El escenario Mark Lander
The New York Times
Jueves 31 de marzo de 2011
WASHINGTON.- El gobierno de Barack Obama defiende con insistencia la guerra aérea liderada por la OTAN en Libia. Sin embargo, son los recientes y violentos enfrentamientos en Siria y Jordania los que han hecho sonar las alarmas entre los funcionarios: para ellos, esos países son el corazón del mundo árabe, además de ser mucho más importantes para los intereses norteamericanos que Trípoli.
La agudización del caos, particularmente en Siria, podría dar por tierra con cualquier esperanza de un acuerdo de paz en Medio Oriente. También podría alterar el equilibrio de fuerzas entre Irán y Estados Unidos en la región y plantear una amenaza para el mayor aliado norteamericano en la región, Israel.
Los funcionarios norteamericanos reconocen que los disturbios parecen ser generalizados y que participan diferentes grupos religiosos del Sur y de la región costera de Siria, incluidos los sunnitas, leales al presidente Bashar al-Assad.
Washington hace frente a los disturbios en Siria -un país que mantiene gélidas relaciones con Estados Unidos- con sentimientos encontrados: por un lado, está el temor de que el malestar desestabilice a países vecinos como el Líbano e Israel, y por otro lado, tienen la esperanza de debilitar a uno de los aliados clave de Irán.
Las víctimas fatales de las fuerzas de seguridad ya suman entre 55 y 100, y con esto Siria parece haber perdido irremediablemente su estatus de isla de estabilidad en medio del tumultuoso Medio Oriente.
Desde hace dos años, Estados Unidos presiona a Damasco para que se siente a negociar un acuerdo de paz con Israel y se aleje de Irán, esfuerzos que, de todos modos, han sido infructuosos y han dejado al presidente Obama expuesto a las críticas del Capitolio. Los funcionarios temen que los disturbios allí y en Jordania aíslen aún más a Israel.
No obstante, la crisis en Siria es la más urgente, ya que puede plantear un espinoso dilema para el gobierno de Obama si a Al-Assad se le ocurre aplastar la insurrección imitando a su padre y predecesor, Hafez, que en 1982 ordenó el bombardeo de la ciudad norteña de Hama durante el cual murieron más de 10.000 personas. Algunos analistas ya se preguntan si, al haber intervenido en Libia para impedir una masacre en Benghazi, el gobierno de Obama no debería hacer lo mismo en Siria.
Aunque todavía nadie se anima a mencionar una zona de exclusión aérea sobre Siria, los funcionarios de Obama reconocen el paralelismo de lo que sucede con Khadafy. Algunos expertos predicen que el gobierno norteamericano será muy cauto a la hora de presionar a Al-Assad, no por su alianza con el líder sirio, sino por temor a quién pueda reemplazarlo.
De todos modos, después de la represión, los funcionarios de Estados Unidos dicen que el futuro de Al-Assad es incierto. «Si el gobierno contaba todavía con alguna credibilidad, hoy la mató de un tiro, literalmente», dijo un alto funcionario sobre Siria.
Además, aseguró que por el modo en que se desarrollaron los hechos, Al-Assad también se ha descartado a sí mismo como posible socio de paz para Israel. De todos modos, y aunque ésa siempre fue una posibilidad muy remota -el primer ministro Benjamin Netanyahu no parece tener la menor intención de dialogar con Al-Assad-, los norteamericanos siguen trabajando para hacer posible un acercamiento.
Fuente de insatisfacciones
Al-Assad aseguró que quiere negociar un acuerdo de paz con Israel. Pero con su población alzada en armas, dicen los analistas, quizá lo entusiasme más la posibilidad de buscar un enfrentamiento con su vecino, aunque más no fuese para desviar la atención de los problemas que se cuecen en su propio territorio.
«Es imposible llegar a un acuerdo integral de paz con Siria», dijo el funcionario. «Nuestro interés es claramente lograr ese acuerdo, pero no es posible con un gobierno que no cuenta con credibilidad popular.»
De hecho, la represión desatada por Al-Assad cuestiona todo el sistema de compromisos de Estados Unidos con Siria. En junio pasado, el Departamento de Estado organizó una delegación de Microsoft, Dell y Cisco para que visitara a Al-Assad y le transmitiera que lograría atraer más inversiones si dejaba de censurar Facebook y Twitter. Si bien la Casa Blanca renovó sus sanciones económicas contra Siria, al mismo tiempo aprobó licencias de exportación de repuestos de aeronaves.
Pero los funcionarios también reconocen que Al-Assad fue una constante fuente de insatisfacciones: profundizó sus vínculos con Irán y con las milicias islámicas de Hezbollah; hizo lo posible por socavar el poder del gobierno de Saad Hariri, en el Líbano; continuó con su programa nuclear, y no cumplió una sola de sus promesas de reforma.
Estados Unidos no tiene en Siria tanta influencia como tenía en Egipto. Pero Washington aún puede endurecer las sanciones y forzar a Al-Assad a impulsar una reforma política. Algunos analistas, sin embargo, señalan el aspecto positivo de los disturbios: podrían privar a Irán de un aliado para extender su influencia sobre el Líbano, Hezbollah y los palestinos de Gaza.
Y no es poca cosa, aseguran, debido a que Irán probablemente se termine beneficiando de la caída de Mubarak, los levantamientos en Bahrein y el enfriamiento de las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudita.
«Washington tiene mucho más por ganar que por perder», dijo Martin S. Indyk, vicepresidente de política exterior de Brookings Institution. «Necesitamos contrarrestar los avances de Irán en el resto de la región. En el caso de Siria, inusualmente, nuestros valores coinciden con nuestros intereses.»
Siria y Jordania, los verdaderos retos para Obama
31/Mar/2011
La Nación, Mark Lander