Tenía 8 años y sobrevivió al Holocausto escondiéndose en un ropero durante un año

22/May/2017

La Nación, Argentina, Por Manuela Parajuá

Tenía 8 años y sobrevivió al Holocausto escondiéndose en un ropero durante un año

Charlotte de Grünberg era una niña belga
de tan solo 8 años y no podía jugar, ir a las plazas o correr por las calles.
Tampoco podía ir al colegio, aprender, leer o dibujar. No podía. La historia no
la dejaba. Tenía 8 años pero no tenía muñecas, juguetes, ni siquiera, amigos. Cuando
el nazismo conquistó Europa, arrasó con todo y le sacó hasta la identidad.
«A los quince minutos de haberse
producido la ruptura o la partida de un lugar por obligación, uno deja de ser
quien es sin lograr llegar a ser otra persona, porque en el transcurso queda
uno en nada: la persona se transforma en una no persona», cuenta -aún en
medio del dolor- Charlotte a LA NACION. No se olvida. Es imposible, para ella,
olvidar esa odisea que la sumergió en un eterno juego de las escondidas en las
que el costo de perder era el desprecio, la tortura y la muerte. «Decidí
que nunca más iba a permitir que me humillen de ninguna forma ni si quiera
huyendo», sostiene.
Se define a sí misma como «un
pequeño pedacito de una historia que duró más de 12 años» entre persecuciones
y la destrucción sistemática de la persona judía. «Soy una víctima que
habla 70 años después», dice y se toma unos minutos para explicar que aún
le cuesta definirse como víctima y que, de alguna manera, carga con culpa por
haber sobrevivido. «Dentro de los que no hablamos hasta estas edades
avanzadas, todos tenemos la sensación de que no somos merecedores de toda la
atención de la gente que sobrevivió a Auschwitz, por ejemplo, porque es el
descenso al infierno total, no se puede imaginar algo peor».
Ella cree que su dolor hoy está en las
lágrimas o el sufrimiento de aquellos niños que están sumergidos en alguna
guerra y eso la despierta a contar sus propias vivencias: «Hay niños
refugiados que están muriéndose en todo el mundo sin haber recuperado nunca la
posibilidad de una vida. Eso da para pensar, salirse de lo que es uno, su
propio dolor y su mochila. Las circunstancias actuales invitan a que uno no se
olvide de que el otro existe».
En el camino, Charlotte y su familia se
despojaron de todo. Ella, por un problema de bizquera, solía llevar el ojo
derecho tapado con un parche pero tuvo que dejarlo para no llamar la atención
el día en que escapó de su casa ante la convocatoria a su padre a ir a los
campos de trabajo forzado, esos «de los que no se regresa».
«Cuando mi padre dijo: ‘Nos vamos
mañana’, no sabíamos qué nos esperaba y nos esperaba que no existíamos más.
habíamos desaparecido», explica la belga que también dejó atrás a su
muñeca favorita, Katiushka, sus sueños de la infancia y su apellido: se
convirtió -de repente- en la hija menor de los «Wings», una niña con
un futuro incierto y con sensaciones que hasta entonces desconocía, como el
hambre. Lo único que le daba esperanza era aquella promesa que les hizo su papá
antes de que se inicie la huida: «No van a dividir a nuestra
familia». Y así fue. «Gracias a él estamos vivos», sostiene.
Hoy su lucha se volvió novela y transita
las páginas de La niña que miraba los trenes partir (Aguilar), el libro de
Ruperto Long basado en su historia, que acaba de editarse.
El repiqueteo de los soldados
«Las pesadillas fueron
prácticamente mis visitantes diarios: nocturnos o diurnos porque no podíamos
distinguir el día de la noche ya que en los lugares donde estábamos no había
ventanas… no hubo un día que no oyera el repiqueteo de los zapatos de los
soldados», recuerda Charlotte. Ese sonido significaba que estaban cerca y
que se avecinaba una redada. Junto a su familia fueron viajando de un lado a
otro pero, independientemente del lugar donde estuvieran, el repiqueteo
significaba lo mismo. El terror de la tortura era universal.
Se informaban en los cafés sobre cómo
iba la guerra y cuál era la ciudad más conveniente a la cual ir. Así, durmió
-junto a su hermano Raymond- durante un año en una pequeña habitación escondida
en un ropero dentro de una casa en la que vivía junto a otras familias. Salía
de su escondite lo menos posible porque estaba inmersa en una sociedad de la
