El 50º aniversario de la Guerra de los Seis
Días ha generado mucho retorcimiento de manos sobre por qué Israel sigue
controlando la Margen Occidental medio siglo después. Por pura coincidencia, el
periodista de Haaretz Amir Tibon dio una exclusiva esta semana que respondía a
esa pregunta. Explicaba la oferta concreta que la Administración Obama hizo al
presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, en las últimas fases de las
negociaciones de paz en las que medió, y cómo Abbas de nuevo se retiró sin dignarse
siquiera a responder.
A principios de 2014, mientras los nueve
meses de conversaciones acordadas el mes de julio anterior tocaban a su fin, la
Administración empezó a redactar un acuerdo marco que serviría como base para
posteriores conversaciones. Tibon obtuvo dos versiones de la propuesta de la
Administración.
La primera, que databa de febrero de 2014,
contenía una mezcla relativamente equilibrada de concesiones a israelíes y
palestinos. Así, estipulaba una frontera basada en las líneas de 1967, como
pedía Abbas, pero decía que los refugiados palestinos y sus descendientes no
tendrían “derecho al retorno” a Israel, como pedía Israel. Rechazaba la
presencia militar permanente de Israel en el valle del Jordán, complaciendo por
tanto a Abbas. Y complacía a Israel diciendo que las conversaciones debían
resultar en un Estado palestino junto a “Israel, el Estado-nación del pueblo
judío”. También dejaba algunas cuestiones abiertas: sobre Jerusalén, por
ejemplo, sólo recapitulaba las aspiraciones de ambas partes.
El primer ministro de Israel, Benjamín
Netanyahu, dio su consentimiento verbal al documento. Después, el 19 de
febrero, el secretario de Estado, John Kerry, se lo presentó a Abbas, que se
puso hecho una furia. Su principal objeción –le contaron funcionarios
estadounidenses a Tibon– era que la cuestión de Jerusalén quedaba abierta.
Abbas quería que EEUU se comprometiera a darle la mitad de la ciudad.
Así que los estadounidenses revisaron el
documento para incluir más exigencias de Abbas. La nueva versión, escrita en
marzo, decía explícitamente que Jerusalén Este debía convertirse en la capital
palestina, prejuzgando así el resultado de uno de los asuntos más delicados de
las negociaciones. También hacía otras varias concesiones a los palestinos,
como la de añadir la afirmación de que el objetivo de las negociaciones era
“acabar con la ocupación que empezó en 1967”, lo cual implica que la culpa del
conflicto no la comparten ambas partes, sino que fue unilateral y malvadamente
desencadenado por Israel contra palestinos inocentes.
El documento de febrero decía que la
frontera estaría basada en las líneas de 1967, pero con intercambios de
territorio 1:1 que tendrían en cuenta “los desarrollos posteriores” a 1967.
Esta frase fue descartada en la versión de marzo. En otras palabras, la versión
de febrero decía que la frontera se ajustaría para incluir los mayores bloques
de asentamientos, mientras que la versión de marzo permitía a Abbas seguir
exigiendo que cientos de miles de israelíes sean expulsados de sus hogares.
Por lo tanto, lo que empezó siendo un
documento relativamente equilibrado en febrero se transformó en marzo en uno
que se inclinaba claramente hacia los palestinos. ¿Y cómo respondió Abbas a
estas concesiones? Ni aceptó el documento ni lo rechazó; “simplemente no
respondió”, informa Tibon.
Esto, por supuesto, es exactamente lo que
ocurrió la última vez que Abbas recibió una oferta que satisfacía casi todas
sus demandas. En 2008, el primer ministro israelí Ehud Olmert le ofreció el 93%
de la Margen Occidental con intercambios de territorio 1:1 para el resto, más
toda Gaza y la mayor parte de Jerusalén Este, con el control musulmán de todos
los lugares sagrados de la ciudad, incluyendo el Muro de los Lamentos (Olmert
propuso que los lugares fuesen gobernados por un comité de cinco miembros que
incluyera representantes de Palestina, Jordania, Arabia Saudí, Israel y Estados
Unidos, garantizando una mayoría automática a los musulmanes). Pero Abbas nunca
respondió: simplemente se retiró. Sólo nueve meses después le dijo a Jackson
Diehl, del Washington Post, que había rechazado la oferta porque “las lagunas
eran muy grandes”. Tal vez habría dicho lo mismo de la oferta de Obama si Diehl
le hubiese entrevistado otra vez.
Lo mismo ocurrió cuando el primer ministro
israelí Ehud Barak y el presidente de EEUU Bill Clinton hicieron una oferta
similar a Yaser Arafat en 2000-2001. Arafat se retiró sin siquiera hacer una
contraoferta, y después lanzó una letal guerra terrorista contra Israel que
mató a más de 1.000 israelíes en cuatro años.
Y eso sin mencionar todos los ejemplos
anteriores, como el rechazo de los árabes al plan de partición de la ONU en
1947, o su adopción de la política de “no a la paz, no al reconocimiento y no a
las negociaciones” con Israel en la Conferencia de Jartum, tres meses después
de la Guerra de los Seis Días.
Dicho de otro modo: hay una razón muy
simple por la que Israel sigue controlando la Margen Occidental: los palestinos
han rechazado constantemente las repetidas ofertas que se les han hecho.
Pero también hay una importante razón
suplementaria: los palestinos sienten que pueden salir indemnes del rechazo
sistemático porque el mundo siempre responde culpando a Israel, como hizo la
Administración Obama.
En un discurso al Senado en abril de 2014,
Kerry hizo sus famosas declaraciones sobre que el anuncio de Israel de nueva
obra en Jerusalén había hecho que las conversaciones se “esfumaran”, omitiendo
cuidadosamente que en ese momento las conversaciones ya estaban muertas de
todos modos, pues Abbas ya había rechazado la mejor oferta de la
Administración. Las excusas que los funcionarios dieron a Tibon fueron
igualmente absurdas. Abbas, dijeron, estaba “decepcionado” porque Netanyahu
había retrasado la liberación de dos docenas de presos palestinos, como si eso
fuese un motivo de peso para rechazar una oferta de estadidad. También dijeron
que Abbas no estaba seguro de que Obama pudiese “cumplir” con Netanyahu. Pero
Netanyahu dijo que sí a la propuesta de febrero sin estar seguro de si Obama
podría cumplir con Abbas –resultó que no pudo–. ¿Por qué era ilógico esperar
que Abbas se comportara de manera similar?
El problema no es sólo el rechazo
palestino. Es que el resto del mundo lo fomenta asegurándose de que el precio
diplomático lo pague siempre Israel, nunca los propios palestinos. Los
palestinos han llegado a la razonable conclusión de que pueden jugar este juego
ad infinitum, hasta que el mundo acabe presionando a Israel para que acepte
incluso aquellas demandas palestinas que supondrían su suicidio nacional, como
el derecho al retorno.
Si los palestinos quisiesen verdaderamente
la paz, llegarían a un acuerdo al margen de cómo se comportara el resto del
mundo. Si el mundo se comportase de forma distinta, los palestinos podrían
acabar llegando a la conclusión de que un acuerdo corre a favor de sus
intereses. Pero mientras no se cumplan ninguna de estas dos condiciones, hay
motivos de sobra para pensar que dentro de otros cincuenta años seguiremos
leyendo más artículos que se pregunten estremecidos por qué Israel sigue
controlando la Margen Occidental.