¿Olvidamos a Irán?

06/Jul/2017

Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski

¿Olvidamos a Irán?

Ningún ciudadano del mundo que haya estado expuesto en algún momento a los horrorosos videos difundidos por Daesh (el Estado Islámico) sobre sus propias atrocidades, o leído al menos algún testimonio de civiles que estuvieron en sus garras y lograron salir, puede dudar hoy de lo terrible de ese monstruo asesino. Pero sería un error ver en él al único responsable de las matanzas en Oriente Medio y del ataque constante a los valores del mundo libre.
Su ideología del siglo VII cuando el nacimiento del Islam, combinada con tecnologías del siglo XXI, arroja un resultado letal y estremecedor. Pero mucho más peligroso es Irán, con mucho mayor poderío militar y económico. Es suficientemente inteligente como para moverse con otro estilo y no difundir al mundo degollamientos, pero continúa colgando homosexuales en sus plazas y apoyando a organizaciones terroristas asesinas, fomentando siempre una visión radical del Islam.
En una entrevista publicada en este portal días atrás a Susana Mangana, experta en el mundo árabe e islámico, la sensación que deja su lectura es que el régimen de los Ayatollas queda exento de culpa respecto a la situación que vive actualmente Oriente Medio. Me permito pues intentar aportar a la comprensión del momento actual y de lo vivido en los últimos años, a través de mi propio análisis. Es que si bien sí menciona a Irán como la potencia que encabeza al Islam chiita, enfrentada a Arabia Saudita que va al frente el bloque suní, el análisis que hace de la guerra en Siria deja claramente la impresión de que la sangre allí derramada es culpa de los opositores al régimen de Bashar el-Assad, cuando en realidad, gran parte de ella recae sobre los hombros del propio Irán.
Lo que sucede hoy en Siria no se debe simplemente a que «rápidamente la oposición se militarizó, se armó, y ahí es donde viene la injerencia de terceros». Las primeras protestas, en la ciudad de Dar´a, no fueron violentas sino un clamor por mayor libertad. Ni siquiera se pedía el fin del régimen, sino mayor apertura. La respuesta del régimen sirio fue cruenta de inmediato, en un claro intento de aplastar en forma absoluta las manifestaciones.
Cuando junto a la gente común que salió a la calle comenzaron también los choques abiertos con símbolos del régimen, por parte de una diversidad de grupos opositores armados en forma muy limitada, es cierto que comenzaron a llegar «terceros» desde afuera. Pero si se habla de ellos, hay que mencionarlos a todos. Y no fueron solamente los fundamentalistas islámicos sunitas que vinieron en apoyo a los rebeldes sirios de Irak, Chechenia y Afganistán, sino también las Guardias Revolucionarias de Irán y los miembros de Hizbala en apoyo del régimen de Assad, participando activamente en los combates. Son responsables del asesinato de numerosos sirios.
En octubre del 2013, viajamos a entrevistar refugiados sirios en Turquía, en localidades cercanas a la frontera con Siria, a las que llegaban huyendo de la guerra, especialmente los residentes en la parte norte del país. Uno de los lugares que recorrimos fue una clínica donde se recuperaban heridos, parte de ellos miembros del Ejército de Siria Libre, que en ese momento era una fuerza simbólica de la oposición.
Nos permitimos reproducir algunos párrafos de una de las notas que enviamos desde allí al periódico mexicano «El Universal» que fue el que nos envió a esa cobertura especial:
Conversamos entre otros con Udai Muhammad, de 22 años, el herido más joven que se recuperaba en un centro médico en la localidad de Reyhanil.
No puede caminar sin la ayuda no sólo de unas muletas especiales que todavía tendrá que usar por mucho tiempo, sino también de la de su hermano mayor, Ramz, de 32, que logró llevarlo a territorio turco para salvarlo. Otros dos de sus hermanos están combatiendo-al igual que ellos lo hacían hasta hace poco- en el Ejército de Siria Libre, una de las fuerzas centrales de los rebeldes. Hace un año y medio que no ven a su familia.
Udai y Ramz cuentan con tono casi de rutina sobre su situación…Hasta que preguntamos por Irán. Udai levanta su tono de voz.Ramz agita sus brazos al aire y luego señala las piernas de su hermano. «¿Irán? ¿El aliado de Bashar? Ellos hicieron esto. Ellos casi me matan».
Udai estaba con otros compañeros cuando sintió que desde un tanque sirio se aprestaban a disparar un proyectil. Había también gente fuera del tanque.»Eran iraníes, no hay ninguna duda, los escuché hablar en persa…y con ellos había unos chiitas sirios…les gritamos, que no disparen pero nada ayudó. Estaban como locos. Gritaban por Hussein y por Ali (figuras claves en el Islam chiita, a diferencia del sunita) y dispararon. Vinieron a Siria a matar».