desconfianza. Cualquiera los podía entregar.
Eso les sucedió en medio de un traslado.
Junto a otras familias, les habían pagado a unos hombres para que los lleven a
Suiza y gestionen su ingreso al país, pero los dejaron antes de cruzar la
frontera. Por ser franco-parlantes, los refugiados decidieron que Charlotte y
Raymond fueran los primeros en cruzar y chequeen si era seguro el paso
fronterizo. Una vez allí, los dos hermanos descubrieron la peor verdad: los
habían traicionado y se encontraban solos en medio de la «zona roja»,
un terreno bajo riguroso control alemán. Esa noche, se sintió adulta por
primera vez.
«La traición es posiblemente lo que
más desprecio… es imposible pensar que alguien pueda delatar a otra persona
sabiendo cuál es el precio», cuestiona y todavía se siente en su voz un
dejo de enojo. Y agrega: «Para el judaísmo, la figura del delator es tal
vez la peor escoria de la humanidad».
«En ese momento nos salvó un cura
de campaña que arriesgaba su vida y nos hizo darnos cuenta de que había otro
tipo de gente, de que no eran todos colaboracionistas», relata y se
lamenta por no recordar su nombre.
El nombre que sí recuerda es el de
Aline, su única amiga en medio de la guerra. La conoció en uno de los refugios:
«Fue el único cuarto de hora en que tuve a alguien de mi edad con quien
intercambiar ideas porque no teníamos libros ni juguetes, así que hablábamos
bajito -cuando podíamos- y nos inventábamos un mundo… yo lo pude hacer y ella
no». Aline murió en medio de una redada y Charlotte escuchó todo desde
otra habitación. «Pararon, nadie sabe por qué, en el piso anterior al nuestro».
Un universo entre las vías del tren
Ella y Raymond a veces tenían que salir
a comprar la comida para la familia y, en una de esas salidas, esta adulta de
menos de 10 años descubrió una pasión terrorífica: los trenes.
En medio de la angustia por el recuerdo,
Charlotte cuenta: «Me gustaba sentarme a ver los trenes pasar, al
principio soñando que me iba de donde estaba… hasta que un día ví brazos
saliendo, gritos y hasta llegué a ver a un hombre joven que se logró tirar de
un tren a toda velocidad… A los ocho años uno entiende mucho, teníamos claro
que la muerte podía ser el final».
Sigue su relato. «Entendí que esta
gente no podía tener un indiferente más mirando lo que estaba pasado»,
dice y agrega: «Me di cuenta de que ya lo habían perdido todo y solo les
quedaba un poco de esperanza de la mirada interesada y dolorida de alguien que
veía eso que estaba pasando. Sentía que era indispensable que yo lo viera,
entre otras cosas, para atestiguar en su momento y, por eso, lo hice al final
de la guerra». Hoy, Charlotte ya no toma trenes.
La niña que miraba los trenes partir
Ruperto Long es el autor del libro La
niña que miraba los trenes partir, que presenta el testimonio de Charlotte como
el corazón de la historia. «La persecución deliberada de los niños y su
exterminio era una parte de la guerra porque implicaba el final de una
determinada raza», explica el autor a LA NACION.
«Hay detalles que ningún novelista
puede imaginar, como cuando ella cuenta que la mamá le repetía: ‘Tú no tienes
que odiar’, o el hecho de que hacían juguetes con los volantes que tiraban los
alemanes para exhortar a la gente a denunciar a los judíos escondidos»,
destaca Long, quien se dice un convencido de que la realidad supera a la
ficción.
Hoy su lucha se volvió novela y transita
las páginas de La niña que miraba los trenes partir, el libro de Ruperto Long
Hoy su lucha se volvió novela y transita
las páginas de La niña que miraba los trenes partir, el libro de Ruperto Long.
Foto: Prensa Ruperto Long
Él conoció a Charlotte en Uruguay, donde
ambos viven, pero desconocía su dolor dado que esta belga prefería no contar su
pasado por pudor a los que murieron. Su marido uruguayo, José, y sus hijos
tampoco sabían qué era eso que se escondía detrás de su mirada. Recién pudieron
conocer sus vivencias una vez que leyeron el libro.
Ella vuelve a tomar la palabra en esta
charla para aclarar que elegía expresar lo que no podía decir en palabras a
través del jazz y la pintura. Y agrega: «Decidí no contarlo porque, cuando
sobrevivís, para sobrepasar estos dolores que te destruyen y machacan te
transformás en hierro y eso es lo que, a veces, tenés que combatir».