; oler vegetales perfumados; aplicarse supositorios; mojar la ropa que se lleva puesta; la extracción de dientes y todo aquello que provoque salida de sangre en la boca; incentivar el deseo sexual sin intención de eyacular y con intención. En este último caso si se concreta la eyaculación el ayuno quedará anulado».
Es encomiable el consejo, y por momentos desearía limar las cadenas que me atan a una desaprensiva cultura, amasada en la cubeta medieval por los fantasmas del mundo clásico grecorromano y de la cosmovisión judeocristiana. Ello me permitiría abrazar la fe islámica, esa que no deja el menor resquicio para ejercitar los oficios cotidianos emanados de un doméstico libre albedrío. Así reencontraría, sin duda, la pureza que sin cesar hemos ido perdiendo los no creyentes tras un largo peregrinaje por las sendas del pecado.
Hasta ahora estos mandatos evocan las voces de un lejano pasado, en el que imperaban la sabiduría de los gerontes, alumbrados por las antorchas del Neolítico. Pero en llegando a lo postrero, como diría Jorge Manrique, nos damos de bruces con la urticante contemporaneidad. El lenguaje cambia y se sulfura. La ira y el desprecio brotan a flor de piel. Retumban entonces las voces del rencor agareno, del postergado Ismael, de la frustración histórica, de la soñada destrucción del Otro.
En efecto, el mandato Nº 2829 salta de la esfera privada al escenario internacional: «No están permitidas las relaciones políticas o comerciales con los que son títeres de las superpotencias opresoras como el gobierno de Palestina Ocupada (Israel), y es necesario que los musulmanes de cualquier forma posible muestren su desacuerdo. Los comerciantes que tienen relaciones con este gobierno son traidores al Islam y los musulmanes. Es necesario que los musulmanes corten relaciones con los gobiernos o los comerciantes (que negocian con estos enemigos del Islam) y obligarlos a arrepentirse».
Estas palabras fueron escritas o aprobadas por el ayatolá Jomeini, quien rigió los destinos políticos y religiosos de Irán luego del derrocamiento del Sha en el año 1979. Jomeini, a su vez, fue derrocado por la muerte un decenio después. Su herencia moral y su agudeza de ingenio han sido recogidas por el estadista islámico Mahmoud Ahmadineyad.
(*) Imam Jomeini. Las leyes prácticas del Islam. Ediciones Mezquita At-Tahuid. Buenos Aires,s/f