Hasta aquí, el testimonio de dos de los numerosos heridos sirios.
Pues es cierto, como dijo Susana Mangana, que «hubo potencias regionales que dieron dinero, armas, apoyo logístico a grupos opositores, sobre todo a agrupaciones de ideología salafista, una pléyade de organizaciones de extranjeros que han venido a pelear a Siria con el objetivo de derrocar al gobierno de Al Assad y a veces se potencian con ese objetivo y otras luchan entre ellas». Pero el análisis exacto de la situación, no puede dejar de lado a Irán, que por cierto es no menos culpable de la guerra-por su propia intervención y por su apoyo constante al régimen sirio- que los extremistas de la otra rama del Islam. Es más: la mayor parte de las víctimas de la guerra, fueron obra del régimen de Assad , que hace tiempo no estaría en el poder, de no ser no solamente por Rusia, como dijo certeramente Susana, sino por la ayuda clave de Irán y los terroristas de Hizbala.
Gerardo Tagliaferro pregunta sobre el poder de atracción de Daesh que seduce también a jóvenes en Occidente. «Sobre todo les seduce esa idea de la justicia, de tener una segunda oportunidad de vivir en un protoestado de acuerdo a las normas islámicas del séptimo siglo de la era cristiana, es decir los albores del Islam. Porque están desencantados, están frustrados con la sociedad en la que viven». No es fácil, sin duda, la adaptación a un mundo distinto de aquel en el que uno creció. Pero quienes iniciaron una nueva vida sin intentar imponer las normas de la suya anterior al lugar que los recibió, en muchos casos lo lograron.
Susana agrega: «Si ese terreno es abonado yendo a una mezquita donde escuchan un sermón muy incendiario que les va haciendo pensar en los musulmanes que mueren con las bombas de Estados Unidos o Francia, o que Francia y Gran Bretaña les robaron, les despojaron de la dignidad, entonces salen de allí henchidos de una suerte de euforia que les lleva a querer convertirse en mártires». Sin olvidar ni por un momento los crímenes y crasos errores de Occidente en diferentes partes del mundo árabe, es un hecho que muchos más musulmanes han muerto a manos de musulmanes, que de bombas occidentales. La frustración por el trato de Occidente (especialmente Estados Unidos), argumento tan popular en América Latina, es más que nada una herramienta bien manejada por los propios extremistas islámicos en favor de sus propias agendas. No es el bienestar de los musulmanes lo que les interesa, sino su poder, su deseo de imponer su única verdad.
Por eso, conectamos esto con la pregunta sobre la posibilidad de la amenaza terrorista en América Latina, a la que Susana responde «evidentemente hay un peligro, claro que sí, pero no debemos sobredimensionarlo» y explica, entre otros argumentos, que «no están los conflictos subyacentes que hay en Europa».Y agrega: » Ni Honduras, ni Guatemala, ni Uruguay han intervenido en ninguna aventura colonial, no hay tropas de estos países en Irak o en Siria. Es decir, hay mucho menos resentimiento de los ciudadanos musulmanes hacia América Latina».
El problema es que los terroristas no necesitan explicaciones lógicas para nada. El resentimiento puede ser auténtico, pero lo usan los fanáticos para sus fines, no para ayudar a los pueblos del Islam.
Y volvemos a Irán, ineludible recordarlo cuando de terrorismo en Latinoamérica se trata. ¿Cómo olvidar los dos atentados cometidos en Buenos Aires? Y detrás de ambos, estuvo Irán. Así fue en la bomba en la Embajada de Israel el 17 de marzo de 1992, como en la mutual judía AMIA el 18 de julio de 1994. En el primer atentado, el saldo fue de 22 muertos, algunos de ellos diplomáticos israelíes y la mayoría ciudadanos argentinos, y más de 240 heridos. En el de la AMIA, hubo 85 muertos y más de 300 heridos, la inmensa mayoría argentinos, además de un uruguayo y algún otro extranjero.
América Latina comete un serio error si cree que el terrorismo es asunto de otros. Es un hecho que el peligro principal está ahora en otro lado. Pero alertas hay que estar siempre. Y no sólo ante el Estado Islámico. Es popular hoy concentrar en este grupo todo el temor. Pero es una lectura equivocada. Hay otros, del otro lado del Islam, que ya han matado mucho más que ellos, a la vuelta de la esquina. No hay que olvidarlo.
