El jueves 14 de julio tres jóvenes árabes
con nacionalidad israelí mataron a dos policías en la Ciudad Vieja de Jerusalén
con armas de fuego, particularmente dentro del complejo del Monte del Templo
que alberga a la mezquita santa de al-Aqsa y la Cúpula de la Roca. Como
consecuencia, a los efectos de reevaluar los mecanismos de seguridad en el
lugar, las autoridades competentes decretaron clausurar el complejo
temporalmente. Esta acción imposibilitó que los fieles musulmanes ingresaran al
sitio al día siguiente para participar en la azalá (oración) del viernes, lo
que provocó una ola de consternación en el mundo musulmán. Subsecuentemente, la
instalación de detectores de metales a la entrada del complejo exacerbó a las
multitudes, lo que dejó como saldo una serie de enfrentamientos entre
palestinos y las fuerzas de seguridad.
Si bien los ataques terroristas en la
Ciudad Vieja son una realidad recurrente, el último incidente llama la atención
porque los agresores lograron ingresar al complejo del Monte, donde el control
policial es aún mayor. En este sentido, inadvertida o intencionalmente, los
militantes consiguieron explotar las tensiones subyacentes entre israelíes y
palestinos, lo que dio pie a incidentes explosivos. El enojo proviene de la
percepción de que Israel busca anexarse el complejo y que las medidas de
seguridad adicionales están pensadas para acosar a los fieles deliberadamente,
a modo de restringir el paso e insultar su dignidad. No por nada la postura
palestina sostiene que los detectores de metales constituyen «una
violación a la santidad de la Mezquita de Al-Aqsa».
¿Son válidas están percepciones? Son
ciertas en la medida en que reflejan la interpretación dominante en la escena
musulmana, acostumbrada a pensar a Israel como un constructo colonial
ilegítimo. Con independencia de lo acontecido, y sin importar qué hagan o dejen
de hacer las autoridades israelíes, estas impresiones no van a cambiar en el
futuro previsible. Bien, paralelamente, a la luz de los hechos, estas quejas
revelan cierta hipocresía, visible cuando uno contrasta la seguridad en
Jerusalén con la seguridad en La Meca. Por ello, es conveniente revisar la
situación, como así el prospecto de que pueda darse una solución intermedia.
En principio, fuera de la circunstancia
israelí, es evidente que los monumentos y los sitios sensibles deben ser
protegidos por personal de seguridad, especialmente en épocas donde la
proliferación del terrorismo está a la orden del día. Por esto mismo, incluso
so pena de contrariar la santidad de la Gran Mezquita de la Meca, Masjid
al-Haram, las autoridades sauditas no tienen alternativa salvo monitorear extensivamente
la actividad de los peregrinos, con cámaras y detectores de explosivos. Sin
embargo, Arabia Saudita no tiene las controversias territoriales que tiene
Israel. En el contexto de Tierra Santa, cualquier interferencia o modificación
en el delicado balance existente suscita polémica. Ante la ausencia de un
acuerdo de paz entre israelíes y palestinos, el Monte del Templo, también
conocido como la Explanada de las Mezquitas, cae dentro de territorio israelí.
Así y todo, el lugar es administrado por un fideicomiso islámico
palestino-jordano (waaqf), que nominalmente vela por alertar sobre supuestas
violaciones israelíes. No sorprende entonces que el Estado hebreo se enfrente a
una guerra diplomática, que tiene como propósito deslegitimizar la presencia judía
sobre los lugares santos.
Por otro lado, la situación actual revela
una curiosidad no menor. Tal como sugiere Martin Kramer, el ataque en el Monto
del Templo destaca el cinismo del discurso musulmán. En efecto, «el
reclamo islámico habitual» consiste en presentar a los israelíes como la
principal amenaza a la integridad del complejo sagrado. No obstante, ahora
sucede que musulmanes ingresaron armas a este lugar, discutiblemente violando
su santidad. Aun así, los referentes musulmanes evitaron (y en el mejor de los
casos minimizaron) el atentado terrorista. Solamente Jordania esbozó cierta
condena, aunque exigió que Israel dé marcha atrás con la medida que ofende a
los fieles. Por otro lado, Hamas, particularmente vocal en condenar la
percibida apropiación israelí de sitios islámicos, celebró el atentado. Este
comportamiento demuestra cómo el grupo puede trastornar o manipular la religión
con base en sus finalidades políticas.
En rigor, subirse a la ola de indignación
religiosa es lo más políticamente correcto que puede hacer un dirigente
musulmán. En tanto muchos celebren este y otros atentados, condenar la
violencia efusivamente implicaría dar por sentado que «no hay razón para
resistir la ocupación». Tal es así que en la narrativa palestina condenar la
violencia es condenar el «altruismo» del mártir. No por poco alguien
como Recep Tayyip Erdogan salió a condenar a Israel por la instalación de los
detectores de metales. El presidente turco siempre buscó posicionarse como un
campeón de la causa palestina en el ágora internacional, y si bien no puede
festejar la violencia árabe, tampoco puede criticarla abiertamente.
En suma, en ojos palestinos los detectores
de metales representan un acto de humillación. Paradójicamente, no interesa que
estos puedan prevenir un atentado contra fieles musulmanes. Quizás, de haberse
instalado medidas de seguridad similares, la masacre de 1994 en la Tumba de los
Patriarcas en Hebrón podría haberse evitado. En aquella ocasión, un judío
radical acribilló a 29 personas. Y dado el clima de hostilidades, no es posible
descartar la posibilidad de fanáticos buscando asesinar a palestinos. Si dicho
escenario llegara a materializarse, seguramente la opinión palestina culparía a
Israel de no haber hecho lo suficiente para garantizar la seguridad en los
sitios de culto.
Dada la controversia, a mi modo de ver las
cosas, Israel debe adoptar una solución intermedia. Más allá de que es
lamentable ser laxo con algo tan fundamental como la seguridad, la indignación
palestina supone el riesgo más grande. Cuando, en septiembre de 2000, Ariel
Sharon visitó el complejo sagrado en cuestión, inadvertidamente despertó la ira
de los musulmanes, lo que dio a Yasir Arafat la oportunidad perfecta para
formalizar lo que pasaría a conocerse como la Segunda Intifada. En Medio
Oriente algo como un control de seguridad, acaso trivial en Estados Unidos o en
Europa, es un hecho simbólico cargado de emociones que puede movilizar a
multitudes.
Atrapados entre la hipocresía árabe y la
necesidad pragmática de apaciguar a los manifestantes, es probable que los
decisores israelíes minimicen los controles. Una forma de hacerlo consiste en
cambiar los aparatos que se instalan en el piso por detectores manuales, de
esos que llevan los guardias que controlan en el acceso a las estaciones de
tren y a los centros comerciales en Israel. De este modo, sólo aquellos
individuos sospechosos serán revisados. Eso sí, este compromiso no es garantía
de éxito, pero por lo pronto podría destrabar la situación.
Los disturbios en Jerusalén: entre hipocresía y pragmatismo
25/Jul/2017