Sobre las culpas de los platos rotos
Hace pocos días leímos en este portal una muy interesante entrevista que nuestro colega Gerardo Tagliaferro realizó a Susana Mangana, muy conocida en Uruguay como experta en Islam y Mundo árabe, titulada «Las mil y una brechas». Sin duda vale la pena leerla y la recomendamos.
Al mismo tiempo, sentimos la necesidad de hacer algunas aclaraciones sobre ciertos puntos en los que a nuestro criterio, Susana se equivoca o llega a determinadas conclusiones que no parecen tener en cuenta ciertos hechos que nos resulta clave recordar. Hoy nos referiremos al tema israelo palestino y en nuestra próxima nota, a la situación en el mundo árabe y musulmán.
*A la pregunta «¿por qué el conflicto entre Israel y Palestina es tan importante para el resto de la región?», Susana responde:
«Porque es una herida abierta en los países árabes que se implicaron en guerras para defender la causa palestina y fueron todas un estrepitoso fracaso para ellos».
Bueno…la verdad es que es difícil saber por dónde empezar.
– Los países árabes no se implicaron en guerras para defender la causa palestina sino que se lanzaron a la guerra contra Israel en 1948 para impedir la creación del Estado judío aún sabiendo que con ello estaban impidiendo la creación del Estado árabe, que hoy se llamaría palestino. Fue esa posición extremista de «todo o nada», la culpable de gran parte de lo que sufrieron desde entonces los palestinos cuya «causa» no existía en ese momento. Su objetivo nunca había sido construir un Estado propio y la única causa que el mundo árabe abrazó, fue la de hacer imposible la fundación del hogar nacional judío.
Es que en aquel momento, cuando se estaba por declarar la independencia de Israel que los árabes querían impedir ¿cuál era la causa palestina? Nadie hablaba de Estado independiente ni había hablado jamás. Los territorios que Israel conquistó en 1967 y en parte de los cuales los palestinos quieren construir su Estado independiente, no estaban en manos de Israel sino de los árabes cuando iniciaron su primera guerra contra Israel: Cisjordania en manos de Jordania y la Franja de Gaza en manos de Egipto. Israel no ocupaba nada e inclusive había aceptado que Jerusalem sea un «corpus separatum» bajo régimen internacional, con tal de que se implemente aquella resolución de la ONU. O sea que la causa palestina no era liberar nada de ocupación israelí, sino garantizar que Israel no exista.
Los palestinos fueron en parte víctimas de sus «hermanos» pero también responsables de la situación. No los civiles, que suelen ser siempre las víctimas más terribles de las guerras, pero sí su liderazgo, que en la persona del Mufti de Jerusalem Hajj Amin el-Husseini, no sólo apoyó la guerra sino que azuzó constantemente a los disturbios y la violencia contra los judíos. No era de sorprender tratándose de una figura que apoyaba plenamente a Hitler.
Esa guerra que los árabes lanzaron apenas terminó el Mandato Británico en Palestina el 14 de mayo de 1948, y que el liderazgo árabe palestino local ya había iniciado antes atacando a la población civil judía, fue un rechazo explícito y rotundo a la resolución 181 del 29 de noviembre de 1947, con la que la Asamblea General de las Naciones Unidas, por 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, había recomendado «la creación de un Estado judío y un Estado árabe». El liderazgo sionista de entonces aceptó la resolución, los judíos salieron a bailar por las calles tanto de Jerusalem y Tel Aviv como de Montevideo-en expresión de alegría y en el caso uruguayo, como agradecimiento al gobierno del Presidente Luis Batlle Berres que dio un apoyo clave en la ONU-pero apenas se fue el último soldado inglés, cinco ejércitos árabes invadieron el territorio del recién declarado Estado de Israel.
Claro que hay heridas abiertas y que los árabes fracasaron. Por suerte. Porque el éxito en sus designios de entonces, habría significado la eliminación de Israel. Decían explícitamente que su intención era impedir que nazca ese Estado. Y aunque lejos estamos de ser quienes creen que en un conflicto de tantos años, las cosas pueden resumirse en términos simplistas de «nosotros somos buenos y ellos son malos», no tenemos duda de que este conflicto no habría nacido de no ser por aquella posición de rechazo absoluto del mundo árabe al naciente Israel.
Susana agrega: «Entonces sienten que fue una expropiación que se robó la tierra palestina y que no es justo que los palestinos paguen los platos rotos del Holocausto».
La creación de Israel no fue expropiación de ninguna tierra palestina porque nunca en la historia existió un Estado palestino. Cuando se creó Israel, no fue sobre las ruinas de un estado palestino que los judíos destruyeron para fundar el suyo, aunque eso es lo que pretenden dar a entender siempre los palestinos, sino sobre parte de la tierra que durante siglos se había llamado Judea (o sea tierra de los judíos).
Nadie te puede robar lo que no tienes. Y nunca hubo un Estado palestino independiente. En realidad, podría haber nacido aquel 14 de mayo de 1948, el mismo día que nació Israel, de no ser por la guerra lanzada por los árabes.
Hay que reconocer que los árabes han sido muy hábiles en el manejo de la semántica. Se apropiaron del término Palestina (que aparece evidentemente en la propia resolución 181 ya mencionada, sobre la partición de Palestina), haciendo creer al mundo que todo ese territorio era de ellos, de los árabes que allí vivían, y que cuando nació Israel, de hecho les robaron gran parte de lo que antes era suyo.
Pero esa es una tergiversación de la historia.
Lo que durante siglos se había llamado «Judea»-también en los tiempos de Jesús- pasó a llamarse, por decisión del imperio Romano, «Palestina», pero no por los árabes palestinos que ni siquiera existían en aquel momento sino por el antiguo pueblo del mar, los filisteos. Con el cambio de nombre, tratando de borrar «Judea» del léxico común, los romanos pretendían castigar a los judíos por su rebelión contra Roma.
Muchos siglos después comenzaron a llegar árabes a la tierra de la que hablamos, cuando la creación del Islam y el deseo de propagarlo, llevó a intensos movimientos desde la península arábiga. Y en Palestina vivieron tanto judíos como árabes. El término «palestino» se refería a todo habitante de esa tierra. Cuando se libraba la lucha diplomática por la creación de Israel, en Uruguay funcionaba un Comité pro Palestina judía. O sea, en favor de la independencia judía en Palestina, la tierra ancestral del pueblo judío. Al crearse el Estado de Israel, los judíos adoptaron por cierto ese nombre bíblico y los ciudadanos del nuevo estado pasaron a ser israelíes. Antes, eran judíos de Palestina, así como había árabes de Palestina.
La Palestina histórica, nunca fue un Estado árabe palestino. Nosotros personalmente, quisiéramos ver la creación de un Estado palestino independiente que viva en paz con Israel. Y también Israel tiene cosas que corregir para que ello sea posible (también, no sólo).Pero tergiversar la historia, no aporta.
¿Y el Holocausto? ¿Que los palestinos pagan los platos rotos del Holocausto?
La «lógica» que pretenden trazar todos aquellos que conectan entre el sufrimiento judío durante el Holocausto y el sufrimiento palestino hoy, parte de la equivocada concepción a la que ya antes nos referimos, de que la creación de Israel se creó sobre tierras robadas a un estado palestino. Y como suele alegarse que Israel se creó debido al Holocausto, las piezas supuestamente combinan en la cabeza de quienes usan ese argumento.
Pero es un error.
Israel no se creó debido al Holocausto, sino a pesar de él. Numerosos judíos que pensaban mudarse a la tierra de Israel e instalarse allí, sabiendo que en el horizonte estaba la creación de un hogar nacional judío cuando terminara el Mandato Británico, fueron asesinados por los nazis. A pesar de ello, se logró crear el Estado.
Cierto sí que las visitas a los campamentos de sobrevivientes de la barbarie nazi, concientizaron a figuras internacionales (entre ellos el propio embajador uruguayo Dr. Enrique Rodríguez Fabregat, aunque él lo sabía ya desde antes), sobre la importancia de que haya un hogar nacional judío. Pero la búsqueda de dicho Estado no comenzó por la Shoá.
Israel es mucho más que un refugio para judíos perseguidos. Es la expresión moderna de soberanía nacional judía que había existido ya siglos atrás y fue interrumpida por invasiones foráneas que exilaron y pretendieron infructuosamente cortar el vínculo entre el pueblo judío y la tierra de sus antepasados.
De todos modos, los platos rotos del Holocausto no los paga nadie, porque es imposible que algo pague realmente por seis millones de judíos asesinados. Los platos rotos que los palestinos pagan son los de los errores del mundo árabe y del propio liderazgo palestino, que durante décadas optó por el todo o nada. Claro que en el interín se crearon nuevas situaciones, que Israel conquistó Cisjordania y construyó allí asentamientos ubicados donde los palestinos quisieran tener su Estado independiente. Claro que hay complicaciones en el camino puestas también por el lado israelí. Pero también eso se podría haber solucionado en alguna de las numerosas propuestas presentadas tanto a Yasser Arafat como a Mahmud Abbas, destinadas a una fórmula negociada que incluya concesiones de ambas partes. Lamentablemente, absolutamente todas fueron rechazadas.
En realidad, los platos rotos de esta situación los pagan tanto israelíes como palestinos, aún enfrascados en un conflicto que el 14 de mayo de 1948 podría no haber empezado, de no ser por aquella guerra maldita.